La Cumbre entre el presidente de Estados Unidos y Rusia en Helsinki concluyó sin un comunicado o declaración ni se firmaron documentos. Tampoco, la conferencia de prensa conjunta, dejó traslucir mensajes específicos de los temas conversados. Todas las respuestas fueron vagas. Ambos cuidaron la escenografía para testimoniar simplemente el mensaje visual de un supuesto entendimiento que pondría fin a un ciclo de graves desencuentros. Lo relevante de la reunión fue haber reemplazado el concepto de adversario por la palabra competidor. En este contexto y ante la ausencia de anuncios formales, los gestos y detalles diplomáticos pasaron a ser el punto central del encuentro entre los líderes de las dos principales potencias militares y que concentra el 90% de las armas nucleares del planeta.

La sesión de los Presidentes marco el tono de lo que previsiblemente pueda acordarse después. Cualquier logro concreto, sea en materia de reducción de los respectivos arsenales nucleares o en lo que hace a la disminución de la tensión en los diversos conflictos que los enfrenta, dependerá de esfuerzos diplomáticos posteriores. De acuerdo a fuentes rusas, uno de los temas preliminares de coincidencia giraría en torno de la extensión del Tratado Star III del 2010 sobre armas estratégicas como el inicio de diálogo para dirimir diferencias en torno a la percepción sobre la violación de uno u otro del Tratado INF de 1987 que prohíbe a las partes disponer de misiles balísticos terrestres o misiles crucero con un radio de acción entre los 500 y 5500 kilómetros.

La Cumbre de Helsinki ha mostrado principalmente un juego de símbolos de poder que no guarda en las formas antecedentes similares en los anales diplomáticos entre Washington y Moscú. Sin embargo, desde el fin de la guerra fría todos los presidentes republicanos han tenido la constancia de intentar generar medios de convergencia con Rusia. Ha sido el caso de Ronald Reagan, de los dos George Bush y ahora de Donald Trump. Es quizás parte de lo que Henry Kissinger ha denominado como la real politik norteamericana. En el libro titulado Orden Mundial, recomienda como paso prioritario el acercamiento con Rusia como parte central de una estrategia de diplomacia triangular y que tiene a China como tercer protagonista.

La incógnita es dónde quedan los demás países incluyendo en particular los aliados tradicionales de la OTAN que han sufrido un decepcionante encuentro con Donald Trump en Bruselas en la víspera de la reunión con Vladimir Putin. Una situación de similar desdén había tenido lugar unas semanas antes en la Cumbre del G 7, que aglutina a los países más industrializados de occidente, en Canadá.

El ejercicio de esta diplomacia tempestuosa, que la revista Foreign Policy califica como caos diplomático, no facilita ver horizontes. Salvo en el caso de Israel, que sigue siendo un asunto casi de política interna norteamericana, el panorama global es complejo en términos de previsibilidad como en lo que hace a la estabilidad internacional. El desconcierto que genera el estilo Trump parece sintetizar esta etapa catarsis de la política internacional. Como en la Poética de Aristóteles la única certeza es que poco será igual a lo que se ha conocido en las últimas décadas.

*Ex vicecanciller

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