Puede decirse que la conducta humana lleva implícito el instinto de planificación familiar. Quizá esto se lo debamos a un componente evolutivo que implica esencialmente el cuidado de las crías. Es posible plantearse a esta función como básica e inconsciente, que llega desde muy lejos en el tiempo, mucho más que los cercanos primates y mamíferos, pues los reptiles y las aves también lo poseen. Es decir, existiría una programación innata para la protección de la descendencia y la carencia de ella podría implicar la extinción de la especie.

Es muy conocida la investigación del premio Nobel en medicina Eric Kandel en la que provocando un estrés postraumático en ratas generó una notable consecuencia: dejaban de cuidar a sus crías. Siendo la crianza una función muy importante, es esta considerada como una grave secuela en la conducta del animal. El cuidado instintivo de los procreadores es clave, así se evaluará el afecto hacia las crías y hasta la predilección sobre algunas.

A dicha conducta, en el humano se le agrega una gran corteza cerebral, que hace consciente el cuidado, complejizándola mucho, desde un simple cuidado instintivo, a la subjetiva relación madre-hijos. Se produce la incorporación de nuevos conocimientos en el homo sapiens; uno ellos es el de relacionar el acto sexual con el embarazo y finalmente la generación de un nuevo ser. Pareciera una verdad de Perogrullo, pero sin embargo esto no sucede en los animales, ni siquiera en los más desarrollados. Es decir, existe una situación de reconocimiento consciente sobre el comienzo de la vida y la causa de la misma, aun antes de que se produzca el embarazo visible.

La cultura y la tecnología humana han permitido, por otro lado, realizar un diagnóstico de embarazo apenas generada la fecundación. Esta evolución produce nuevas problemáticas, una de las posibilidades es interrumpir el embarazo, es decir una potencial vida futura. Otra es investigar el grado de salud con el que cuenta esa potencial vida, aún intrauterina, que arribará al mundo. Esta toma de conciencia genera novedosos conocimientos que producen nuevas experiencias y tomas de decisiones.

Pero también surgen nuevas preguntas sobre el comienzo de la vida y la detención de la misma. El humano posee la mayor capacidad de conciencia de finitud de todos los seres vivos, pudiendo pensar este proceso a largo plazo, programar y planificar acerca de la muerte. También padece la angustia de final, con reacciones sobre ella con diferentes posturas (algunas extremas, religiosas o fundamentalistas y otras, por lo contrario, eclécticas).

Se podría decir con respecto a este concepto que el humano es el único ser viviente con conciencia de comienzo de la vida, de la procreación y de la finalización de la misma. Muchos científicos plantean que el comienzo de la persona humana comenzaría con el desarrollo del sistema nervioso del embrión, lo cual es muy temprano durante la embriogénesis, aunque va adquiriendo diferentes características con el desarrollo individual. Primero muy inmaduro, generalmente comparado con el primitivo cerebro de un reptil, luego se parangona con un mamífero inferior para luego compararse mamíferos más desarrollados.

Nacemos con un cerebro inmaduro aunque muy desarrollado y complejizado, aún comparado con nuestros «primos» los chimpancés. Aunque no caminamos ni poseemos la capacidad motora ni de entendimiento que un primate recién nacido. Tenemos un cerebro preparado para una gran «explosión» cognitiva a medida que madura. Es esa explosión la que otorga la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos, en nuestro comienzo y nuestro fin.

Existen muchas discusiones sobre cuándo comienzan los procesos de conciencia y subjetividad en el ser humano, que nos convierte en tales. No están para nada saldados actualmente estos conceptos.

Suceden cuestiones que se observan en la práctica como en la fecundación in vitro, que implica la manipulación de fecundación, posible descarte de embriones y algo más complejo aún como la elección del más viable. Esto habilita una situación de paradojal, sobre si cada embrión implica una vida humana, pues no todos son utilizados. Además del problema de elección del embrión; lo que suena lógico médicamente es muy complejo desde lo bioético. Pues estrictamente hablando corresponde a un proceso eugenésico, aunque hoy muy pocos se atreverían a cuestionar este método que ha ofrecido una factible solución ante situaciones de infertilidad.

Otra situación paradójica es la aceptación legal de la interrupción del embarazo en casos de violación o peligro de vida materno, lo que implica una aceptación de suspender la evolución de un embrión. El embrión es un proceso en construcción, potencial y existen cuestiones que no podremos subsanar, lamentablemente.

Posiciones absolutas llevarán a mal destino, pues existen claros argumentos que requieren de una posición científica y filosófica reflexiva para poder tener una respuesta definitiva. Un grave problema es que existen secuelas graves en los procesos de interrupción del embarazo, especialmente como consecuencia de la realización en lugares clandestinos, pues el Estado no participa en ningún caso en el control y apoyo de estas intervenciones.

Las mujeres pueden no solo morir o padecer secuelas ginecológicas. La mujer expuesta a esta situación se verá con alto riesgo a sufrir un estrés postraumático u otros problemas psicológicos como trastornos de ansiedad o depresión secundaria. La psicoprofilaxis preventiva previa y posterior, generaría una fuerte disminución de la prevalencia de estas secuelas, quizá las más frecuentes. Además, el trabajo adecuado con un programa preventivo, ante la despenalización, contrariamente a lo que muchas veces se plantea, podría reducir la estadística en cuanto a este problema, dado que los programas preventivos, que trabajan sobre la mujer embarazada que decide realizar un aborto, implican la ayuda a la comprensión del proceso y además a valorar si la decisión tomada es la correcta. Además facilita tener estadísticas, evaluar riesgo de nuevos embarazos, asistir en planificación familiar, que obviamente ha fallado. Además de crear protocolos de protección sobre las enfermedades de trasmisión sexual.

Es indudable que la mayor vulnerabilidad y riesgos lo padecen las personas más humildes, quienes serán las más afectadas; pero no las únicas. Los programas generan datos, facilitan el trabajo de reconexión social, generan redes de apoyo y estudian casos particulares, como violencia de género asociados. Por cierto, la clandestinidad no permite acceder a ninguna programación o plan estatal. Y aunque ilegal, actualmente es nulo el descubrimiento de centros clandestinos de abortos. Es extraño, dado que bastaría con que una concurrir a la puerta de un colegio secundario y preguntar para descubrirlos.

En la interrupción del embarazo no existen cuestiones positivas, existen las menos malas. La educación sexual y su planificación incluyen el aprendizaje de métodos anticonceptivos, la prevención de enfermedades de transmisión sexual y el conocimiento de la interrupción del embarazo, conociendo los riesgos y secuelas que pueden conllevar. Despenalizar el aborto no es estar a favor de él. Podría considerarse al aborto como el fracaso de la planificación familiar. Que suceda en forma clandestina y sin control o apoyo estatal es nuestra peor opción.

*Doctor en Medicina y en Filosofía.
Prof. titular UBA. Director del Observatorio de Bioética.
Facultad de Medicina. UBA.