"La parte de la humanidad que no conoce el hambre tiene en su poder la pobreza del mundo" Alejandro Lanús

Existen pocas etapas tan importantes como la niñez para el desarrollo cognitivo y social del ser humano. En este tiempo existe una increíble evolución del cerebro que nos diferencia del resto de las especies. Comienza en el útero alcanzando un gran tamaño encefálico, correspondiendo al importante crecimiento fetal que sucede especialmente en el último trimestre de gestación.

El gran crecimiento durante esta etapa y el voluminoso cerebro del feto humano producen un gran consumo anexo de energía. Muchos científicos piensan que esta situación sumado al gran tamaño craneal hacen necesario nuestro nacimiento precoz respecto a otras especies; incluso comparándolo con nuestro primos los chimpancés que nacen mucho más maduros. Para igualar el grado de madurez al nacer de estos primates, el recién nacido debería tener una gestación de aproximadamente 21 meses de embarazo.

El humano nace muy inmaduro requiriendo de mucha más atención y de un tiempo muy largo para terminar de madurar. Ana Mateos Cachorro del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana de Burgos, propone que esta lentitud estaría relacionada con el desarrollo encefálico-intelectual y la sociabilidad de nuestra especie

Gran parte de la población mundial padece desnutrición consecuencia de la pobreza. Es más preocupante aún en los niños, fundamentalmente en los que se encuentran dentro de los dos primeros años de vida, pues presentan mayor susceptibilidad a padecerla.

Primero, porque los niños no tienen la capacidad de discernir voluntariamente sobre como alimentarse, pero además porque en ese momento es cuando se desarrolla muy activamente el cerebro humano, ya que a los 2 años de vida el humano alcanza el 70 por ciento de su tamaño cerebral, mientras que el resto del cuerpo tarda 18 años en desarrollarse.

Un tercio de la población de niños africanos y la mitad de Asia meridional presentan signos de desnutrición infantil. Gran parte de nuestra región no escapa a estas características de déficit alimentario.

Durante los primeros años de vida humana se generan gran parte del desarrollo de cerebro. Por lo que es un momento irrecuperable si los factores nutricionales, especialmente proteínas y calorías no se incorporan adecuadamente.

Procesos como el lenguaje, la visión o los estímulos emocionales así como los procedimientos motores y sensoriales, tienen en este tiempo un momento único. Si el sistema nervioso se encuentra sin combustible no existirá el sustrato correspondiente para poder desarrollarse.

Así diferentes trabajos, como el de los pioneros de Stoch y Smythe ya en 1963, postulan una disminución del crecimiento cerebral permanente en los niños desnutridos, que redunda una disminución la circunferencia craneal, atrofia cerebral y disminución intelectual.

Asimismo estos niños presentan disminución del tamaño cerebral observado con resonancia magnética y de su coeficiente de inteligencia. Y a largo plazo la carencia alimentaria acaecida a edad temprana genera: mayor deserción escolar, bajo ingreso a la educación superior y menor desarrollo social de los adultos.

También se ha descrito aumento de las patologías psiquiátricas en los niños que nacen de madres desnutridas o que sufren desnutrición en la infancia como por ejemplo trastornos atencionales.

Se ha observado además que la desnutrición produce disminución en la reproducción de células del cerebro pre y posnatales. También se observa menor cantidad de proteínas, ADN, ARN, conexiones y neurotransmisores.

Si el sistema nervioso se encuentra sin combustible, no existirá el sustrato para poder desarrollarse

Por ejemplo cada neurona de la corteza del niño al nacer tiene 2500 sinapsis pasando a 18.000 a los 6 meses. Esta arborización es clave para constituir las redes que conforman la función cerebral, pero se genera en los primeros meses de vida. En la desnutrición estas comunicaciones se observan claramente afectadas.

