Hace un par de años, la versión cinematográfica del cómic de Marvin Millar Kingsman representó una novedad: no sólo tomaba lo que aquella tira tenía de satírico sino que el realizador Matthew Vaughn, que ya había logrado una reflexión excelente con X-Men: Primera generación, podía usar el artificio del blockbuster para burlarse amablemente de él, sin dejar de lado un retrato del mundo. Esta segunda entrega prosigue en la misma línea, aunque multiplica el absurdo y las increíbles secuencias de acción. La participación de muchas estrellas tiene un sentido: explotar hasta el infinito el juego pop bien británico que la historia propone. Vaughn se ríe con la construcción de acción disparatada sin perder nada de la ironía fina que se cuela por los poros de la trama. Y además, rareza en el cine de acción de hoy, está muy bien filmada. No es poca cosa: un blockbuster inteligente.

 

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