“No sabía que iban a ser tres del mismo ciclo; forman una trilogía, pero yo no tenía esa idea. La casa de los conejos fue un libro que sentí muy fuerte; sabía que iba empezar a escribir por esa historia, pero lo diferí mucho. Fue encontrar la fuerza de volver a esos recuerdos para regresar a esa casa en La Plata”, dice a BAE Negocios la escritora Laura Alcoba, que, desde niña, cuando tuvo que irse junto a su madre perseguida por los militares, vive en París. Esa casa clandestina de Montoneros, donde ella pasó parte de su infancia, es el tema de su primer libro.

“Me conecté físicamente con ella para escribirlo, había vuelto a Argentina, había vuelto a La Plata, pero no había ido a la casa. En 2003 viene para la fiesta de cumpleaños de mi abuela. Quería rescatar desde la escritura lo que había vivido. Ya escribía para mí. La literatura es como mi mundo desde siempre, pero tenía conciencia de que si quería construir algo literariamente tenía que tener la fuerza para empezar por ahí”, cuenta en un bar porteño, durante una entrevista que, poco a poco, se convierte en una charla atravesada por la emoción.

“No quería ir sola a la casa. En mi familia hay un tabú muy grande sobre ese episodio. Mi madre nunca volvió a la casa. Es muy consciente de que podríamos haber muerto y de que muchos murieron. Yo no tenía ningún objeto, ninguna foto, estaba prohibido sacar fotos en la organización Montoneros”, relata. Y cuenta entonces que fue con Chicha Mariani, a quien le había escrito dos meses antes de tomar el avión. “Le escribí preguntádole si se acordaba de mí, que yo vivía en la casa con su hijo Daniel y su mujer Diana Teruggi. Ella me respondió: ‘Sí, Laurita. Yo creí que vos y tu mamá estaban muertas’. En esa frase creo que está en el origen de todo lo que escribo; no estoy muerta y tengo que escribir”, relata la escritora que vino para la Feria del Libro, pero también estuvo dando charlas en los colegios.

asa me hablaba. Me acordé de la vecina, de los conejos, de la imprenta. La casa ahora es un lugar de memoria. Cuando volví no era así, estaba la parte de atrás incendiada, el agujero del mortero en superposición, me veía ahí jugando. Fue como una sensación de vértigo; estaba ahí en el ’75, ’76 y de pronto eran ruinas. No podía escribir algo en ese estado, pero sí anoté los recuerdos. Volví en el 2006 con mis hijos. Al regresar a París lo escribí rápido, pero a partir de esa materia que yo tenía”, sostiene Laura, que habla suave y su ojos se empiezan a empañar.

—¿En qué idioma lo escribió?
—Todo lo escribo en francés. Lo hice espontáneamente. El libro primero se publicó en Francia. Cuando se publicó acá me dí cuenta lo raro que era trabajar recuerdos infantiles tan profundos en otro idioma. Es un libro argentino en francés. La traducción no la hice yo. Cuando se publicó acá, vino mucha gente a decirme que tenía una experiencia similar y todavía no podía contarlo. Creo que el francés me ayudó, me permitió salir del pacto de silencio. Aprender a los 7 años a callarse, a controlar lo que se dice, es algo de lo que es difícil salir. De eso hablan los otros dos libros, de cómo se sale del silencio y de la oscuridad de esa ‘casa de los conejos’. Es cierto momento necesité retomar la voz infantil para lo que vino después, la relación a distancia con mi padre, que estaba y no estaba. Volví a leer la correspondencia que tenía con él mientras estaba preso. La correspondencia era una vez por semana durante años hasta que lo liberaron en el ’81. Esa relación a distancia era mantenida a pesar de la violación a la que se sometida esa correspondencia. Lo otro es el aprendizaje del francés y salir del silencio. Y así escribí El azul de las abejas. Después comprendí que el francés me había ayudado a ser una escritora argentina.

—¿Cómo llegó La danza de las arañas?
—Creí que había terminado. Que el primero era la experiencia de la dictadura y el segundo, la del exilio. En cierto momento estaba escribiendo otra cosa y me di cuenta que había dejado a mi papá en la cárcel, entonces no había terminado. Retomé la lectura de la correspondencia de papá, ya centrándome en el final, y me contaba un cuento, la araña en la jaula que baila cada vez que se aproxima su dueño porque sabe que va a salir a pasear. Tengo sólo las cartas de papá porque las mías fueron destruidas; sólo tengo su voz, esa ara- ña que yo imaginaba, que quería tener, tuvo su efecto mágico, porque al final el que sale de la jaula es mi papá. Para mí era importante salir de la oscuridad de La casa de los conejos, esos animales que estaban ahí para protegernos pero que no pudieron cuidar a todos. Creo que no va haber otro libro, pero es verdad que cuando vine a presentar el segundo dije que estaba terminado. Cada libro lo viví como una urgencia, no como algo que hubiese previsto.

—¿Cómo tomó su familia el hecho de que contara su historia?
—Hasta el momento que publiqué La casa de los conejos era como si no existiese ese episodio, en mi familia no se hablaba. Era importante para mí que mamá lo leyera antes de que firmara el contrato, lo escribí casi clandestinamente. Pero no podía publicar este libro sin contarle y sin que, de cierto modo, me autorice, que no sea un problema entre ella y yo. Le pedí que lo leyera antes de firmar. Lo leyó de punta a punta, lloró mucho. Me dijo dos cosas. Primero, “no sabía que te acordabas de todo esto”. Hubo un silencio y después me agregó: “Creo que me hace bien que le hayas dado esta forma”. Luego de la publicación fue más fácil hablar, no con mi madre pero sí con el resto de la familia. Hay algo que los franceses llaman el síndrome del superviviente. Cuando uno ha vivido, convivido y está del lado de los vivos cuando el resto está del lado de los muertos. Toda mi escritura, en esa frase de Chicha. Lo normal hubiese sido morir, es complicado llevarlo. Construyo como una ficción pero trabajo con elementos reales. Y no tenía nada que me haya llevado de ahí; quería dejar huella de algo, rescatar imágenes.

—¿Para qué sirve la literatura?
—Es ofrecer, es dar, estos libros viajaron mucho a lugares que apenas se conocen de Argentina y la gente lo recibió con mucha emoción, porque hay un personaje donde el lector puede entrar; y eso lo permite la literatura, no el testimonio.

Fueron varios días en los que la escritora, que no perdió el acento argentino, estuvo en el país. Algunos de esos días fueron a la Plata. “Siempre es muy fuerte volver a Argentina. Escribo allá, en otro idioma, pero emocionalmente escribo desde acá”, sintetiza Alcoba. Y las lágrimas son inevitables.

Título: La danza de La araña
Autora: Laura Alcoba
Editorial: Edhasa
Precio: $265

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