"Un libro delicioso sobre las fascinantes aventuras de nuestra lengua", dijo la escritora Rosa Montero sobre El árbol de la lengua, de la catedrática española Lola Pons Rodríguez.

¿Qué es ser una historiadora de la lengua?

Ser una científica, aunque de letras, que trata de entender cómo era la lengua en otro tiempo, cómo se desarrollaban lingüísticamente las relaciones sociales, cómo avanzaba o retrocedía en los mapas o en el uso un rasgo de pronunciación o una palabra. En mi caso, ser una historiadora de la lengua es una forma de ser y de estar en el mundo, no solo en el ámbito profesional.

¿Cuál es el rol de la literatura en la lengua?

Tiene un papel fundamental. Por un lado, representa los usos que en un tiempo y en un lugar, sea de forma duradera o efímera, son respetables, admirables para los hablantes, que pueden influir incluso sobre quienes no son lectores. Por otro lado, es una fuente (no la única) para reconstruir cómo se manejaban las palabras en la sociedad de nuestros antepasados. Cómo se piropeaban, cómo se insultaban, con qué saludos se recibían, cómo se dirigían a otros. En general, entre los escritores se encuentran usos muy anticanónicos y rompedores en el idioma, aunque paradójicamente muchos de esos usos se terminen haciendo normales y canónicos. Pero hay literatura fuera de la literatura. Leo una carta del siglo XVII en donde un novio le pide a su enamorada que se fugue del convento y que lo haga rápidamente porque "ya la luna nos va haciendo daño" y me siento en la necesidad de dar a conocer que esa frase tan bella y tan provocadora está en un proceso judicial.

¿Qué es lo que te gustaría que encuentre el lector en tu libro?

Aire. Aire fresco. Conocimiento basado en datos que lo hagan conectar con su forma de hablar, respetar y entender mejor el habla del otro, librarse de prejuicios. Enamorada como estoy de la historia de la lengua, se me hace difícil que alguien no se emocione leyendo cartas antiguas, que no conecte con actitudes actuales hacia la lengua que otros tuvieron muchos siglos atrás. Doy clases en la Universidad de Sevilla, pero hay una forma de ser docente fuera del aula y es la de la divulgación a través de libros como este.

¿Por qué no decimos acoso escolar, violencia escolar y sí decimos bullying?

Porque a veces somos papanatas con los anglicismos. Nos parecen modernísimos, resueltos y atinados. Y no pasa nada por decir bullying, pero es que la palabra vernácula, acoso, está imbuida de un sentido de trato animal, de vejación, que la palabra inglesa tiene en su lengua original, no en la nuestra. Y al abrazar el anglicismo estamos opacando una parte de esa fea negatividad que tiene la realidad del acoso.

¿Por qué usamos los diminutivos?

Amado Alonso, investigador español de origen pero argentino de vivencia y madurez, lo explicó muy bien: para achicar una magnitud (real como una cucharita o inmaterial como una preguntita), sí, pero también para agrandar nuestra implicación emocional con algo o alguien (mi sobrinita o la recetita que me transmitió la abuela). Y la historia de la lengua nos enseña cómo hemos ido superponiendo o repartiendo diminutivos por el territorio hispanohablante: florecilla, florecita, florecica...

¿Por qué, aún dentro de un mismo idioma, las palabras tienen diferentes definiciones?

Por la historia de las lenguas, porque los hablantes de una zona o de un ámbito social deciden tirar por un camino, apostar por un significado concreto, o desarrollar un sentido nuevo, mientras que los de otra área van por otro camino.

¿Qué pensás del lenguaje inclusivo?

Que es bienintencionado, pero que no se puede imponer; y que, en cualquier caso, el machismo o la igualdad no residen nunca en la lengua sino en el uso que hacemos de ella. No utilizar desdobles del tipo "argentinos y argentinas" no te convierte en machista y tampoco te da la divisa de feminista el hacer uso de ellos.

¿Por qué le pusiste ese título al libro?

Porque una obra de mi siglo de especialización, el siglo XV, decía que la lengua era un árbol y que su fruto era la palabra. Y porque, si queremos estar a la altura de ese árbol y aprovechar sus posibilidades infinitas, debemos conocer mejor cuáles son sus raíces y sus capacidades.

¿Qué hace que la lengua cambie?

El uso. De la misma forma que cambia nuestra forma de vestirnos, de relacionarnos, de comer, de organizar la vida, la crianza o los cuidados. Cambia la lengua. La única lengua que no cambia es la que está muerta. Hasta la que nace con intención artificial de ser inmutable y universal (como el esperanto en su momento) cambia en cuanto empieza a ser hablada y manejada.

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