"La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene"
Jorge Luis Borges

El final de la vida es considerado como la terminación del ciclo vital de todo ser biológico. El desarrollo del sistema nervioso en el humano, sin embargo, ha generado la posibilidad de tomar conciencia del tiempo, del espacio y de quienes somos en el sentido más complejo; lo que se llama metacognición.

Esta evolución nos ha permitido tomar conocimiento como seres finitos. Es decir, quizá la única especie biológica que sabe conscientemente que va a morir y lo descubre con mucha anticipación.

Este conocimiento no existe en niños pequeños y también puede desaparecer en personas con trastornos cognitivos avanzados, como en la enfermedad de Alzheimer en sus etapas finales. Es decir que este procesamiento requiere de un de un cerebro desarrollado e indemne.

La creencia en religiones y dioses fueron la respuesta a la posibilidad de tener vidas luego de la muerte

Este profundo problema en que se embarca el ser humano, ha generado algunas de las principales preguntas que el mismo se realiza. Sobre qué existe después de la muerte o si todo termina al morir. Lo que la llevó a la filosofía existencialista del siglo pasado a plantearse uno de los problemas claves: la angustia del fin.

Pero mucho antes, ya en tiempo prehistóricos, se fueron generando los primeras respuestas, creando las primeras religiones y la creyendo en dioses, que respondieron sobre la existencia de algún proceso superior y la posibilidad de tener nuevas vidas luego de morir.

Esta angustia probablemente responde a los situaciones de indefinición sobre el final y se apoya en los procesos de creencia; los cuales pueden ser de gran ayuda en las personas que padecieron la muerte de un ser cercano o también en la conciencia de la propia desaparición.

Estos mecanismos religiosos son instancias de creer que pueden incluso localizarse en sectores de la corteza cerebral. En un tratamiento médico estos mecanismos deben respetarse, pues conlleva una mejoría en la calidad de vida.

La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, que analizó hace años los procesos de duelo ante la muerte de un ser querido, describe cinco etapas de este mecanismos. Estas etapas comienzan con la negación como proceso defensivo inconsciente, en el que están implícitos los mecanismos de creencia.

El siguiente estadio puede ser la ira o negación; implica el enojo por la imposibilidad del manejo del final. Le sigue la negociación que quizá vuelva a utilizar la creencia, cuando se trata de encontrar una solución, aunque se sepa que no existen muchas. Quizá se abra el paso a soluciones mágicas; o a la búsqueda de una nueva tecnología de investigación o tratamiento alternativo.

Continúa la etapa del dolor cuando la angustia le gana a cualquier otro proceso y es el momento de la necesidad de máxima contención, dónde expresar las emociones, a través de la psicoterapia o de la relación con los otros, puesta en los sentidos y en el lenguaje.

Por último la aceptación, cuando se acepta la muerte y se resigna a la posibilidad de cambiar la situación. Etapa en que la persona requiere de contención y no está exenta de riesgo y sufrimiento.

El ser humano ha establecido una lucha implacable contra la muerte y el tiempo. La que se ha encaramado también a luchar contra paso del tiempo biológico.

Existen muchos trabajos científicos actuales que tratan observar y editar los mecanismos de envejecimiento y los procesos implicados en el mismo. Como la muerte celular y la expresión de genes, que se expresan con el envejecimiento. Otra de las búsquedas es la posibilidad de reflotar células nuevas; con la búsqueda de células madres y la reprogramación celular de células diferenciadas, como las de la piel, convirtiéndolas en desdiferenciadas y pluripotenciles. Con las que se busca generar nuevos órganos o nuevas estirpes celulares.

Podría llegar a generarse un nuevo órgano, para remplazo o para investigación de tratamientos. Pero también se podría clonar un humano; buscando la prolongación en otro cuerpo (lo cual no se realiza por estar reñido claramente con la ética). Aunque si se hiciera, el clon sería parecido a un gemelo, pero ni siquiera coetáneo. Pues el cerebro sería totalmente virgen de información; sin el aprendizaje ni la conciencia que nos otorga la subjetividad.

Las neuronas adultas no se reproducen para justamente conservar lo aprendido y la memoria grabada en el cerebro. La que se ha acumulado a través de proteínas sintetizadas en el mismo, con el paso del tiempo. Es decir para entender la mente humana, estaríamos en presencia del mejor sistema de acumulación de información, que es el ADN; imbricado en el sistema biológico más complejo, que es el cerebro humano.

Se espera conseguir en un futuro, algo mucho más difícil: copiar la información de nuestra conciencia; es decir de nuestro software cerebral y transferirlo a un nuevo cerebro. Esto todavía es ciencia ficción, aunque un genio mundial de la física como Stephen Hawking predijo: que en un futuro se podrá copiar la información de un cerebro. Actualmente solo es posible copiar, cortar, pegar y corregir información del ADN y sus consecuente síntesis proteica.

Esa parece el camino de la búsqueda de la inmortalidad, no exento de graves peligros e interrogantes científicos, éticos y religiosos. Además de generar nuevos problemas a la ya existente explosión demográfica, pues no entraríamos en el mundo.

Sin embargo la bioingeniería ha avanzado (y se encuentra haciéndolo) a pasos agigantados. La biología sintética y el manejo del material genético ha revolucionado la ciencia; se conocen actualmente cuestiones que hace 15 años parecían imposibles

Serán tiempos complejos los que probablemente les tocará vivir a las próximas generaciones, cuando estos desarrollos contra la mortalidad sean aplicados y explicitados públicamente.

Especial para BAE Negocios
*Neurólogo cognitivo y doctor en Filosofía. Prof. titular UBA. Conicet