Una publicidad que se pasa por radio estos días cuenta, más o menos, la reacción de un muchacho cuando le dicen que su mamá tiene un desgarro. “No pasa nada con la vieja, ya se va a poner bien”. Y cuando el desgarro es del crack de su equipo de fútbol: “¡Nooooooo, me quiero matar, qué hacemos!”. El fútbol es para el argentino promedio “el” tema sobre el cual se forjan las conductas del honor, del desagravio, del odio, de la reconciliación. Una teoría que iguala el fútbol con la vida: “Miralo cómo es en la cancha y vas a saber cómo es como persona”. Y también, muchas veces, con el destino como nación. De modo que a la Argentina le va bien si al fútbol le va bien. Si pierde la selección es una tragedia colectiva.

Los gobiernos han sabido aprovechar esa debilidad por la pelota, sin necesidad de caer en la referencia del oprobio del uso político del Mundial 78 por la dictadura. Los presidentes han elevado plegarias religiosas o paganas –da lo mismo– para que la selección gane un partido y temple con alegría una época de malaria. Y eso incluye tanto a Carlos Menem y su fama de llevar mala suerte, como a la ex presidenta Cristina Fernández encabezando como conductora sui generis la presentación de los 30 de Alejandro Sabella para el Mundial 2014 o la injerencia sin disimulo que está teniendo el actual presidente Mauricio Macri en la definición de los desatinos y escándalos de la AFA y el empuje para un sucesor de Gerardo Martino.

Pero la construcción del gran mito argentino, ese que necesita superhéroes, prodigios que pueden sustentar hechos extraordinarios, poco tiene que ver con la vida cotidiana de quienes habitan el país, sobrecargado de disconformismo latente por el impacto que está teniendo el primer semestre –que es real– frente a la construcción retórica de una reactivación en el segundo semestre. 

Perder una Copa América (o dos), una final de un Mundial, sólo puede ser una catástrofe en la idea de que Argentina no tiene otro destino que el de ser “primus inter pares”, una especie de país “condenado al éxito”, en modo Eduardo Duhalde. Pero la tragedia argentina es otra; es no vislumbrar los valores de superación, compromiso y defensa del estándar de ciudadanía, cuando la crisis económica amenaza con recluir a los ciudadanos en su vida privada, en el individualismo y en la búsqueda de la salvación personal. Una puesta en racionalidad del resultado futbolero la dieron los chicos de las inferiores de Banfield que ilustran esta columna; o los carteles de aeropuertos y vía pública corriendo a Messi del lugar del culpable. Porque tal vez su única culpa haya sido encarnar la frustración popular de construir un nuevo mito contemporáneo. 

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