Actriz porno y prostituta militante, María Riot habló con Veintitrés sobre el abolicionismo y el feminismo radical, explicó cuál es el contexto que afrontan las trabajadoras sexuales y cómo es vivir trabajando con el sexo.

—¿Cómo denominarías al tipo de porno que hacés?
—Es porno independiente con ciertas pretensiones que escapan a lo comercial. Trabajo ahí porque es lo que me interesa, no porque esté en contra de lo otro. Sí estoy en contra de otras cosas de la pornografía comercial, que también pueden repetirse en la pornografía independiente, y que tienen que ver con las condiciones laborales, que creo que deben ser buenas en cualquier trabajo.

—¿O sea que al porno comercial le criticás más el detrás de escena que la escena?
—Sí. Para con la escena también tengo críticas, pero no concuerdo cuando se las hace en sentido moral. Creo que mientras no se perjudique nadie y haya consentimiento toda práctica sexual es válida. El porno refleja nuestros deseos construidos como sociedad. Y en general esa sexualidad reflejada es la de ciertas personas, porque, como toda industria, fue llevada adelante por hombres y no por mujeres u otras disidencias. Últimamente estamos tratando de resurgir y meter nuestras ideas ahí para que el porno sea más diverso. Tiene que haber otras identidades y otros cuerpos además de los que siempre estamos acostumbrados a ver. Y aun así el porno tiene mucha más diversidad que otras industrias como la moda.

—¿Este estilo de porno que reivindicás existe en Argentina? O más bien en Europa.
—En Argentina hice dos proyectos con amigos, pero por ahora no existen directoras reconocidas que hagan porno como puede ser Erika Lust en Europa ni proyectos posicionados como el de Four Chambers en Inglaterra.

—¿Y directores históricos de porno en Argentina, como por ejemplo Víctor Maytland, creés que se adaptaron a este nuevo estilo? O pensás que quedaron viejos.
—Acá no tomaron bien que haya personas que hablemos de porno y feminismo, que digamos que el porno tiene muchas cosas machistas que tienen que cambiar. Se sienten amenazados justamente porque son hombres cis heterosexuales. Y en vez de sentir que es algo que va a beneficiar a todos, su respuesta es querer crear una película contra el feminismo. Son señores que no pudieron adaptarse a lo que es hoy la sociedad.

—¿Cómo es vivir con tu sexualidad como algo público en un mundo en el que eso sigue siendo tabú o íntimo?
—Ojalá algún día tengamos una sociedad donde decir que ser trabajadora sexual no sea algo por lo cual alguien pueda asombrarse o rechazarte.

—¿Se puede delimitar trabajo sexual de tu goce sexual propio? O intentás que vayan juntos.
—El trabajo es trabajo. Eso no quiere decir que una no pueda sentir placer o llevarse bien con la persona. Pero las trabajadoras sexuales usamos nuestra sexualidad como una herramienta laboral. Yo tengo muy en claro qué es trabajo y qué no. Y gracias a ser trabajadora sexual empecé a entender la sexualidad desde otro lugar y a entender el valor de mi tiempo.

—Hay una corriente dentro del feminismo, el feminismo radical o radfem, que se opone de lleno al porno y la prostitución por considerarlos en sí mismos machistas y patriarcales. ¿Cuál es tu opinión?
—El radfem se tiene que extinguir. Es lo peor que le pasó al feminismo. Con el feminismo más mainstream aparecen personas que vuelcan todos sus prejuicios. Yo no creo que sea radical seguir sosteniendo el statu quo. La sociedad dice que ser puta o trans está mal, y ellas justamente tienen como primeras reivindicaciones que la prostitución se debe abolir y que ser trans es ser hombre vestido de mujer. Igualmente es algo que se da en las redes sociales con chicas muy jóvenes. Por eso no sé si es preocupante, me parece más bien penoso. Pero es su militancia hoy. No tiene una connotación política.

—Otro argumento contra el trabajo sexual, de gente que quizás no está moralmente en contra, es que hay mucha trata y que hay que abolir el trabajo sexual de lleno para terminar con la trata, aun cuando eso implique que alguna trabajadora independiente pierda su trabajo. ¿Qué pensás?
—Es un argumento totalmente erróneo. En otros trabajos con trata, como la industria textil o agropecuaria, se busca solucionarla y no abolir el trabajo en sí. No hay un posicionamiento político en contra de eso. Lo mismo cuando dicen que el trabajo sexual es patriarcal porque la mayoría de los clientes que lo ejercen son hombres. En verdad todo es patriarcal y en todo la mayoría de los que pagan son hombres. No todos, sino algunos que tienen ese poder económico. Y eso obviamente se ve reflejado en la prostitución: el hombre tiene el derecho, el poder económico y el aval social. No está estigmatizada su sexualidad como lo está para las mujeres o las disidencias sexuales.

—Muchos abolicionistas consideran a las trabajadoras sexuales autónomas como privilegiadas. ¿Vos cómo lo ves?
—Ningún trabajador es privilegiado, privilegiado sería no tener que trabajar. Hay personas que tienen ciertos privilegios frente a otras, pero en general quienes nos acusan de privilegiadas tienen los mismos privilegios que nosotras o más. Parece que para ellos el trabajo sexual solo puede ser ejercido por personas en el rol de víctimas. Si nos salimos de ahí empezamos a ser fiolas, burguesas, proxenetas, privilegiadas, etc. Nunca alguien que ejerza una profesión totalmente estigmatizada como la prostitución puede llamarse privilegiada. Yo si fuera rica no trabajaría. Nunca hubiese sido prostituta, la verdad.

—¿La solución al estigma y la persecución del trabajo sexual cuál sería? ¿La regulación por parte del Estado?
—Hoy en día el trabajo sexual está regulado, pero por el sistema penal. Según la regulación, la prostitución no es un delito, pero sí están criminalizados los lugares donde la ejercemos o las personas que interactúan con nosotras. Lo que queremos es una ley de reconocimiento de derechos laborales que descriminalice nuestro trabajo, que deje de poner reglas a las trabajadoras sexuales para que podamos existir y trabajar. Se habla de los modelos de otros países como Uruguay, Holanda o Alemania. Esos son modelos que las putas no quieren. Fueron leyes impuestas por el Estado, muchas veces Estados abolicionistas.

—¿Entonces se puede combatir la trata sin combatir el trabajo sexual independiente? ¿Cómo?
—Sí. Igual yo no uso la palabra independiente porque no creo que exista ningún trabajo independiente. Siempre vas a necesitar algo. Esto no quiere decir que para ser trabajadora sexual sí o sí necesitás a un tercero, pero sí creo que tenemos que pensar también en los derechos de esas compañeras que trabajan en cooperativas o con terceros. Y creemos que para combatir la trata se tiene que usar leyes o métodos similares a los que se usan para otros trabajos.