Leonardo M. D’Espósito
 

La única tristeza posible por la muerte, a los 91 años, del periodista, editor e icono universal Hugh Hefner consiste en la certeza de que todos nos vamos a morir. Nada más. O, como dice en un tuit el escritor y periodista Guillermo Piro al respecto, "que nadie diga ahora que pasó a mejor vida". Porque, después de todo, Hefner -como algún otro longevo como el cineasta Manoel de Oliveira, pongamos por caso, o la gran cantante argentina Nelly Omar- hizo lo que quiso, vivió como se le ocurrió y, de paso, logró una revolución cuyo peso es mucho mayor que cualquier convulsión política de la segunda mitad del siglo XX. Hefner creó Playboy, no sólo la revista sino el concepto, uno que terminó empujando las barreras de las libertades individuales con una fuerza que las instituciones políticas quizás no hubieran tenido. Para cerrar con gloria una carrera de calculada excentricidad, Hefner consiguió ser enterrado al lado de su primera musa, Marilyn Monroe, quien apareció desnuda en el primer número de la revista y le permitió la carrera al éxito. Y de paso, a quien nunca conoció (en vida). La cripta le costó u$s75.000, pero se sabe: la mortaja no tiene bolsillos.

Playboy difícilmente pueda describirse como “pornográfica”

Así que sí, morirse es una tragedia. Dejando de lado eso, Hefner tuvo una vida impresionante, que varias veces se intentó llevar al cine (hay, incluso, una biografía hecha para televisión, bastante mediocre). Hugh Marston Hefner nació el 9 de abril de 1926 en Chicago, Illinois, en una familia muy conservadora. Era periodista de la revista Esquire, especialmente dedicada al hombre americano -con desplegables de chicas con escasa ropa- y se fue porque le negaron 5 dólares (de 1950) de aumento. Se endeudó, le pidió u$s1.000 a su madre, y lanzó el primer número de Playboy. Vendió 50.000 ejemplares. De ahí en más, durante por lo menos treinta años desde aquel 1953, fue un éxito constante.

Ahora bien: dejemos de lado el mito de que Hefner era un pornógrafo. Si bien es cierto que las chicas desnudas eran el mayor de los ganchos, también es cierto que Playboy tenía las mejores entrevistas del mundo. Ahí andaban escribiendo personajes como Truman Capote o Susan Sontag, por mencionar nombres al azar. O Woody Allen. Los contenidos de Playboy eran históricos. Pero lo más importante era que la revista comenzó a reflejar el cambio cultural que aparecía por debajo del forzado retorno a los "valores familiares" de los años ´50, la era Eisenhower. Después de que la mujer conquistara su lugar en el mundo del trabajo en los ´40 por obra y gracia de la Segunda Guerra Mundial, el sexo había dejado de ser un tabú. Que los medios tradicionales o Hollywood pudieran reflejarlo era otra historia, y ahí aparece Hefner, quien se dio cuenta de que podía publicarse un medio bien mainstream sin ocultar nada. En cierto sentido, el partido del lujo y el buen vivir que la revista sostenía era algo revolucionario en un medio excesivamente conservador que se encaminaba a estallar, en los 60, con el rock, las drogas y la revolución sexual. En 1963 lo acusaron, finalmente, por obscenidad (fotos de desnudos de Jane Mansfield mediante). Y salió indemne. La sociedad era otra y lo suyo era provocar: por ejemplo, enviar a Alex Haley (el escritor y periodista negro, autor de Raíces) a entrevistar, en plena lucha por los derechos civiles, a George Lincoln Rockwell, fundador del Partido Nazi Americano. Poner las cosas al desnudo era el asunto, y no solamente a las chicas.


 

Hefner se negó durante mucho tiempo a mostrar desnudos frontales femeninos. Hasta que lo hizo -un poco por casualidad, todo hay que decirlo- Bob Guccione en la rival de Playboy, Penthouse, definitivamente sí una revista pornográfica (aunque también muy bien escrita: Guccione odiaba a Hefner pero había aprendido de él). Finalmente, Hefner cedió. Pero siempre creyó que una cosa era abogar por la libertad sexual y la pareja libre -algo que sostuvo, como todo el mundo conoce, hasta el final, conviviendo con verdaderos harenes- y otra que le pareciera sexy mostrarlo todo. Si algo distinguía las producciones fotográficas de Playboy (esas que incluyeron de Marilyn a Marge Simpson a toda clase de americanas) era que mantenían siempre el misterio.

No hay que olvidar, además, que Hefner era en parte un satirista. Por algo contrató a Harvey Kiurtzmann y Will Elder (guionista y dibujante, ambos creadores de la revista MAD) para que inventaran una historieta en Playboy. Esa tira fue Little Annie Fanny, una rubia totalmente inconsciente alrededor de la cual sucedía toda clase de orgías, mientras intentaba preservar su virginidad (tarea ímproba dado que andaba mucho desnuda) de las garras de un magnate. Era la manera de Hefner de burlarse del costado despiadado de la vida lujosa que Playboy, por otro lado, representaba.

Dicen las biografías que su afán por el sexo comenzó cuando su esposa, en realidad poco antes de casarse, le confesó una infidelidad mientras Hef estaba en el ejército. Y que, como manera de intentar la preservación del matrimonio, le permitió una vida sexual libre, lo que sería el impulso para la ideología de Playboy. Puede ser, pero si uno ve el contexto americano y sus tensiones de entonces, puede pensar que es más una creación para el personaje Hefner. El hombre real era un gran editor, un abogado sin límites por la libertad de expresión y un filántropo que, cuando quería, se divertía con el sexo. ¿Qué tristeza puede haber por alguien que vivió, disfrutó y murió como quiso? Sólo la de pensar que no fuimos nosotros. ¡Salud, Hef!