Cada persona libra su propia batalla interna, eligiendo ser víctima o ser responsable. La víctima justifica, culpabiliza, se queja y se rinde. El responsable asume que lo que tiene en su vida lo ha creado él mismo y él es el único que puede cambiar su realidad. En el día a día, y en la vida en general, pasamos por muchas vicisitudes que requieren despertar al guerrero que llevamos dentro. Un guerrero valiente, compasivo y honorable. Un guerrero vital que sabe disfrutar de cada instante de la vida, centrándose en el aquí y ahora.

El valor que, a lo largo de la historia, ha otorgado la milenaria cultura japonesa a las virtudes de los hombres en combate, es una buena parábola para entender nuestra cotidianidad. El combatiente japonés, a diferencia de lo que ocurre en otras latitudes, debe estar colmado de valores para ser digno. El Código "bushido" habla precisamente del camino del guerrero; un catálogo de principios o valores practicado de manera estricta por los samuráis.

Para los guerreros japoneses, no era simplemente un listado de preceptos que debían seguir al pie de la letra. Se trataba de un "camino", es decir, de un proceso. El objetivo principal era cultivar guerreros capaces de luchar por lo que se proponían, pero sin perder su esencia; saber liderar a los demás, ajustándose a unos valores que eran, incluso, más importantes que la lucha misma.

La consecuencia de no aceptar la realidad es el sufrimiento permanente

El bushido era un Código ético, una forma de vida y vasallaje en la que se comprometían con los valores. Y los defendían incluso hasta la muerte. Trataban de conseguir un sentido de serena confianza en el destino, una tranquila sumisión ante lo inevitable, una estoica compostura ante el peligro o la desgracia. El coraje, la cortesía, la compasión, la justicia, la lealtad, la sinceridad, el honor eran las fuerzas interiores o las energías en las que pretendían crecer.

Más allá de las virtudes propias del guerrero, las reglas de vida que emanan de este Código han sobrevivido al tiempo por la gran sabiduría que encierran y por todo aquello que inspiran. Y nos ayudan en este camino de la vida en el que solo se aprende caminando, en la batalla de cada día.

Aceptar la vida misma, tal y como es. No quiere decir resignación, sino capacidad de asumir lo que nos envuelve con humildad y con objetividad. La consecuencia de no aceptar la realidad es el sufrimiento permanente. Este da origen a una contienda interior que siempre se pierde. Aceptar, en cambio, lleva a aprender de cada situación.

La verdadera felicidad está en poder servir a otros. No hay nada que se compare con la satisfacción de hacer el bien. Un proverbio chino dice: "Si quieres felicidad durante una hora, toma una siesta. Si quieres felicidad durante un día, ve a pescar. Si quieres felicidad durante un año, hereda una fortuna. Si quieres felicidad durante toda una vida: ayuda a alguien".

Desprenderse del deseo, entendido como anhelo por lo que no se tiene. El poseer es como un barril sin fondo. Cuanto más tienes, más deseas y cada vez es más difícil satisfacerse. Quien mucho anhela, mucho se frustra. El verdadero poder está en la capacidad de renunciar. El que necesita poco, con poco es feliz.

No seguir ciegamente lo que digan los demás. Aprender a pensar por nosotros mismos, mantener la confianza en nuestro criterio. Confiar en el sentido común que uno posee. Respetar las propias convicciones y los propios valores para no ser manipulable.

Conservar siempre el honor. Tiene que ver con el amor propio, con no permitirnos caer en disonancia con los valores que creemos y defendemos. El honor le confiere valor a la vida; un valor que es muy íntimo y personal. Y que ayuda a no temer a la muerte porque estaremos viviendo intensamente la vida.

"Había una vez un heroico caballero. Su valentía era tan grande, y su espada tan temida, que cansado de buscar dragones y monstruos de cuento en cuento, decidió venir a probar su valentía al mundo real. Pero no encontró temibles criaturas, ni malvados brujos. Lo único que vio fue gente preocupadísima, con la misma cara de susto de todos aquellos que alguna vez había salvado. Todos iban de un lado a otro, con prisa y sin hablar con nadie, como si algo terrible fuera a ocurrir. Pero al acabar el día, nada malo había ocurrido. El caballero resolvió dedicarse por completo a encontrar el misterio de la angustia del mundo real. Buscó, preguntó, indagó, navegó y trepó, pero no encontró nada. Dispuesto a no rendirse, regresó a su mundo de cuentos para hablar con el gran sabio.

-Dime, gran sabio ¿cuál es el gran enemigo invisible que atemoriza a las gentes del mundo real? Aún no he podido encontrarlo. El gran sabio calló durante largo rato, y finalmente dijo: -No tienes fuerza ni coraje suficientes para vencer esta batalla. El enemigo no existe, pero es poderoso, y tan numeroso como las estrellas del cielo. -En el mundo real, como no había dragones ni ogros, se inventaron los enemigos, y ahora los llevan dentro. Cada uno tiene un enemigo hecho a su medida, y está dentro de su corazón. Para unos se llama codicia, para otros envidia, para otros egoísmo, pesimismo o desesperanza. No es fácil la lucha cotidiana para arrancarlos de allí."

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