La variación de la tasa de desocupación de mujeres que reveló el INDEC pareciera no encender alarmas. Sin embargo, la brecha con los hombres que persiste en los diferentes indicadores del mercado de trabajo destapa una deuda pendiente e imprescindible: políticas de género específicas de inclusión laboral. En el medio la devaluación se acrecienta, el ajuste es mayor y los ingresos disminuyen. Cuando esto ocurre, la pobreza se feminiza.

Según los datos oficiales, el 10,8% de las mujeres son desempleadas. El porcentaje varió 0,2 puntos respecto al primer trimestre del 2018 y se profundizó un 1,3% interanual (en el segundo tramo del 2017 se ubicaba en 9,5%). La tasa de empleo no logra contrarrestar esta tendencia ya que sólo se incrementó un 0,1% de 43,4% a 43,3% de un trimestre a otro y 0,9% de un año al otro.

Entre los varones, la cifra aumentó del 8% en el que se situó en el primer período a un 8,7% mientras que, en relación al mismo trimestre del 2017, los desempleados fueron un 0,5% más. A su vez, la tasa de empleo muestra que entre los varones hay un decrecimiento de 0,6 puntos porcentuales de 64,1% a 63,5% entre los dos últimos períodos y la misma variación interanual que las mujeres. En otras palabras, esto significa que la mayor parte de los desocupados son mujeres, que la desigualdad con los hombres continúa creciendo y que ya alcanza los 2 puntos.

"Es un diferencial que se ha mantenido en el tiempo, incluso en el kirchnerismo en el que se habían mejorado las condiciones de trabajo", analizó la economista Julia Strada y especificó: "Hubo una fuerte mejora de la inclusión laboral de mujeres a partir del 2008 pero luego, la desigualdad nunca mejoró sino que se mantuvo en esos términos".

En el 2004 la brecha llegó a alcanzar los 5 puntos (17,6% para las mujeres y 11,8% para los hombres) y fue achicándose hasta caer fuerte en el 2009 cuando el desempleo en la población femenina descendió a 9,6% y para los hombres bajó a 7,40%. La diferencia de dos puntos se mantuvo con pequeñas variaciones y a partir del 2015, comenzó a aumentar.

"Hay que generar políticas específicas de género en el mercado de trabajo para facilitar la inserción de mujeres. Sobre todo de mujeres jóvenes. No sólo para reclamar paridad salarial, que alude a la misma tarea con hombres, sino a discutir el trabajo no remunerado en la sociedad", deslizó la integrante del Centro de Economía Política Argentina ( CEPA).

Las jóvenes, las más afectadas

Es que las mujeres de entre 14 y 29 años son las que más sufren las dificultades para encontrar un trabajo: representan un 21,5% de las desocupadas en tanto que el grupo que va desde los 30 y los 64 años, tiene un porcentaje de 7,3%.

Son las jóvenes las que se dedican a las tareas domésticas asociadas al sostenimiento del hogar, las que tienen la posibilidad de transitar un embarazo y pedir una licencia; las que tienen que cuidar a los niños y adultos mayores; las que tienen que limpiar, cocinar y planchar. “Se tiene que repartir el trabajo no remunerado de una manera más justa”, insistió Strada y argumentó que “las puertas del mercado se les cierran a las mujeres por la trayectoria educativa o laboral que no pueden desarrollar” por estas razones. A los hombres, en cambio, “no se les asignan esas tareas y pueden salir a una oferta laboral remunerada sin problemas”.

Según un informe del Observatorio de género de la CEPA de marzo de 2018 en base a la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado, las mujeres destinan 5,7 horas diarias al trabajo reproductivo en tanto que los hombres, sólo dos. “Esta presión de las tareas reproductivas sobre las jornadas femeninas las posiciona en desventaja a la hora de insertarse en el mercado laboral, pudiendo dedicar menos horas al trabajo productivo y remunerado y por ende obteniendo menores ingresos”, dice el estudio.

El último dato que arrojó el Indec sobre la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres reveló que la brecha salarial de género es el 27%. “La mujer consigue insertarse en puestos de trabajo informales que con frecuencia los hombres no ocupan, que están ligados a la función reproductiva y se asemejan a las tareas domésticas como empleadas de limpieza, cocineras o niñeras, por ejemplo”, explicó la economista. En el sector del empleo informal, las mujeres representan el 36%, mientras que entre los varones el 31% está en ese segmento según la Encuesta Permanente de Hogares-Indec II trimestre 2017.

El ajuste y la feminización de la pobreza

“En etapas donde el neoliberalismo gobierna, el mercado decide y a las mujeres nos va peor”, señaló Strada, también politóloga del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) al ser consultada sobre la tendencia negativa que toman los indicadores a la hora de analizar qué impacto tiene la recesión económica en la población femenina. Nombró, en este sentido, dos políticas específicas que profundizan el esquema de desigualdad laboral y económica entre los géneros: la eliminación de las jubilaciones por moratoria y el achicamiento de la AUH.

“Con la moratoria, alrededor de 1.700.000 mujeres pudieron jubilarse con la mínima que ronda los 8500 pesos. No podían hacerlo de otra manera porque por la asignación al género de las tareas del hogar, no pudieron salir a trabajar y en consecuencia, no llegaban a tener los 30 años de aporte”, explicó. Y continuó: “La reducción de la Asignación Universal por Hijo (AUH) en términos reales (20% de aumento frente al 34% proyectado para el 2019) es un ajuste a los ingresos de las mujeres que están a cargo de los hijos y la perciben”.

Otro dato a tener en cuenta es la propia proyección del presidente Mauricio Macri, quien aseguró hace unas semanas que con la devaluación de la moneda nacional “la pobreza va a aumentar” y por lo tanto, el impacto para las mujeres será “mucho mayor”, indicó Strada quien advirtió sobre “la feminización de la pobreza”

El informe del CEPA lo explica: “Si bien no existen diferencias tan significativas entre el porcentaje de mujeres pobres y varones pobres (32% mujeres y 30% hombres) la feminización de la pobreza aparece cuando se considera la maternidad, particularmente en aquellas mujeres que crían a sus hijos sin un cónyuge. Tanto la desigual distribución de ingresos, como de las tareas de cuidado se potencian en los hogares monoparentales donde una mujer está al frente. El 27% de los hogares argentinos con menores son monoparentales (cuando hace sólo 5 años era el 24%) y el 83% tiene jefatura femenina. De estos, el 66% son pobres y los que tienen una mujer al frente constituyen el 60%”.

Cuando el hombre no aporta al hogar, la mujer está “sola” y por ser “mujer, madre y tener que hacerse cargo de tareas domésticas” tiene menos posibilidades de inserción laboral y “de recibir ingresos”, describió la politóloga. Entonces, cuando la devaluación acelera de forma profunda los precios, el poder adquisitivo cae, las mujeres perciben el único ingreso familiar que es, en proporción, mucho menor al que podría recibir un hombre por igual tarea y hay medidas decisivamente en contra de las mujeres; las políticas de género para la inclusión laboral son más que necesarias, vitales.

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