Carlos Fonseca, es un escritor muy joven (nació en 1987) y profesor en la Universidad de Cambridge. Desde Londres, donde vive, respondió las preguntas de BAE Negocios con rapidez y amabilidad más allá de la distancia real y virtual.

-¿Cómo es escribir y vivir fuera de casa, de tu país?
-Hay una frase de Italo Calvino que me gusta rescatar de vez en cuando: ‘El lugar ideal para mí es aquel en que es más natural vivir como extranjero’. De alguna manera siempre me he sentido como extranjero: nací en Costa Rica pero muy pronto me mudé a Puerto Rico y eso produjo en mí una suerte de doble exilio. En Puerto Rico me consideraban costarricense y Costa Rica puertorriqueño. Tal vez mi interés por la literatura venga de ahí: me gusta pensar que la escritura está emparentada con la extranjería, con el movimiento, con el nomadismo. Uno escribe con al ilusión de construir una patria más allá de las frontera nacionales: una patria nómada.

-¿Cuándo decidiste que querías ser escritor y cómo pudiste lograrlo?
-Lo extraño, como ha comentado Enrique Vila-Matas, es que en la mayor de las veces la decisión de querer ser escritor precede a la escritura. En mi caso fue un poco así: me enamoré de la figura del escritor mientras leía. Quise ser Faulkner, Fitzgerald, Lispector, Duras, luego de leer sus grandes obras. La literatura significaba, para el joven adolescente que fui, una forma de vida, repleta de pasión e intensidad. De alguna manera llegué a escribir buscando eso: esa intensidad que sentía marcaba la forma en la que estos escritores se relacionaban con el mundo.

-¿Qué genero es Museo Animal?
- Es una novela híbrida: la componen cinco pequeña novelitas, cada una marcada por un estilo distinto, pero todas hilvanadas por una trama policial que recorre las partes. Es una novela sobre la perspectiva, sobre cuánto nos jugamos cada vez que decidimos narrar una historia con un estilo particular. En ese sentido, son cinco versiones de la misma historia, narradas desde perspectivas distintas.

-¿Puede decirse que son varias novelas en una?
- Sí, exactamente. La idea sería la de un acontecimiento enigmático que da pie a una red de ficciones. La novela gira en torno a un evento ocurrido en 1978, en plena selva centroamericana. Cada una de las partes desarrolla una las posibles ficciones en torno a ese acontecimiento, en un intento por dotar de sentido a ese evento detrás del cual se esconde el enigma de una familia particular, esa familia cuya historia la novela persigue. Me gustan las novelas que cuentan muchas historias, esas novelas que ponen en escena el propio acto de narrar.

-¿Cuál es la importancia del arte en la sociedad?
-Creo que el arte, más que oponerse a la sociedad, nos sirve para entender algunas lógicas inherentes a lo social que amenazan permanecer ocultas. Las novelas de Don DeLillo o las de Piglia, por ejemplo, nos muestran las lógicas ficcionales mediante las cuales funciona el capitalismo tardío. El arte pone en escena y por ende en cuestión aquello que tal vez es tan inmediato que no lo logramos ver. En Museo animal hay algo de eso, una puesta en escena de la relación entre el arte y la sociedad, al igual que un cuestionamiento sobre las fronteras que separan el arte de la ley. El arte, más que nada, sirve para cuestionar la arbitrariedad de la ley.

-¿Por algo en especial elegiste como uno de los temas las noticias falsas?
-Precisamente por esto. Mi decisión de incluir el tema de las noticias falsas en la novela se remonta a antes de Trump. Me interesaba cierta tradición del arte conceptual que parte precisamente del trabajo de tres argentinos Jacoby, Escari y Costa que propusieron un arte de los medios, capaz de pensar cómo, en el mundo en el que vivimos, los medios construyen las verdades públicas. Es un arte que luego retomarían artistas con Francis Als, Ulises Carrión o el propio Ricardo Piglia, pero que hoy día se vuelve más evidente que nunca ante la llegada de Donald Trump.

-¿Querías expresar algo con que la novela tuviese diferentes escenarios?
-Vivimos en un mundo globalizado pero desigual. De alguna manera, la novela apunta hacia ese horizonte: hacia los malestares de una globalización incompleta. En general, me fascinan las narrativas de viajes. Me encantan los personajes que lo arriesgan todo por un viaje sin retorno. Tal vez por eso la novela esta repleta de nómadas que terminan esbozando una suerte de cartografía alocada, que va desde Israel hasta la Patagonia, pasando por Puerto Rico y por un pequeño pueblo minero a las afueras de Pennsylvania. Sin olvidar, claro está, la selva centroamericana, que sirve como telón de fondo para la novela y que le da su dimensión histórica y política.

-¿Por qué elegiste incluir la figura del subcomandante Marcos?
-Si uno escucha el mensaje de despedida, por así llamarlo, en el que el subcomandante Marcos decide volver al anonimato, convertirse en el subcomandante Galeano, comprende que pocos han pensado el arte de los medios como él. Pocos como él comprendieron el juego que proponían, en un mundo globalizado, la imagen televisiva y los medios modernos. En Marcos todo es un juego de visibilidades e invisibilidades, un arte del anonimato como llamado a visibilizar el tan ignorado rostro indígena.

-¿Qué te gustaría que la novela genere?
-Creo que la máxima ambición de la escritura es producir más escritura. Que alguien lea el libro y se sienta tentado a escribir. Por otra parte, me gustaría que la gente lea la novela y termine pensando en algunos de los temas históricos y políticos que allí se plantean: el arte del anonimato, la relación entre ficción y verdad, la frágil frontera que divide al mundo del arte del mundo de la ley.

-¿Ya estas con otro proyecto?
-Sí, recién comienzo a esbozar algunos comienzos de una novela más breve. Pero, como bien sugería Ricardo Piglia, a veces lo necesario es evitar entregarse inmediatamente a un nuevo proyecto. Aprender a ser pacientes.