Hoy vamos a dejar de lado un poco la pornografía. De hecho, vamos a hablar de una película muy sexy en un sentido amplísimo, que también habla de sexo, pero que durante (muchos) años era parte de la programación televisiva de la Argentina. Y no precisamente en épocas democráticas: durante todos los años setenta, formó parte constante de las grillas de Canal 11 (mayoritariamente) o de Canal 13 (alguna proyección esporádica). Quien recuerde el espacio Hollywood en castellano (los sábados a las 22, una vez terminada la hermosa maratón de Cine de Súper Acción en Teleonce), sabrá que dos o tres veces al año se escuchaban los bronces de los Tijuana Brass con una melodía creada por Burt Bacharach. La película es de 1967, se llama Casino Royale y definió la infancia de muchas personas gracias a esas repetidas emisiones televisivas.

Antes que nada, nunca la vimos entera. Antes de los títulos (diseñados por el gigantesco animador Richard Williams, el dibujante de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y recientemente fallecido) hay una pequeña escena en París protagonizada por Peter Sellers que se cortaba aquí. No es la única secuencia que se cortaba: hay varias escenas con chicas ligeras de ropas y diálogos "picantes" y significativos en sentido sexual que desaparecían en la versión televisiva. Algo totalmente lógico en una época de ilógica censura: después de todo, poco tiempo antes Psicosis había sido calificada como "prohibida para menores de 18 años". Como dirían los latinos, "O tempora, o mores". Vamos, googlée.

Ahora hay copias digitales completísimas y un alma caritativa subió Casino Royale a YouTube. A nadie le importa mucho en realidad si se piratea: la película tuvo una producción absolutamente caótica en la que participaron por lo menos seis directores: John Huston, Val Guest, Robert Parrish, Ken Hughes, Joseph McGrath y Richard Talmadge. Pero hay algunos sketches que llevan la marca en el orillo de Woody Allen. Ah, Woody. Bueno, no solo Woody: el elenco incluye a David Niven, William Holden, Charles Boyer, Peter Sellers, Deborah Kerr, Ursula Andress, Barbara Bouchet, Orson Welles, John Huston y una infinidad de cameos como Jean-Paul Belmondo, George Raft, David McCallum y una tal Jacky Bisset que se destaca rápidamente con el pelo negro y los ojos verdes en una secuencia romántica con Sellers. Eso por empezar: el elenco es mucho más amplio.

Casino... era la única novela de James Bond que el productor neoyorquino Albert Broccoli no había comprado. Y en medio del éxito de sus filmes, el productor Charles K. Feldman, que había querido quedarse con la obra de Ian Fleming, decidió que iba a explotar (el término es literal) la novela que sí tenía en manos. La trama tiene casi nada que ver con el libro original salvo porque en un casino hay una partida de baccarat entre Bond y el villano Le Chiffre, que también figura en la versión de Casino Royale "oficial" con Daniel Craig (sin dudas de lo mejor de toda esa serie, dicho sea de paso). Pero no, nada que ver. La cosa es así: Bond (Niven) está retirado. Lo visitan los jefes del MI6, la CIA y la KGB porque un mega villano tiene la posibilidad de destruir el mundo y solo él puede detenerlo. Pero como no quiere volver a la acción, buscan un reemplazante que resulta ser Sellers, que enfrenta a Le Chiffre y falla. Mata Bond, la hija de James con Mata Hari, tiene una misión paralela en Alemania Oriental y luego se reune con su padre, para luego ser secuestrada por un caballero medieval que se la lleva en un ovni. Y finalmente Jimmy Bond, el sobrino estúpido y lascivo de Bond (claro, Woody, nada más ni nada menos) decide acabar con todos los hombres y repoblar el planeta con sus bellísimas esclavas. El final es una tremenda pelea con indios, cowboys, Frankenstein, focas, mafiosos, la Legión Extranjera y muchas burbujas. Al principio la película iba a ser seria, pero a mitad de la producción se decidió que fuera una parodia de todo el cine que, entonces, saturaba las pantallas comerciales. Créase o no, esta ensalada fue un gigantesco éxito financiero. Los críticos -que solemos tener una gran ceguera, parte de nuestro trabajo es abrir bien los ojos- la destrozaron. Hoy está años luz por encima de cualquier cosa que estrene Hollywood -excepto, por cierto, la última de Tarantino.

No, bueno, la historia no resiste el menor análisis: todos son gags sexuales, exhibición de la Londres Pop y psicodelia a morir. También es recontra divertida y no perdió eficacia a pesar del paso del tiempo. Hay secuencias de puro cine experimental (la tortura mental que sufre Sellers es puro montaje creado por el mencionado Richard Williams) y muchísima música. De hecho, el filme se llevó el Oscar a la mejor canción por "The Look of Love", un sensual tema de Burt Bacharach cantado por Dusty Springfield. Ahora bien: el lector se preguntará por qué hablamos de esta película hermosa en esta columna por lo general cachonda y dedicada a cuerpos más que desnudos. Bueno, el asunto es que el pobre Jimmy Bond, cuyo atractivo es menos que nulo, está obsesionado por el sexo. De hecho, es el personaje que Woody Allen creó para la TV y el cine hasta, por lo menos, Dos extraños amantes. Pero aquí además todos los personajes tienen un uso discrecional del sexo, un poco como el Bond "de verdad". Hay una secuencia en la que una agente tiene que elegir al posible Bond sustituto y, para ello, besa apasionadamente a cada uno de los candidatos, porque bueno, es Bond. En otra, la Andress -ni más ni menos la "chica Bond" original- realiza una sesión de fotos "eróticas" con Sellers-Bond parodiando la célebre secuencia de Blow-Up, la película de Antonioni. Y hay mucha, muchísima exhibición de piernas y vientres y escotes porque el ejército de Jimmy Bond es de chicas armadas y peligrosas. Todas hermosas y esculturales, de paso.

Pero además hay sexo "adulto": la secuencia de seducción entre Niven y la Kerr es pura comedia sexual en una noche de verano. En general, el tema erótico es un leit motiv de cada secuencia, y está tomado con una ligereza y una falta total de respeto por los roles tradicionales que resultaría totalmente anómalo en el ofendidísimo por cualquier cosa mundo actual. De paso, la secuencia de apertura que no vimos era así: Sellers está en un puesto de vigía policial que lo cubre hasta mitad del cuerpo. Llega un señor con bombín y le dice "¿Bond? Estas son mis credenciales" y, también tapado por la pared, obliga a Sellers a mirar hacia su entrepierna (se supone que le muestra un carnet, claro). Eso estaba eliminado de la copia que vimos. Así empezaba una película feliz y luminosa.

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