La hija del genocida Miguel Etchecolatz, Mariana Dopazo, afirmó que vivir con él significaba "acostumbrarse al miedo de abrir la boca" y reveló que su recuerdo más crudo de la infancia se remite a que, cada vez que regresaba de la Jefatura de Policía su padre, ella rezaba junto con su hermano para pedir "que se muriera en el viaje".

"Cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje", reveló Dopazo, en una carta que difundió a través de las redes sociales la revista La Garganta Poderosa.

Dopazo, quien en 2016 logró que la Justicia le concediera el cambio de su apellido, aceptó en agosto pasado hacer pública su historia de vida, sembrada por el terror que representaba convivir con un genocida de las características del ex comisario de la policía bonaerense durante la dictadura cívico militar.

"Crecí entre situaciones traumáticas, en plena soledad, porque vivir con Etchecolatz significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir la boca, porque podría venirse la respuesta más terrible", expresa en uno de los párrafos del escrito quien se autodenomina como "ex hija de Etchecolatz".

En otro tramo, reconoce: "Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: "Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos"".

"Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: "Mirá lo que me hacés hacerte", decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más verdadera", asegura la mujer, hoy de 47 años.