En la nota de recaudaciones de la página anterior, se publica el número de asistentes a la vigésima edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici): 390.000. Es mucho en esos diez días que sacuden la modorra constante de las carteleras comerciales, y además es una cifra para mantenerse optimista. Se puede pensar en otros veinte años, por lo menos, dado que hay un núcleo de público para el evento que no deja de crecer. El Bafici está instalado y no carece de brillo. Incluso cierta renovación entre los programadores (por ejemplo la inclusión del crítico español Álvaro Arroba) permitió que se ampliase la mirada sobre el cine contemporáneo, que el festival, fiel a su tradición de amable rupturismo, recorriera otros territorios. No hay quejas y la selección, con sus altas y bajas, fue impecable.

Como se sabe, las dos películas argentinas que resultaron premiadas en la Internacional y la competencia local son extra- ñas al circuito comercial. Una es La Flor, juego de cinco filmes creados por Mariano Llinás en complicidad con el colectivo actoral Piel de Lava (el cuarteto integrado por Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes) que dura, entera, catorce horas. Hubo muchas chanzas sobre la duración, especialmente de personas que difícilmente pisen un cine si no hay un superhéroe rompiendo paredes, pero en realidad el asunto es mucho más amable y querible que la aridez que denuncia el que nunca pisó el Bafici. Desparejo como todo proyecto tan desmesurado, tiene humor, aventuras, generosidad para el espectador y va, por su tamaño, a contrapelo del cine comercial. Lo curioso es que llenó funciones y que, al ganar, deberá tener una semana de exhibición en un complejo multisala (parte del premio). Quizás esta “exhibición compulsiva” sirva para romper prejuicios de los exhibidoras, demasiado concentrados en el pochoclo.

Como se dijo, también la pelí- cula que ganó la competencia argentina es extraña para nuestros exhibidores y debe estrenarse comercialmente. Las hijas del fuego es una especie de road movie porno lésbica -para describirla- donde el sexo explícito se multiplica. Pero el término “porno” se utiliza aquí sólo a manera de comunicar lo inclasificable. Se trata de una película sobre las posibilidades de liberación que el sexo mostrado representa para el espectador, de pelearle a convenciones, de tirar abajo el prejuicio a puro golpe de vísceras. Carri, que siempre apuesta por extremos -y lo hace con el talento de quien está convencido de lo que hace, Llinás, de paso, también- puede agobiar al espectador a golpes de cuerpos quemándose de placer, y con eso le sacude la modorra del estreno adocenado de cada jueves. Va a ser interesante ver cómo funcionan estas dos películas extremas en el circuito comercial.

Pero Bafici es -debe ser- siempre un punto de partida, un lugar donde descubrir caminos y posibilidades del cine que los póster multicolores nos ocultan. Más allá de que hubo medio centenar de estrenos argentinos (algunos extraordinarios como Las Vegas, de Juan Villegas; Una casa propia, de Rosendo Ruiz, o el documental Esto no es un golpe, de Sergio Wolf), más allá de las últimas películas de artistas ya consagrados en el circuito internacional (Isle of Dogs, de Wes Anderson; Grass, de Hong Sang-soo, o lo primero y lo último de nuestro visitante habitual James Benning), más allá de las visitas (este año, Phillippe Garrel y John Waters, nada menos, dos extremos de la independencia fílmica), hubo nombres que vale la pena seguir. El realizador austríaco Johan Lurf, por ejemplo, que mostró muchos de sus cortos y la bella y emotiva rareza ✭, sobre los cielos estrellados en el cine, es uno de esos artistas para continuar mirando. Ver parte de la obra de la ucraniana Kira Muratova -angustiosa, feroz, rupturista-, también constituye uno de los motivos que justifican un festival (y, pensándolo bien, no está mal el triunfo de Albertina Carri en una muestra que tuvo a Muratova como una de sus homenajeadas). Ver joyas recientes como Mes provinciales, de Jean-Paul Civeyrac, una película notable sobre cómo superar el estadio epidérmico de la cinefilia, en un justo blanco y negro, o el collage hermoso de Leandro Listorti La película infinita, son también modos de mantener el cine vivo y cuestionarlo. El credo del Bafici se mantiene igual: hay otros mundos en el cine y tienen tantas posibilidades de ser habitados como espectadores; sólo es necesario que alguien les abra la puerta, establezca con ellos el puente necesario, los devele. La cifra de participantes y una programación que fue de Amante por un día a Grease, de 31 Minutos a Virus tropical, de 11x14 a E.T. muestra que todo es posible, que sólo hay que animarse.

La vigésima edición del Bafici, con el abono al mito decimal que obliga al festejo, fue de las mejores. Sólo queda saber si la disrupción que su libertad implica puede contagiar un negocio que se desliza a depender sólo de la elefantiasis fantástica.

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