"Me gustaría que esta historia le sirva a cada lector para reinventar su propio mundo"
Eduardo Fernando Varela vive entre Venecia y Buenos Aires. Realizó estudios de periodismo, fotografía y escritura audiovisual. Escribe ficción, relatos de viaje y guiones para cine y televisión. Roca Pelada, su nueva novela, forma parte de una trilogía sobre geografías sudamericana
—¿Por qué el titulo?
—Roca Pelada expresa el carácter árido y desolador del altiplano, la zona geográfica sudamericana en donde se desarrolla la historia.El paso de Roca Pelada es un paso de frontera en altura que comunica dos países imaginarios, y de uno y otro lado, además de todas sus diferencias culturales, hay un punto en común: un territorio hostil de rocas peladas en donde nada crece ni se reproduce, conformado por una geología esencial y primitiva que cada uno enfrenta como puede.
—¿Cómo definis a los personajes?
—Los personajes de la novela son forasteros, extraños al lugar al cual deben adaptarse, están sometidos a rigores de la supervivencia en zonas extremas, como si fueran otros animales más tratando de sobrevivir, en donde la naturaleza se impone con toda su fuerza. Lentamente, empiezan a percibir el paisaje con otros ojos, la sensación de cercanía con el cielo los traslada a una dimensión esférica en donde la noción de planicie se convierte en una aberración óptica, y esto arrasa con todas sus experiencias anteriores. Cada destacamento es el propio reflejo en un espejo que devuelve una imagen distorsionada, y también el reflejo de sus respectivos países. Costa quiere perpetuar su inmovilidad para que puedan fluir sus obsesiones. Lo que el teniente Costa busca es a sí mismo, mirando todo el día y todo el año los alrededores de la frontera. Su obsesión con las apariciones de siluetas extrañas, movimientos supuestos de intrusos, animales y apachetas son intentos de reencontrarse con sí mismo y recuperar un camino perdido. Costa quiere salir de allí, pero está prisionero de la imagen que tiene de sí, por eso busca al "otro" o a los otros a través de los lentes de sus numerosos prismáticos. Sólo así podrá liberarse de su prisión y refugio en donde lleva una vida contemplativa. Costa es un ermitaño que busca con desesperación salir de su ermita, encontrar imágenes alternativas, vidas diferentes. Creo que al final, Costa encuentra lo que estaba buscando, la salida de Roca Pelada, puede liberarse de su obsesión fronteriza, de mantener viva y presente y delineada una línea de frontera que ya se ha vuelto obsoleta, cruzar al otro lado y ver cómo es la vida de aquel lado, cambiar su óptica única a través del deseo, de Vera. Quizás, la cosa más interesante de los límites o de las fronteras no está en cruzarlas, en estar de uno u otro lado (como sucede a Gaitán) sino caminar por encima de ellas, vivir en ese espacio indefinido que no pertenece a un bando u otro, esa tierra de nadie.
—¿Por qué elegiste a la una mujer como capitana?
—Los pueblos originarios, que también eran extraños en aquellos territorios de altura y a los que sólo trepaban por asuntos rituales, consideraban que Pachamama, una mujer o una fuerza femenina, era el principio creador de la naturaleza. La inesperada llegada al paso de Roca Pelada de una mujer que toma el mando en un destacamento, la capitán Brower, tiene un efecto demoledor en el universo masculino de uno de los destacamentos, potenciado por su condición de "enemiga". El color de sus cabellos agrega un elemento visual que contrasta con los colores grises y apagados que dominan en la aridez rocosa del altiplano. Esa irrupción que viene "del otro lado" altera el orden establecido y lo subvierte, erotiza el mundo varonil con su sola presencia y lo transforma. Cambia las jerarquías, la mirada del paisaje, la mirada que los mismos varones tienen unos de otros, se destapan sentimientos, se liberan sensaciones reprimidas. Vera funciona como elemento desestabilizante, irruptor, que pone en dudas todas las certezas de los protagonistas, que los ponen a prueba, que amenazan la zona de confort, que los obligan a mirar hacia donde ellas quieren, que ponen su mundo y sus rutinas en peligro.
La aparición de Vera tiene un efecto erotizante en Roca Pelada, altera ese mundo cuartelero de varones con su presencia, Quipildor y los tropicales también se alteran, se erotizan aún a la distancia, despiertan actitudes creativas, inspiran cambios, unos salen de sus sufrimientos y empiezan a mostrarse, a tocar música y cantar y a comerciar. Costa y Quipildor se animan a superar límites, los mineros se entusiasman además con la falsa promesa de otra mujer. y sus vidas ya no será tampoco las mismas. La llegada de Vera, su sola presencia, tiene un efecto devastador, modifica la realidad letárgica de la mirada masculina. Es el detonador que enciende una mecha, Costa ya no podrá conservar su mundo tras la aparición de Vera, y deberá buscarse otro. Vera y Costa son en parte enemigos, porque están en diferentes bandos, pero son también un hombre y una mujer atravesados por el mismo deseo, cosa que los coloca del mismo lado. Podría decirse que son enemigos íntimos, pero no pueden confiar el uno en el otro, siempre habrá una frontera, un límite entre ambos, ya sea como funcionarios de distintos países, o como amantes.
—¿Cuanto hay del periodista y del fotógrafo en tus novelas?
