Ser persona no es algo estático, es un proceso dinámico. Hoy no somos los de ayer y mañana no seremos los de hoy. Nos vamos forjando a través de una "programación" social e individual. De ella nos liberamos gradualmente y nos convertirnos en dueños de nuestra vida, en actores de nuestra obra. El desvelamiento del ser-yo-mismo requiere sinceridad para responder no solo a quiénes somos, sino a quiénes queremos llegar a ser. Hace falta auto-aceptación: sentirnos a gusto con el cuerpo, con los sentimientos y emociones (positivas y negativas), con los impulsos, los pensamientos y los deseos.

Para ser persona auténtica tenemos que conquistar la libertad y la capacidad de expresarnos, exponer nuestros miedos y nuestras frustraciones, reconocer nuestros errores y compartir nuestros éxitos. Donde existe un verdadero encuentro existe la apertura del yo al tú y del tú al yo, único camino para la común-unión. Mirarnos desde un ensimismamiento en el que nos reconocemos, mostrando lo que somos hoy. Presentamos nuestra potencialidad actual, porque mañana será otro día. Y nosotros, quizá, otras personas.

Probablemente todos, en algún momento de este proceso, hemos sido conscientes de un gran miedo. Ese que nace cuando nos preocupamos de "cómo nos verán" y "qué dirán" los demás. Es que tenemos la necesidad de sentirnos parte de nuestra familia, de las personas de nuestra misma edad, de la sociedad. Pero, a medida que crecemos y se desarrolla nuestra personalidad, nos damos cuenta de que somos diferentes y de que ciertas actitudes no son "bien vistas" o "bien aceptadas". El miedo se transforma en un enemigo que nos limita, que nos paraliza en el riesgo de ser nosotros mismos y de hacer lo que nos parece que queremos.

Las personas más dependientes son las que padecen una gran necesidad de ser aprobados por los demás. El miedo al rechazo es tal que tratan de imitar la conducta de los otros y se comportan de una forma muy diferente a la que realmente son. Se produce una pérdida de identidad por evitar la desaprobación. Detrás de esto puede haber un problema mucho más grave: un complejo de inferioridad y una muy baja autoestima. Es por ello que adoptan una conducta de escondite o de escape, también de anonimato, para no llamar nunca la atención. Prefieren decir "estoy de acuerdo" o "me parece bien" antes de entrar en polémica, defender una postura o discutir con alguien. Tenemos miedo al rechazo y a la indiferencia.

Hay heridas que no se ven, pero que pueden arraigarse profundamente en nuestra alma y convivir con nosotros el resto de nuestros días. Una de las heridas emocionales más profundas es la del rechazo. "Me da miedo decirte quién soy, porque, si yo te digo quién soy, puede que no te guste cómo soy, y eso es todo lo que tengo", escribió John Powell. El miedo al rechazo está ahí, existe. Nos puede volver más susceptibles e inseguros, llevar a aislarnos de los demás e incluso a dejar de cuidarnos.

Con tal de no ser rechazados, corremos el riesgo de traicionarnos a nosotros mismos, de optar por instalarnos en nuestra zona de confort o de buscar, equivocadamente, la seguridad en otras personas. La confianza en nosotros mismos es el primer secreto del éxito. Ser capaces de apreciarnos, de valorarnos y de invertir en nuestros proyectos personales. Creer en nosotros hará que difícilmente nos sintamos rechazados. Entender que, estar bien con uno mismo es preferible a estar bien con todos, es sinónimo de salud y bienestar. Es avanzar libre de cargas en la mochila y sin piedras en los zapatos.

"Un pez dorado estaba asombrado al ver cómo una golondrina se trasladaba por el espacio abierto al agitar sus alas. Deseaba volar. Una golondrina estaba asombrada por el nado de un pez dorado que se trasladaba en el agua. Y deseaba nadar.

La golondrina le habló al pez: -Si tú me enseñas a nadar, yo te enseñaré a volar. Y el pez le contestó con una sonrisa: -Trato hecho. El pez le explicó a la golondrina todos los secretos de la natación. La golondrina, a su vez, enseñó al pez cómo adquirir suficiente impulso para poder volar.

El aprendizaje fue lento y difícil, pero llegó el momento. Los dos se prepararon y después de un momento de vacilación, se atrevieron. Alguien, a la orilla del estanque, tuvo una visión fantástica: vio volar a un pez dorado y nadar a una golondrina. Cuando se volvieron a encontrar, el pez, con un brillo especial en los ojos, miró a su compañera, y le dijo: -Cuando volaba hice un descubrimiento: sentí que te podía conocer como nunca antes me imaginé. Viví mi vuelo siendo tú y siendo yo. La golondrina, sonrojada, le contestó: -Yo sentí lo mismo.

-Y también descubrí otra cosa; sentí que antes había nadado como un autómata y que me había olvidado de que nadar es también bello. Entendí la razón del olvido: sólo veía tu vuelo y quería ser como tú, pensaba que lo mío no podía ser tan hermoso como lo tuyo. Ahora sé que ambas cosas lo son.

La golondrina, abrazándolo, le confió: -Los dos hemos aprendido lo mismo; los dos seremos lo que somos y nada será mejor. Cuentan que, a partir de ese día, algo extraño sucedía cerca del estanque: un pez dorado estaba aprendiendo a nadar y una golondrina a volar."