Vivir la vida es una tarea constante. Allí se tejen sueños y se desatan nudos, pasados y presentes, para construir historia. Tener un sentido en la vida implica ser buenos artesanos de buenas relaciones y rastreadores de mejores espacios y entornos donde seguir creciendo en felicidad, libres en medio del paisaje. "La vida no se trata de lo rápido que corres o de lo alto que subes, sino de cuán bien rebotas".

Vivir la vida no es solo limitarnos a existir. Muchas veces se nos pasa por alto descubrirnos como auténticos protagonistas de ese escenario que cada día se abre ante nosotros. Un drama que exige ser responsable con uno mismo; disponer de pasión, de entusiasmo, de auténticas ganas por aspirar a cosas mejores; ser capaces de dotar de significado a nuestra vida.

El término "significado" está adquiriendo mucha más relevancia que el propio concepto de "felicidad". Mientras la felicidad es a menudo una entidad limitada en el tiempo y momentánea, el ser capaces de dotar a nuestra realidad de un significado nos ofrece algo duradero, una razón de ser, la artesanía de construirla.

Hay límites, hay obligaciones y códigos que respetar. No obstante, más allá de los principios ineludibles que marcan nuestra convivencia como seres sociales, debemos abrir bien los ojos para librarnos de esos nudos que no sirven, que no ayudan, que quitan movimiento y libertad personal. Muchos de esos nudos están gestados por nuestra cultura, nuestra familia, nuestras relaciones sociales. Debemos por tanto intuirlos y dejar esas incómodas ataduras que ponen cercos a nuestro crecimiento personal.

Todos llegamos siendo libres a este mundo, pero no siempre somos completamente libres para diseñar nuestros proyectos. La vida misma, nuestras familias y el propio contexto social que nos envuelve, van moldeándonos poco a poco. Sin embargo tenemos también la oportunidad de crear nuevos horizontes. Lejos de asumir cada trazo inscrito y cada forma, somos nosotros los auténticos artesanos; somos quienes en un momento dado deberemos elegir qué aceptar de esa transmisión de valores y enseñanzas y qué rechazar. Tenemos pleno derecho a despertar y a construir el tipo de vida que deseemos.

Hay una clara diferencia entre existir y alcanzar una vida plena donde cada uno goza, con autenticidad, de lo que es, de lo que tiene y de lo que hace. Porque entre que nacemos y nos vamos de este mundo hay un tiempo precioso que merece aprovecharse con intensidad. A menudo, nos quejamos de lo corta que es la vida, cuando en realidad el problema está en empezar tarde a vivirla de verdad. Nos tragamos frustraciones y escondemos anhelos; es mejor no mirar la cotidianidad que nos arrastra. Solo quienes están dispuestos a iniciar su propia revolución personal, empezarán a vivir como de verdad desean.

Puede parecer una ironía. Son muchas las personas que avanzan por sus senderos vitales con el corazón apagado y la mente con piloto automático, programados para dejarse llevar. Es una existencia más fácil, pero sin duda, menos feliz, menos auténtica y satisfactoria. Es urgente dejar de fingir y aparentar lo que no es. Es necesario vivir el presente, ya que el mejor momento para todo siempre será "ahora". No se trata de vivir mucho o poco, se trata de valorar la vida como es: un regalo que no podemos desaprovechar. Decía Boccaccio: "Vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada."

Hacer lo que tengamos en mente, llevarlo a cabo, porque si van a criticarnos de todos modos, no vale la pena escondernos en agujeros y amargarnos en las inseguridades. Vivir en plenitud es el arte de hacer oídos sordos a muchas palabras malintencionadas para huir de lo mediocre y volar en lo extraordinario. Casi al final de su vida afirmaba Beethoven: "Tocar una nota equivocada es insignificante, tocar sin pasión es imperdonable".

"Un hombre se acercó a un sabio anciano y le dijo: -Me han dicho que tú eres sabio. Por favor, dime qué cosas puede hacer un sabio que no está al alcance de las demás de las personas-.

El anciano le contestó: -Cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo, y cuando hablo contigo, sólo hablo contigo-.

-Pero eso también lo puedo hacer yo y no por eso soy sabio-, le contestó el hombre, sorprendido.

-Yo no lo creo así-, replicó el anciano. -Pues cuando duermes recuerdas los problemas que tuviste durante el día o imaginas los que podrás tener al levantarte. Cuando comes estás planeando lo que vas a hacer más tarde. Y mientras hablas conmigo piensas en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme, antes de que yo termine de hablar. El secreto es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente para disfrutar en plenitud y a cada instante del milagro de la vida".