—Roca Pelada es la segunda parte de una trilogía de geografías sudamericanas, sin continuidad narrativa, que empieza con "La Marca del Viento" (Premio Casa de las Américas de Novela 2019) cuya historia sucede en una Patagonia reinventada; Roca Pelada a su vez es una reinvención del altiplano andino en clave irónica y grotesca; mientras que la trilogía se cierra con una historia, en fase de escritura aún, en otra región geográfica que son las llanuras pampeanas. Diría que en esta trilogía predomina una visión más fotográfica que periodística. La reinvención de estas geografías no sigue las reglas del periodismo clásico o del reportaje que debe anclarse a una forma de realidad. Predomina en cambio la imagen, una mirada fotográfica que resalta y enmarca la realidad con otras reglas, permite superar esas barreras que impone la narración periodística. Creo que grandes escritores han narrado ya de manera magistral muchos de estos lugares exóticos y remotos siguiendo las reglas del reportaje periodístico. Yo he preferido esa reinvención, como si fuera el mismo paisaje el que toma la palabra y narra con su propio lenguaje. Por lo tanto, creo que predomina en estas historias una carga visual repleta de aberraciones y deformaciones impuestas por esa misma geografía que se impone al reportaje, a la narración costumbrista. Las imágenes se imponen con una fuerza maravillosa que demuele la mirada periodística, de crónica.
—¿Cuándo supiste que querías escribir ficción?
—No tengo un recuerdo claro, pero supongo que fueron las ficciones las que empezaron a escribirse solas. Cada uno de nosotros, nos dediquemos a la escritura o no, estamos repletos de pequeñas (a veces no tan pequeñas) heridas y sensaciones reprimidas que tarde o temprano regresan convertidas en otra cosa, disfrazadas de ficciones e historias. Son recuerdos deformados de otros recuerdos que a su vez son reflejo de otros recuerdos, cosas reprimidas que crecen adentro nuestro sin que nos demos cuenta siquiera y que de un momento a otro surgen convertidas en historias que uno narra o decora según su estado de ánimo, o su género predilecto, que en mi caso está más cercano a lo grotesco.
—¿Qué te dio la escritura?
—La experiencia de la escritura, de sentarse frente a la página y dejar que se vaya llenando con nuestras fantasías y frustraciones, que las historias y los personajes tomen el control de la situación y nos releguen al rol de simples escribientes es un enorme privilegio. La posibilidad de que todas esas sensaciones y emociones reprimidas surjan convertidas en ficciones tiene algo de terapéutico, abre zonas interiores y las ilumina, y a veces son las ficciones las que nos terminan narrando a nosotros, cosa que ya ha sido dicha muchas veces y de mejor modo por los grandes teóricos de la literatura. Cuando termino un libro soy una persona distinta del que lo empezó, como sucede con los viajes por modestos que sean. En el medio, he reído y he llorado con lo escrito, me he desilusionado y sorprendido, he jurado volver, o nunca más volver a esa historia, he sido tentado de tirar todo a la basura y dedicarme a otra cosa.
Ese recorrido lleno de altibajos y cambios de dirección es lo mismo que nuestras vidas, otro viaje. Otro de los grandes placeres de la escritura de ficción es asistir en cada párrafo a la transformación de los personajes, que nunca son los mismos que al comienzo, que empiezan a contar cosas y a comportarse sin consultar al escritor, de prepo, a modificar la historia que teníamos en la cabeza, que crecen o que de pronto dan un portazo y se van. A veces me parece que el escritor es apenas una especie de médium que pone en contacto dos mundos separados y opuestos entre sí. La escritura permite una liberación de tantos contenidos interiores que yacen en cada parte de nuestros cuerpos de manera caótica, y permite ordenarlos, transformarlos en un diálogo o en una descripción, en un personaje. Un libro es un enorme rompecabezas multi dimensional, y cuando le hemos dado una forma finalmente, provoca una placentera sensación de completamiento. Algo ha cuajado y ha obtenido su sentido, una realidad caótica que tiende a dispersarse, a disolverse, se ha hecho más sólida, se ha cristalizado en las páginas.
—¿Qué te gustaría que encuentre el lector en esta novela?
—Que sea un compañero de viaje en esos territorios de la fantasía que propongo, que comparta el trayecto y sus imprevistos, que la historia le ayude a reinventar sus propios mundos, y que a libro cerrado se le revelen otros universos, otra manera de mirar lo que sucede a nuestro alrededor.
—¿Te cuesta dejar a los personajes?
—Por lo general no, me libero también de ellos cuando termino un libro, y a veces hay que ser drástico para que no contaminen a otros personajes. Trato de luchar contra eso, porque a menudo los personajes se resisten y reaparecen con otras caras y nombres.
—¿Tenes rutina para escribir?
—No tengo rutinas para escribir, pero a veces creo que me haría falta un poco de disciplina para aprovechar mejor el tiempo, lo ideal sería para mí escribir tres o cuatro horas por la mañana y tres o cuatro por la tarde. Raras veces lo logro, aunque uno no escribe solamente sentado frente a la página, sino en cada momento del día, mientras hace ejercicio o se viaja o se espera en una fila. Algunos de mis momentos más creativos son aquellos cuando irrumpe el insomnio y una misteriosa forma de lucidez dentro del cansancio me permite imaginar situaciones ligadas a lo que estoy escribiendo.
Quisiera agregar que si bien la zona geográfica en donde sucede esta historia tiene un carácter geográfico bien definido, el altiplano andino, los dos países que se confrontan en el paso de Roca Pelada son totalmente imaginarios. Uno podría pensar, en Chile, Argentina o Bolivia, sin embargo no, mi intención es la de inventar dos países tomando aspectos de cada uno de los mencionados y mezclarnos entre sí, sin caer en los lugares comunes o las referencias puntuales de la geopolítica.
