Hay personas que viven casi siempre en los extremos. Para ellas todo lo que se observa o sucede es blanco o negro. Son capaces de afirmar que si no tienen todo, entonces no tienen nada o que si algo no es bueno, entonces es malo. Se consideran personas bien definidas, sin error, a las que no les gustan las medias tintas. Por lo general, se lamentan mucho de aquello que perciben como una falta de claridad en las demás personas y situaciones.

Esta forma de ver el mundo suele traer dificultades y sufrimientos. Muchas veces, hombres y mujeres, se sienten defraudados porque pasan de la idealización a la decepción con rapidez; se enojan y desilusionan a menudo. Lamentablemente todo esto ocurre de forma inconsciente y no se dan cuenta de que es su propia perspectiva la que les hace daño.

Lo que hay detrás de esta actitud es un profundo anhelo de certezas para mirar el mundo. Es muy usual que sea reflejo de una infancia difícil y una adolescencia complicada, con figuras de autoridad impredecibles y erráticas. Adultos que hoy podían estar de excelente humor y ser amorosos, pero dos días después se mostraban intolerantes frente a las más absurdas situaciones.

Estos contextos usualmente se convierten en un obstáculo para el pleno desarrollo emocional y cognitivo. En un entorno de ese estilo resulta muy difícil aprender qué es lo bueno y lo malo. Mucho más difícil todavía matizar la amplia gama que hay entre uno y otro extremo. Es una forma de defenderse de esa inestabilidad que los confundió en el proceso de crecimiento. Es una especie de sobrecompensación cuando no se comprenden las conductas erráticas de los más grandes. A la falta de claridad la mente responde tratando de generar la claridad absoluta. Se es o no se es. O blanco, o negro.

La incertidumbre ocasiona dolor emocional y la respuesta se encuentra en la radicalización. No se logra reunir sentimientos positivos y negativos en una misma bolsa. Se ama a alguien y luego se lo odia. Se cree en todo lo que dicen o no se cree en nada. Es un mecanismo que aparece automáticamente cuando asoma la ambigüedad o la paradoja. Surgen, para calificar la realidad, palabras demasiado categóricas: "siempre, nunca, malo, bueno, todo, nada".

El pensamiento dicotómico tiende a ver la realidad en términos de categorías mutuamente excluyentes. La realidad se distribuye en esto o aquello, sí y no, conmigo o contra mí; todo está escindido, distribuido en dos grupos extremos sin que haya zonas intermedias. Y de esta forma, la evaluación de las situaciones según términos extremos lleva a respuestas emocionales y acciones también extremas.

Quizás el secreto sea reestructurar la perspectiva para hacerla más realista

Todos quisiéramos que la realidad fuera más simple, pero no lo es. Entre el blanco y el negro hay una gama demasiado amplia de grises. Cada persona y aspecto de la realidad tiene muchas facetas. Se puede ser bueno y malo, inteligente y torpe, feliz e infeliz al mismo tiempo. Lo propio de lo humano es precisamente eso: un inmenso espectro entre los extremos. Quizás el secreto sea reestructurar la perspectiva para hacerla más realista, buscar el balance y el equilibrio.

Decía Galeano: "Yo creo que somos un arco iris, la condición humana es un arco iris espléndido que tiene más colores que los colores del arco iris del cielo. Es un arco iris terrestre, espléndido, multicolor. Y la mente cerrada nos impide verlo en toda su hermosura". Y la distancia entre una trinchera y la otra logra que, el que no piense o viva, como nosotros creemos que se debe pensar o vivir, se constituya en nuestro enemigo.

El escritor italiano Davide Calí cuenta: "Es la guerra. Se ve un desierto, en el que hay dos agujeros. Y en cada agujero, un soldado. Son ENEMIGOS. El enemigo está ahí, pero nunca se le ve. Por la mañana, me levanto y disparo mi fusil sobre él. Entonces, él dispara su fusil sobre mí. Nos quedamos escondidos el resto del día esperando a ver la cabeza del otro. Pero ninguno de los dos vuelve a asomar la cabeza fuera su agujero. Aunque tenga hambre, espero. Espero a que el primer que encienda su fuego sea el enemigo porque si yo encendiese el mío, él podría acercarse y matarme. Pero a veces tengo tanta hambre que enciendo el fuego yo primero. Justo después, el enemigo enciende el suyo. Estoy solo, nadie ha venido hasta aquí. Seguro que el enemigo también está solo. Sí, estoy seguro de que también él está solo. Y tiene hambre. Son las únicas cosas que el enemigo y yo tenemos en común. Porque la diferencia entre nosotros es enorme. Él es una bestia salvaje. No conoce la piedad. Mata a mujeres y niños. Mata sin razón. La guerra es culpa SUYA. Sé todo esto porque no soy estúpido. Lo he leído en el manual. El manual lo dice todo sobre el enemigo: dice que hay que matarlo antes de que te mate él a ti, porque es cruel y no conoce la piedad. Que si nos mata, exterminará a nuestras familias. El enemigo no es un ser humano. A veces pienso que se han olvidado de nosotros. A veces pienso que el mundo ha dejado de existir. Casi no me queda comida. No puedo ser yo el primero en abandonar la guerra, porque entonces él me mataría. Tiene que ser él quien abandone la guerra primero, y yo, en ese caso, no volvería a dispararle. Porque yo sí que soy un hombre. Si él mirase las estrellas, comprendería".

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