La forma en la que uno mira y enfrenta a la vida, marca la diferencia entre felicidad o desdicha, entre satisfacción o frustración. Porque, muchas veces, lo que nos pasa, o al menos cómo lo percibimos, es una cuestión de actitud. Decía Hugh Downs: "Una persona feliz no tiene un determinado conjunto de circunstancias, sino un conjunto de actitudes".

Muchas personas tienen una mirada muy pesimista y no encuentran salida a lo que les afecta. Generalmente, ponen toda la responsabilidad de sus "desgracias" fuera de su órbita de acción. Siempre el otro es el responsable o "culpable" de toda situación negativa en su vida. En cambio hay hombres y mujeres que ven la vida con más optimismo. Saben que las circunstancias son desafíos para crecer; viven menos estresadas, más felices y sonrientes. Se toman la libertad de elegir cómo enfrentar la vida misma. Las actitudes positivas provocan una reacción en cadena de pensamientos y emociones que provocan resultados extraordinarios.

La manera en que nos relacionamos con los demás, nuestras actitudes hacia ellos, es lo que dice todo de nosotros. La amabilidad, el altruismo y la solidaridad, los valores positivos, serán los que definan nuestra personalidad y por los que seremos recordados. Son los hábitos que nos caracterizan y que todo el mundo conoce de nosotros. La felicidad es una combinación única de las "fortalezas distintivas", como el sentido de humanidad, la templanza, la persistencia y la capacidad de llevar una vida significativa.

Nuestra intención más profunda es hacer siempre el bien y tenemos a nuestro alcance los recursos necesarios, o sea las aptitudes, para avanzar con esta premisa. Por eso, muchos piensan que la actitud positiva es algo innato y que solamente hay que permitir que se desarrolle. Sin embargo, no es tan sencillo, puesto que los mensajes que recibimos de la sociedad y la acumulación de nuestras propias experiencias también tienen mucho que decir en la configuración de nuestra disposición ante la vida. Es que la actitud también se aprende.

Lo que realmente nos diferencia del resto es nuestra actitud ante las dificultades y los logros ante las victorias y las derrotas. Para poder evitar estar dentro de la "masa" y lo "idéntico al resto", es preciso que seamos responsables, que no pongamos excusas, que nos adelantemos a los hechos, que seamos positivos y tengamos la habilidad para gestionar nuestras emociones. Decía Antoine de Saint-Exupéry: "El sentido de las cosas no está en las cosas mismas, sino en nuestra actitud hacia ellas". En el estilo de las relaciones con los demás, y en el camino de los propios sueños, por más que sean los mejores del mundo, si no los llevamos a la acción, de nada servirán. Las palabras se van, las actitudes quedan.

Nuestra generación ha comprendido que la felicidad no depende de ninguna condición externa, sino que se rige por nuestra actitud mental. La manera que tenemos de ver el mundo controla nuestras vidas. Es un poder que todos poseemos y que trabaja, secretamente, veinticuatro horas al día, para bien o para mal. Por eso, es de suma importancia que sepamos aprovechar y controlar esta gran fuerza. Honrar la vida y todo lo que acontece en ella, porque tiene la capacidad de concedernos los mejores sentimientos, aprendizajes y experiencias, con los cuales podremos construir la mejor versión de nosotros mismos.

El ser humano, en todo momento es el mismo. En realidad, lo que cambian son las circunstancias históricas y sociales. Por ello la inteligencia emocional positiva sigue siendo tan válida ahora como pudo serlo hace dos mil años o hace cien. Aporta la habilidad para aprender a percibir, comprender y manejar de forma armónica y acertada las propias emociones. Una combinación perfecta de sabia razón y amplio espectro emocional. Martin Seligman dice que "la vida inflige los mismos contratiempos y tragedias en el optimista como en el pesimista, pero el optimista las resiste mejor".

La actitud es nuestra carta de presentación, aquello que puede lucir o ensuciar nuestras emociones, pensamientos y conductas. La misma realidad y el mismo análisis de la misma, provocan reacciones diferentes. Todo depende de la actitud de la persona que la aprecia. Una actitud positiva nos permite crecer, nos mantiene en el camino y no nos deja desistir. Es nuestra forma de hacer en el mundo.

"El director de una fábrica de zapatos, buscando nuevas oportunidades de hacer negocios, envió a dos de sus empleados del departamento de ventas a sendos países africanos para hacer un estudio de mercado. El primer vendedor vio que todo el mundo iba descalzo y, al poco tiempo de llegar, mandó un telegrama a su jefe: "Las perspectivas son malas. Todas las personas andan descalzas. Nadie utiliza zapatos. No hay mercado. Regreso en el próximo vuelo." El segundo vendedor se encontró con la misma situación, pero envió el siguiente telegrama a la empresa: "Perspectivas fabulosas. Aquí nadie usa zapatos. Podemos venderle al país entero. No tenemos competencia. Necesitamos más vendedores".