Había ofrecido sus servicios a la Patria como “viejo defensor de su honra e independencia” y también había escrito una larga carta en un diario inglés, desgranando profesionalmente la imposibilidad de una victoria de los invasores a largo plazo. Pero al conocer la resistencia ofrecida a la poderosa escuadra anglo anfrancesa en la Vuelta de Obligado (20 de noviembre de 1845) un exultante José de San Martín le confía a su viejo amigo Tomás Guido: “los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. Si la perspectiva de la distancia aclara la visión de los acontecimientos, del otro lado del charco, los opositores al régimen de Juan Manuel Rosas exiliados en Montevideo, la tenían más bien oscura. Por caso, el conspicuo periodista Florencio Varela prefería saludar en el Comercio del Plata a las dos banderas (inglesa y francesa) que han vuelto a cubrirse de gloria en el Paraná”. Cualquiera haya sido la interpretación ideológica del episodio, la férrea decisión de Rosas de no ceder al bloqueo conjunto del puerto porteño primero y de oponerse a la intervención armada directa después, se sustentaba en la negativa de abrir los ríos internos a la libre navegación de banderas extranjeras por cuestiones de soberanía, abortando las bondades del “libre comercio” de importaciones que pregonaban las potencias de turno. Que era un ensayo para futuras operaciones comerciales (una vez doblado el brazo del gobierno argentino) quedaba claro en la importancia y diversidad del convoy que debía seguir a la escuadra. Aunque en vista de lo que había costado la operación, sólo la mitad del casi centenar de buques de distintas nacionalidades (los había hasta de bandera danesa) se internó río arriba, recién en enero del año siguiente. Los demás optaron por regresar a Montevideo. Se había ganado, pero el precio era demasiado alto, tratándose de negocios, al fi n y al cabo. En el campo de batalla montado en Obligado, un recodo a la altura de San Pedro, donde el Paraná se estrecha, permitiendo un defensa más efectiva, que fue improvisada con el tendido de cadenas sobre una veintena de lanchones, habían quedado 250 muertos y unos 400 heridos, casi un tercio de las tropas patriotas. Las cifras oficiales de los alidos no eran del todo confiable (reportaron 26 muertos y 86 heridos), pero los daños materiales fueron cuantiosos. La escuadra debió permanecer unos cuarenta días en la plaza, para las reparaciones de mayor urgencia. “Considerando la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que no haya sido mayor” el daño ocasionado, reseña el parte de guerra. A la épica de Obligado, sobrevendría una prolongada negociación para el retiro de la intervención y el levantamiento del bloqueo. Gaucho astuto, Rosas empleó toda su habilidad y fi rmeza también en la arena diplomática hasta salirse con la suya. En lugar de reparación econó- mica, privilegió el desagravio del pabellón nacional, con sendas salvas de veintiún cañonazos de las escuadras agresoras.

  • Homenaje al bando contrario

Los antiguos billetes de veinte pesos con la efi gie de Rosas presentan en su faz opuesta un fallido histórico. Pretendiendo homenajar la heroica resistencia de la Vuelta de Obligado -de la que existen estampas de época- se ilustró con una imagen de la escuadra anglo francesa invasora.