No hay dudas de que Federico Sturzenegger maneja la política económica del Gobierno y lo hace con el respaldo incondicional de Mauricio Macri. No sólo lo reconocen funcionarios con despacho en la Casa de Gobierno y hasta “vecinos” del primer mandatario sino que también lo demuestra la autoridad con la que subió 250 puntos la tasa de interés inmediatamente pasadas las elecciones legislativas.

Ese poder que acumula Sturzenegger genera cada vez mayor recelo en el resto del equipo económico, que tiene la misión de poner a funcionar la economía, que no logra consolidar el crecimiento después del “porrazo” (como lo describió un funcionario) de 2016 generado por una serie de desaciertos históricos, como el manejo del ajuste de tarifas que combinó los desaciertos técnicos del ministro Juan José Aranguren (ahora denunciado por su pasado empresario al mando de empresas radicadas en paraísos fiscales) con la falta de visión política sobre la suerte que le deparaba en la Corte Suprema.

La súper tasa de Sturzenegger está generando efectos a corto, mediano y largo plazo. Es la mecha encendida. La duda está en si alguien atinará a apagarla. A corto plazo, provoca una apreciación del peso que hace inviable el comercio exterior de bienes y servicios, acumulando sólo este año un déficit de balanza de pago proyectado en u$s19.000 millones. A mediano plazo se corta el crédito, empezando por afectar a las pymes más sensibles a las restricciones de financiamiento y trasladando el ajuste al empleo y al consumo. A largo plazo, el endeudamiento de las Lebac (supera el $1,1 billón) genera un déficit cuasi fiscal que en el pasado fue el detonante de hiperinflaciones, con las consecuentes megadevaluaciones del peso. No hay por qué pensar que el destino está echado y las crisis cíclicas de la economía argentina son inevitables. Pero valen las advertencias, encender las luces amarillas (titilando a naranjas).

La política de súper tasas del BCRA tienen un solo propósito: dominar la expectativa de inflación. No lo logró en los casi dos años que la practica. Y aún peor, no consiguió demostrar ninguna relación entre las subas de las tasas y el proceso inflacionario de 2016 y el de 2017. En ningún caso el origen estuvo en la presión que ejerce el consumo. Y hay pruebas empíricas: el año pasado la inflación subió y bajó al compás del ajuste de tarifas y el consumo cayó por la pérdida de ingresos y el temor a lo que deparaba la economía. Este año la inflación se movió al compás de la libertad para maximizar ganancias junto con expectativas de puja distributiva y, finalmente, adelantándose al nuevo tarifazo. El consumo siguió evolucionando según ingresos: cuando impactaron aumentos de salarios, subió; cuando se licuaron por precios, bajó. A lo largo de los dos años, el uso de la capacidad instalada se movió entre 65 y 67 por ciento. Suficiente margen para crecer en producción en lugar de trasladar a precios.

La inflación tiene multicausales: concentración económica, puja distributiva, reajuste de precios relativos, sistema impositivo, dólar, tasa y la de mayor impacto, expectativa. Los libros de Sturzenegger parecen más inflexibles que el pensamiento único al que tanto miedo se le tiene.