"Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio" dijo Mario Benedetti. Casi nadie puede tolerar el silencio absoluto por mucho tiempo; es una especie de privación que, en nuestro mundo, tiene poco lugar porque incomoda. Se ha extendido incluso la práctica de mantener encendido el televisor o la radio, solo para disfrazar la soledad monstruosa y el silencio inquietante, que en algunos evoca sensación de muerte.

Hay silencios románticos, entre enamorados, que no necesitan hablar para entenderse. Son relajantes los silencios de aquellos que, atiborrados de ruido, encuentran un oasis en su interior. Exultantes los silencios que sobrevienen después de un momento de felicidad. Pero también hay silencios menos amables porque nos recuerdan que estamos solos o que nos hemos encerrado en nosotros mismos. Ausencia de palabras en una mirada dura o en un gesto cruel. Algo hay de misterioso en este terreno del silencio que de un modo nos fascina, y de otro, nos aterra.

El silencio es algo ciertamente difícil de comprender en una época empeñada en que estemos comunicados, aunque a veces no tengamos realmente nada para decirnos. Es bueno entender que en el silencio hay ausencia de palabras, pero no un vacío de comunicación; entraña una presencia, la presencia de un mensaje que no se ha dicho, pero que está ahí diciendo todo. Hay silencios que nacen de la imposibilidad, el miedo o el desconcierto y silencios que expresan poder supremo. Hay silencios prudentes que liberan y silencios represivos que angustian.

El silencio es reencontrarnos con el “quiénes somos y qué amamos”

Uno de los aspectos más difíciles de sobrellevar en el mundo actual es el bombardeo de estímulos al que estamos expuestos. Y buena parte de ellos tienen un sello de premura o de urgencia. Por eso afirmó Pascal: "Todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre para sentarse solo y en silencio en una habitación". El silencio exterior es la ausencia de sonidos. Corresponde a esos magníficos estados en los que el ruido de afuera desaparece. Por su parte, el silencio interior hace referencia a un estado en el que no hay elementos que perturben la tranquilidad. Tanto la ausencia de ruidos, como la ausencia de estímulos estresantes facilitan una forma de descanso única.

El silencio es reencontrarnos con el "quiénes somos y qué amamos", permitiendo que cada pieza desordenada vuelva a su lugar. El silencio tiene poder, es didáctico, es aprendizaje. Mientras que en Occidente hablar poco se puede interpretar como no tener mucho qué decir, en Oriente ocurre lo opuesto: quien habla demasiado es perturbador y sospechoso de charlatanería. Allí el silencio tiene un significado profundamente espiritual. Indica búsqueda, introspección, encuentro con la voz interior.

El célebre matemático y filósofo griego, Pitágoras, hablaba de la disciplina del silencio. Su objetivo era dar forma a una mente más reflexiva, tomar contacto con el propio yo y alcanzar así la auténtica sabiduría. Es el único modo para aquietar la mente, las necesidades del cuerpo y los sufrimientos que integran el alma. Hacer un riguroso voto de silencio por un tiempo, como pedía Pitágoras a sus alumnos, no es algo que todos puedan ni quieran llevar a cabo. Pero, algunos estudios de psiquiatría aseguran que si fuéramos capaces de mantener un riguroso silencio entre media hora o una hora al día, disfrutaríamos de un cerebro más sano, menos estresado, una mente más centrada y un mejor estado del ánimo.

Para algunos puede ser casi terrorífico quedar un día consigo mismo en soledad para conversar, para reflexionar. Sin embargo, el aislamiento ocasional y delimitado en el tiempo beneficia a nuestro equilibrio psicológico. Hay que dejar de huir, hay que dejar de vivir en piloto automático y disfrutar más del silencio y del presente. Sigue siendo verdad que "los ríos más profundos son siempre los más silenciosos".

Escribió Eduardo Galeano: "Una larga mesa de amigos, en el restorán Plataforma, era el refugio de Tom contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro. Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Fernando. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.

-No, dijo Tom, cuando alguien se arrimó. -Estoy en una conversa muy importante. Y cuando se acercó otro amigo: -Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar. Y a otro: -Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.

En ese rincón aparte, Tom y Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde. Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito." "Sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces la mejor manera de comunicarse es callando."