Una vez que el cerebro no se ha desarrollado correctamente, es difícil recuperarlo. Cuando se detecta estos problemas en un niño, además de recuperarse la alimentación debe activarse tanto la estimulación temprana como la red social y educativa, para pensar la posibilidad de evitar daños permanentes.

Las poblaciones empobrecidas están más afectadas por factores ambientales y familiares, lo que dificulta aún más la recuperación.

Las personas tendrán menores factores que colaboren a la capacidad para soportar la desnutrición infantil, como consecuencia de su precaria situación social.

Cada neurona de la corteza del niño al nacer tiene 2.500 sinapsis y pasa a 18.000 a los seis meses

La deprivación alimentaria actúa sobre todo el cuerpo, muchos trabajos muestran la posibilidad de recuperación corporal en niños desnutridos, desde el punto de vista de la talla.

Sin embargo esta posibilidad no se detenta en el sistema nervioso. Será muy importante, entonces, considerar como esencial alimentar a los niños durante el embarazo y los dos primeros años de vida.

Además de la cuestión social y médica, la sociedad debe atender el problema productivo que genera la desnutrición infantil a partir del daño del capital humano. Es así indispensable la intervención destinada a prevenir los daños cerebrales irreversibles, generados por el déficit alimentario durante el embarazo y la niñez temprana.

Existen pocas etapas tan importantes como la niñez para el desarrollo cognitivo y social del ser humano. En este tiempo existe una evolución increíble del cerebro que nos diferencia del resto de las especies. Correspondiendo el importante crecimiento fetal que sucede especialmente en el último trimestre de gestación y en lo que los evolucionistas llaman niñez desde los 3 a los 7 años momento en el que sigue creciendo el cerebro y muy poco el cuerpo. Esta etapa por ejemplo no existiría en ninguno de los monos más cercanos al homo sapiens.

El cuidado y la alimentación durante la niñez son esencial para el humano. Comparable a lo que pasa en etapas de crecimiento en otras especies Los ratones, por ejemplo, necesitan mucho cuidado de sus madres durante un mes. Sin este cuidado se producen alteraciones conductuales. Se han descripto además cambios en la expresión genética, ante la falta de atención de la madre; como muestra un trabajo muy importante de Tracy Bedrosian y colaboradores del Instituto Salk.

Así ratones abandonados sufren más modificaciones en un sector modificable del ADN (transposones L1) en un sector clave de la conducta que es el hipocampo. Esto se asocia a cambios en los que estos múridos se convierten en menos curiosos y más estresados.

Es decir la alteración de cuidados puede alterar la expresión y metilación genética, cambiando la manera de ser, cambio que puede ser heredable.

Así el humano presenta una infancia prolongada con varias etapas que no existen en el chimpancé. Esto haría que el humano desarrolle un cerebro más voluminoso y mayores conexiones.

Ya a los 7 años el cerebro tiene casi tamaño del adulto pero sin embargo tardará hasta los treinta años en desarrollar toda la compleja maraña de conexiones intersinápticas que posee.

Existen varios trabajos que muestran que los contactos sociales en la infancia y en la adolescencia, mejoran no solo la salud mental sino la física de las personas en la adultez. Entre ellos disminuyen tres grandes factores de riesgo de impacto en la salud pública: la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial y trastornos de ansiedad.

El desarrollo infantil humanos es lento y prolongado, esto mejora la performance cognitiva de nuestra especie. Pero requiere consecuentemente de más cuidados familiares, sociales y alimentarios que otras especies. Situación crítica para que el humano adulto posea más inteligencia, mayor desarrollo cerebral y más sociabilidad que cualquier

Cualquier crisis económica altera todos los cuidados, la sociabilidad y tiempos del desarrollo; generando alteraciones de las etapas de la infancia. Produciendo no sólo dificultades en las personas desatendidas, sino de sus herederos: las generaciones venideras.

*Neurólogo cognitivo, Doctor en Medicina y Filosofía. Prof. titular UBA.

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