El uruguayo Federico "Cote" Veiroj es un director que viene sorprendiéndonos y emocionándonos desde Acné (2008). Su mirada y propuestas pueden ser muy distintas, como lo demuestran La vida útil, El apóstata y Belmonte, pero su inteligencia y sensibilidad, su manera de acercarse al cine (y al mundo) es tan personal como ineludible para quien quiera pensar la actualidad de la cultura rioplatense. En ocasión de la premiere mundial de su última película Así habló el cambista, nos encontramos con él en el amable contexto del TIFF.

—¿Qué te llevó a acercarte a una novela de 1979? ¿Qué te interesa del mundo que rodea a un cambista?
—Lo primero que me acercó a la novela fue su título, Así habló el cambista, al que llegué de manera casual en una pequeña ciudad de Uruguay en la que estaba esperando que vengan adolescentes para realizar un casting. Ese título me colocó en un lugar particular que incluía el humor, y una fantasía de un relato con peso emocional. O sea, mi encuentro con la novela fue azaroso, y fue en el 2012, pero lo que no fue azaroso fue haber decidido en el minuto uno de leerla, que tenía que hacer una película sobre ella. Enseguida me di cuenta por el tono que tiene el libro, la lucidez y el humor desde la que habla de los comportamientos humanos, económicos, o de los hechos más banales. Por lo tanto, más que la historia de un cambista de Montevideo, me interesó un personaje con bastantes capas que transita en una época convulsa de la historia de Uruguay y de la región geográfica. Sentía que a través de él se pinta un ambiente, una moral y una forma de actuar en la vida, que eran extremadamente atractivas para una película. De hecho, hay hasta un cinismo enorme en el libro, que en pro de empatizar con el personaje principal hemos tenido que sacarlo de la película (ya que esa veta había sido filmada) porque iba a lograr el efecto contrario al que deseábamos: ser testigo de la transformación de un personaje desde sus inicios hasta su madurez.

—Más allá de que se trate de una película "de época, ¿cuánto de lo que contás sigue siendo así en el presente?
—Yo no me ocuparé a hablar de economía y política, no estoy capacitado. Pero es cierto que los vaivenes de las economías de Argentina sobre todo y de Brasil, se representan en este libro escrito en 1979 y cuenta episodios vistos desde el pequeño país limítrofe, Uruguay, y cómo eso impacta en una mini economía comparada con esas dos potencias. Y en esas situaciones, con un afán narrativo, es que la novela y la película curiosean en el comportamiento del protagonista ante una de estas crisis. La inestabilidad política o económica están presentes, pero son lo que éstas provocan en el personaje, en su negocio, y cómo hacer para atravesarlas y sacar partido de ellas.

—Uno de los temas que atraviesa la película es la relación entre Uruguay y Argentina. ¿Cómo la ves en la actualidad? (política, económica y culturalmente)
—Creo que de igual forma de lo que siempre ha sido: una enorme admiración tal como con un hermano mayor desde Uruguay hacia Argentina. La dependencia política, económica y cultural de Uruguay con Argentina, sigue siendo fundamental, y dada la situación geográfica, es probable que eso no cambie. En la película se habla desde lo 'hormiga' que se siente nuestro personaje, en un país pequeño, y por esa condición frente a un gigante como Argentina, la ventaja que obtiene, para su conveniencia laboral ante dichas situaciones de inestabilidad económica en la región.

—Se trata, posiblemente, de tu película "más grande", ¿cómo fue recorrer ese camino?
—Estuve 7 años trabajando el guión, fue un proceso largo en el que situaciones personales y laborales se han interpuesto, sumado a que sabía que en el momento que había encontrado la novela, no era aún el momento de poder hacerla porque justamente necesitaba que sea más 'grande' en términos de producción, diseño de producción, actores, planificación de escenas, etc. Y el guión se retocó hasta último momento con mi gran aliado en este barco casi desde el inicio, Arauco Hernández; y finalmente el guión lo hicimos con un agregado importante para potenciar la historia que fue Martín Mauregui. La producción de Oriental fue clave para poder llevar adelante una película de esta magnitud en Montevideo. El camino fue arduo por bastantes momentos, pero siempre ganó la convicción de todos los involucrados para que la película sea lo mejor posible; hice lo que quise, lo que soñé, así que se me ha aplicado el dicho que 'no hay placer sin pena'.

—Más allá de la reconstrucción de época, hay algo en el tono de algunas actuaciones (vgr. Germán de Silva) que parecen acentuar algo de irrealidad, de conciencia de la máscara. ¿A qué se debe esa decisión?
—Creo que esa decisión de hacer una ficción con todas las letras, está desde el inicio total de la película, con un prólogo que remite a la Biblia. Y esa es la preparación para ver una historia anclada en unas épocas concretas que conocemos los espectadores, pero con personajes que no buscan crear una 'verdad' o una realidad o un verosímil de cómo fue en esa época, sino que el verosímil que incluso está en el tono de la película, es más propio de la fantasía de las películas de ficción. Cuando me enfrento a la escritura, a hacer una película, pienso la pantalla como una gran fantasía por más reconstrucción de época que exista, algo así como una fantasía histórica. En esta película era clave la conexión con el personaje desde el inicio, la complicidad con el espectador, por lo tanto eso que tú llamas máscara es justamente uno de los vehículos para conectar con el cuentito, cual fábula, con el poder mirar a esos personajes como partes de una historia de ficción propia de la pantalla -pero el truco siempre es que hablan el idioma común, y tienen emociones que todos tenemos, pero siempre hay un vaivén que hace que nos sorprendamos, por suerte, con determinadas acciones o comportamientos de nuestro personaje.

—¿Cuál es tu relación con el TIFF?
—Asisto al TIFF con mi primer corto profesional. En 2004. Menos mi primera película que se estrenó en Cannes, las otras cuatro han iniciado su vida en TIFF; aparte de ser un lugar que me ha apoyado históricamente con mi trabajo, continúo sintiendo el cariño por su maravilloso público, y las posibilidades que se abren en su enorme mercado. A esta altura, siento al TIFF como un lugar natural en el que exhibir mi trabajo, como mi casa del cine; y estrenar en el Bell Lightbox que conozco desde que se construía, es un privilegio enorme. Sólo tengo agradecimiento para el TIFF y su fantástico equipo de trabajo, que tienen la suerte de tener una de las Cinematecas más hermosas que he conocido. Me fascina el festival y pienso aprovechar esta nueva ocasión que se nos abre con la película Así habló el cambista.

—Premiere en Toronto, candidatura al Oscar... ¿Qué tenes pensado para el futuro?
—Si puedo seguir trabajando en los varios proyectos que estoy trabajando, será sensacional; tengo muchas ganas de hacer nuevos proyectos que me desafíen, en eso estoy. Pero más que lo pensado, es lo que el camino marque mientras me dejo llevar por la inspiración.

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