Copiar solo es seguir las ideas de los demás. Crear, en cambio, es hacer realidad nuestros sueños a partir de la nada, producir algo determinado a partir de nuestra capacidad artística, imaginativa o intelectual. Y libres son quienes crean, no quienes copian. Las personas libres piensan creando, acercándose de manera genuina a su propio éxito. Construyen, con la colaboración de todos, ideas liberadoras que los hacen más humanos, más dignos, más libres. Arriesgarse con ideas propias es la máxima expresión de libertad.

Parece, según Eduardo Galeano, que "en la escuela son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación". En nuestro mundo al revés se nos está enseñando a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo. Por eso, la más importante de las libertades humanas es la elección de la actitud personal en la decisión del propio camino.

La libertad de iniciar algo nuevo requiere mucho esfuerzo y valentía; eso es lo que diferencia el camino al éxito y la mediocridad de "siempre lo mismo". Vivir es arriesgarse. No podemos estar encadenados por nuestros miedos, esclavos para siempre de ellos; ni deberíamos deslizarnos por la vida sin entregarnos enérgicamente a ella, perdiendo la mejor versión de nosotros mismos. Si damos un paso adelante, aunque nuestros proyectos e ideas a veces fracasen, hay algo que nunca perderemos: nuestra capacidad para decidir.

Solo tu corazón te hará libre, no el lugar en el que te encuentres. Solo dentro de nosotros está nuestra verdadera fortaleza y nuestra libertad real. El dramaturgo Grillparzer decía: "Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente y el corazón los que hacen al hombre libre o esclavo". En nuestro interior, nadie puede arrebatarnos la verdadera libertad; y si no tenemos la libertad interior, ¿qué otra libertad podemos tener?

Nadie goza de una libertad absoluta en el sentido de poder abstraerse por completo de normas y valores para actuar. Adherido al concepto de disposición y capacidad para elegir está el de la responsabilidad que emana de ese privilegio. Así, de alguna manera, toda elección va asociada a una previsión de consecuencias, a una estimación de daño y beneficios. Es aquí donde entra en juego la moral y la ética, propia de cada persona, de cada grupo, de cada sociedad o de la humanidad entera.

Consideramos a la mayoría de las personas libres para elegir. De otra manera, ¿qué sentido tendría la democracia o las propias normas y leyes que castigan precisamente la falta de responsabilidad que va asociada a la libertad? "La libertad es la posibilidad y el derecho que tiene cada uno de elegir una de las alternativas que se presentan en un determinado momento", afirma Jorge Bucay.

Cuando somos libres somos responsables de nuestras decisiones, ya que somos nosotros quienes las tomamos y por ello asumimos la autonomía, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Asumir el costo de lo que decidimos implica la valentía de ser libres para tomar un camino. La libertad no es solo hacer lo que queremos en este momento, es dibujar y construir nuestro camino decidiendo cómo, por dónde y con quién lo recorremos.

Hay un límite importante para la libertad: la convivencia con otras libertades, la moral y la ética. Soy libre dentro de un espacio limitado, el que marcan mis propios valores, el que me dejan las leyes. Por eso decía Platón: "La libertad está en ser dueños de nuestra propia vida". Con sus paradojas y sus bondades, la libertad sigue siendo uno de nuestros grandes privilegios. Un privilegio que puede fastidiar porque exige vivir siempre la novedad de la vida misma, sin miedos ni comodidades mediocres.

Nos encontramos en medio de una severa crisis humana; quizás hemos perdido la brújula y queremos seguir en la "odiosa vida anterior". Hará falta un corazón nuevo, para una vida nueva y libre.

En la versión apócrifa de "La Odisea", de Lion Feuchtwanger, los marineros de Odiseo, convertidos en cerdos por un hechizo de la bruja Circe, disfrutaban de su nueva condición animal. Durante días, los marineros evitaron los intentos de Odiseo de romper el hechizo. No querían volver a su forma humana. Odiseo, confundido, les comunicó que había encontrado la forma de deshacer el conjuro. Ellos, al escucharlo, corrieron despavoridos a esconderse. Tras muchos intentos, Odiseo consiguió atrapar a uno y lo frotó con las hierbas mágicas. El cerdo recuperó la forma de un marinero. El liberado, en absoluto agradecido por su restaurada condición humana, atacó furiosamente a Odiseo: "¿Así que has vuelto, granuja entrometido? ¿Otra vez a fastidiarnos y a molestarnos? ¿Otra vez a exponer nuestros cuerpos al peligro y a obligar a nuestros corazones a tomar nuevas decisiones? Yo estaba tan contento, podía revolcarme en el fango y retozar al sol, podía engullir y atragantarme, gruñir y roncar, libre de dudas y razones. ¿A qué viniste? ¿A arrojarme de nuevo a mi odiosa vida anterior?"