"Sin la subjetividad, la creatividad no habría florecido y no tendríamos canciones ni pintura ni literatura. El amor nunca sería amor, sólo sexo. La amistad habría quedado en mera convivencia cooperativista"
António Damásio
(El cerebro creó al hombre, 2010)

El homo sapiens parte de ancestros africanos y aparece hace más de 200.000 años. A partir de ese momento pasaron muchas generaciones, hasta convertirnos en quien somos actualmente.

Hace 5.000 generaciones éramos sólo 10.000 individuos de nuestra especie; de ellos provienen los genes que nos identifican como Homo Sapiens. Compartiendo el 99. 9 por ciento de la genética entre humanos.

Sin embargo, durante nuestra existencia fuimos modificados genéticamente y fenotípicamente (rasgos externos). Habiendo seres diferentes, física y mentalmente; asignándonos una carga subjetiva diferencial. Lo cual parte desde el gran desarrollo intelectual y cerebral del homo sapiens, con una idiosincrasia individual e identificable.

Esa mínima diferencia genética genera un enorme espacio interpersonal, que permite ser de diferentes maneras. Ese espacio se construye con modificaciones génicas; pocas veces con mutaciones que impactan evolutivamente, siendo, por lo contrario, muy frecuente la regulación en la expresión de los genes, que nos constituyen.

El impacto ambiental permite diferenciarnos, a pesar de similitudes genéticas de nuestra especie. El caso más paradigmático quizá sea el de los gemelos univitelinos, que son diferentes en cuanto su individualidad; aunque compartan el genoma (de hecho son clones cotemporales y coespaciales, además de tener generalmente similar crianza). Sin embargo es clara la individualidad y las características diferenciales entre estos hermanos, tan cercanos genéticamente.

Es decir que la capacidad de expresar genes modificados por el medio, llamada "epigenética", permite expresar genes y pero también inhibirlos. A partir de la influencia ambiental, social, cultural y también biológica. Existe así una situación de modificación que puede definir quien somos.

Se expresa sólo menos del dos por ciento de nuestro genoma. Estos genes además pueden impactar con mayor o menor intensidad. Ese muy pequeño porcentaje del genoma que nos diferencia, permite incluso hacer diagnósticos forense de afinidad filial. Cobra importancia esa mínima diferencia entre individuos (0,1); dado que sólo es muy pequeño también el porcentaje de todo el ADN humano que genera expresión.

Es decir, ese pequeño porcentaje que nos distingue pone un valor diferencial, especialmente cuando sólo 20.000 genes son los que se expresan (menos de los que se creía) y la mayoría del material genético se encuentra oculto, aunque regulando esos genes.

Cobra especial atención en la influencia ambiental sobre el ADN la metilación del mismo. Si se metila no se expresa. Puede ser así que se tape un gen, que no puede codificar su proteína. Estaremos entonces en graves problemas, si esa proteína que sintetiza ese sector de ADN era esencial para la vida.

Existen diferentes estudios desde epidemiológicos a otros aplicados tanto en animales como en humanos, que muestran la influencia que los ancestros pueden generar. Con muchos patrones, tanto corporales y como conductuales.

Esto es algo revolucionario, pues se ha llegado a observar la herencia de esta metilación hasta en la cuarta generación de ratones; es decir en los bisnietos, de los que se realizó un experimento. Por ejemplo, lo investigadora neurogenetista Isabelle Mansuy de la Universidad de Zurich, observó que si se sometía a estrés a estos animales por separarlos de sus madres cuando crías, se podían observar cambios en la conducta, presentando conductas temerosas y depresivas. Esta respuesta alterada en ratones, que se postulan asociados a cambios de metilación sucedían también hasta en los bisnietos. Existe una marca epigenética de metilaciones parentales (heredadas) hasta de un 14 por ciento.

El impacto ambiental permite diferenciarnos a pesar de que existan similitudes genéticas

Es muy referenciado el estudio epidemiológico de Bastiaan Heijman de la Universidad de Leiden, realizado sobre los hijos embarazos sucedidos de Holanda de la hambruna de 1945, producida por los nazis. Los nacidos en ese momento padecieron disminución de peso a nacer y en sus hijos se observó el rebote corporal, debido a una menor metilación de un gen de un factor de crecimiento IGF2. Este patrón cambió tanto en los nacidos durante la hambruna, como sus hijos y nietos, en una posible respuesta de búsqueda del equilibrio metabóloco.

Se generaba consecuentemente en los descendientes obesidad, diabetes tipo 2 y también incremento de enfermedades conductuales como la esquizofrenia.

Este impacto también puede borrarse, si por ejemplo, a los animales se le asignan mejores condiciones de vida. También con una psicoterapia cognitivo-conductual en pacientes con ataques de pánico se observado la baja metilación del gen de la enzima MAO, relacionada con la producción del neurotransmisor adrenalina que aumenta la cantidad de crisis. Las psicoterapias cognitivo conductuales mejora las crisis y aumentando la metilación de este gen, disminuyendo su expresión, beneficiando a los pacientes en sí, patrón que quizá luego se exprese en la descendencia.

Otra observación hereditaria conductual de la segunda guerra mundial fue el aumento de la respuesta ansiosa ante agresiones en descendientes de víctimas del holocausto.

Un estudio realizado por Rachel Yehuda de la Escuela de Medicina del Monte Sinaí de New York que observó que los hijos y nietos tenían menor metilación del gen FKBP5 característico de la respuesta ansiosa. Es decir tenían como un efecto rebote homeostático (de equilibrio) a este impacto genético externo, el cual se heredaba. Sin embargo las víctimas reales tenían mayor metilación, con menor respuesta ansiosa lo que pudo haber influida en la una respuesta de resiliencia para soportar semejante agresión.

Existen expresiones hormonales, celulares y funcionales del sistema nerviosos que impactan sobre el sistema emocional y cognitivo de los seres humanos.

Su influencia está así muy relacionada así con zonas del cerebro modificables por la expresión genética. Sectores que condicionan la experiencia subjetiva como, el lóbulo prefrontal, el temporal, el parietal que centralizarían en el precuneo; sitio asignado a la experiencia personal.

Lugares que se conectan además con el sistema emocional: amígdala e hipocampo, entre otros. Generando un función cognitiva individual, como plantea la investigadora Emily Finn de la Universidad de Yale, como probable patrón diferencial de la subjetividad. Especialmente descripta a partir de estudios funcionales de los sistemas de conexión (conectoma). Probablemente consecuencia de otra patrón que es la "firma epigenética", propia y heredada

La combinación genética y la epigenética llevarán a la creación del propio self en la expresión de nuestro sistema nervioso y nuestro cuerpo. Concluyendo en quienes somos (metacognición) y del conocimiento del otro (cognición social), bases de la subjetividad.

*Neurólogo cognitivo.
Doctor en Filosofía. Prof. Tit. UBA-Conicet