"Comíamos bien y barato, bebíamos bien y barato, y juntos dormíamos bien y con calor, y nos queríamos"

Ernest Hemingway

 (París era una fiesta, 1964)

Existe una franca relación entre la temperatura, el cuerpo y la emoción. Es de conocimiento corriente que el calor influye en procesos como el dolor articular o el frío, por ejemplo para desinflamar partes del mismo. Además de esta relación, la temperatura cuenta con una asociación en muchos procesos corporales conocidos, conscientes e inconscientes, además de voluntarios e involuntarios. De por sí algunos neurobiólogos plantean al "control conductual de la temperatura" como un mecanismo de toma de decisiones que tienen evolutivamente también animales. Por ejemplo, ponerse a la sombra ante el calor o sumergirse en agua si hace frío, es una decisión a corto plazo. También existen conductas térmicas instintivas a largo plazo como la migración de las aves que se trasladan antes del invierno, una actividad de supervivencia ante el frío. Todas ellas conllevan igualmente este instinto preventivo de sobrevivir: el control térmico conductual.

Debe comprenderse que esta decisión de evaluación de la temperatura es voluntaria y consciente en el humano. Son manejadas volitivamente a pesar de ser instintivas, pudiendo incluso tomarse diferentes conductas ante la misma exposición de calor. Existen patologías, como la esquizofrenia, donde esta conducta se encuentra claramente alterada, abrigándose la persona anormalmente en pleno verano o desnudándose durante el frío. Existen otras funciones del manejo de temperatura del cuerpo que a diferencia de la función anterior se regula inconscientemente a través del sistema autónomo, mucho más primitivo y básico en constitución del sistema nervioso. Esta cumple una actividad de equilibrio del cuerpo en general llamado homeostático. Así, entre otras actividades regulan la temperatura a través del sudor o la dilatación de vasos de la piel con el fin de bajar la temperatura del cuerpo.

Existen estudios que plantean que esta relación entre temperatura con procesos corporales incluye además otros factores emocionales y cognitivos más complejos, en los que la temperatura corporal puede ser modificada a partir de influencias externas e internas, pero a la vez la respuesta conductual puede modificarse por la temperatura medioambiental. Existe así una respuesta psíquica de lo que nuestros sensores de temperatura ambiental captan, y al mismo tiempo existen respuestas de la temperatura corporal a cuestiones afectivas o medioambientales.

Se tienen fundamentos para pensar en una asociación entre la temperatura ambiental y la sensación de confianza, relacionándose a la temperatura con fenómenos biológicos corporales del humano. Esto puede resumirse en un concepto muy importante llamado "cognición corporizada", la que implica que no solo el cerebro influye en la emoción, cognición y conducta de los humanos. Se le agrega todo un sistema de actividades del cuerpo del humano y también de los animales. Influyen en la interrelación corporizada de la mente las percepciones corporales externas e internas, la influencia hormonal y de neurotransmisores sobre el sistema nervioso. Todos estos se regulan mutuamente. Trabajan además sobre el cerebro neuropéptidos intestinales y hasta la gran flora microbiana del intestino constituye un factor cada vez más descripto para el cerebro.

Dado que existen sustancias que llegan desde y al sistema nervioso, este sistema a la vez se extiende a través del ya mencionado sistema autonómico hacía todo el cuerpo. Esto influye sobre el cuerpo regulando desde las funciones moleculares hasta el equilibrio de la presión arterial y la temperatura en este caso. Sin embargo, la regulación autonómica es en inconsciente e involuntaria.

El hecho de la interrelación entre la temperatura física y la psicológica ya se aplica desde un hecho cultural y social. Así, una persona cálida es, ya desde el lenguaje, mencionada como alguien bueno y sociable. Se han descrito en muchos grupos de investigación varias reacciones corporales que trabajaron en la respuesta afectiva de a la temperatura. En un trabajo de resonancia funcional realizado por John Bargh de la Universidad de Yale junto a Investigadores de esa Universidad y la de Colorado, han observado un encendido en la corteza de la ínsula cerebral ante el calor. Esta es una zona mayormente oculta del encéfalo asociada generalmente con el rechazo o la aceptación de algo o alguien. Asimismo, esta zona se la ve encendida cuando se le entrega calor al cuerpo; situación conjugada además con un sentimiento de mayor bienestar, de confianza hacia los demás y de mayor cooperación gregaria, lo cual facilita la cooperación social. Pareciera que un ambiente más cálido nos pusiera más receptivos.

Esta cuestión estaría relacionada con cuestiones evolutivas, en las que la cooperación incluye la cercanía y/o contacto corporal, disminuyendo la pérdida de calor del cuerpo, la que implica un menor gasto energético. Así, muchos animales se agrupan, como sucede con los pingüinos antárticos, que se juntan para disminuir la pérdida energética a partir de la toma de energía del otro. Este fenómeno es llamado "cleptotermia" (robar la temperatura) y genera posiblemente la supervivencia ante las situaciones de frío. Es probable que estas especies pudieran haberse extinguido de no existir esta conducta.

Se plantea que el calor aumenta la calidez de la persona (valga la redundancia). Se han descrito procesos hormonales relacionados como el de la oxitocina (hormona relacionada al placer o el apego que sube la temperatura corporal). También el neurotransmisor serotonina, asociado a la sociabilidad y la mejoría del estado de ánimo. Aumenta su ritmo diario (circadiano) durante el día, se relaciona también con un mejor estado afectivo y aumento de la sociabilidad.

Pareciera además, que la estimulación opioide también se encuentra relacionada con un aumento de temperatura, cuestión que tramposamente puede generar algunas sensaciones placenteras, como aumento del calor en adictos. Y por lo contrario bajarla en los tratamientos, como por ejemplo con naloxona, que bloquea los receptores generando sensaciones de displacer a corto plazo, lo que el terapeuta debe conocer, pues puede ocasionar una dificultad en el comienzo del tratamiento.

Existen descripciones durante el invierno, que acompañado de falta de luz y frío consecuente, puede ocasionar depresiones en países cercanos al ártico o en zonas australes. Este síndrome es llamado Afectivo Estacional (SAD) y estaría sustentado en la baja de exposición a la luz ultravioleta solar que acompaña al invierno. Existen muchos trabajos en los que neurocientíficos estudian este tema. Evalúan con escáneres cerebrales con respuesta especial ante la exposición al calor o el frío. En general, los estudios coinciden que ante exposición al calor los sujetos mejoran la evaluación sobre los demás, mejoran su ánimo y son más propensos a la cooperación grupal.

Dice la periodista científica Marta Zaraska en un artículo de Scientific American que se puede asociar lo social con los fenómenos de temperatura, que procesos como el acicalamiento entre algunos primates permite perder menos energía. Asimismo, que en el medioevo la gente dormía junta en camas durante el invierno con el fin de compartir calor: todos claros componentes de la necesidad de ahorrar energía y tener mayor temperatura, para lo cual se necesita una cuota importante de conducta gregaria, sustentada en la mejor sensación que otorga la calidez. La temperatura regula así nuestra conducta, el afecto y la toma de decisiones.

*Neurólogo cognitivo. Doctor en Filosofía. Prof. titular UBA. Investigador del Conicet