"El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino tratarlos con indiferencia: esa es la esencia de la inhumanidad", afirmó George Bernard Shaw. La indiferencia cuando es real y verdadera, es realmente cruel, un sentimiento estéril, ajeno a los principios morales dignos de conservar. Cuando comprobamos que ante la mentira, la tortura, el hambre y la miseria, la corrupción, el abuso, el daño y el robo, se mantiene y predomina el permanecer impasible, es que peligrosamente las víctimas de todo ese dolor están quedando olvidadas. Por algo decía Mahatma Gandhi: "Más que los actos de los malos, me horroriza la indiferencia de los buenos".

El Diccionario de la Real Academia, dice que indiferencia es un "estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona u objeto determinado; no hay ni preferencia, ni elección". La indiferencia social es un claro síntoma de una sociedad que no tiene la más mínima intención de participar en nada que tenga que ver con el destino de su conjunto. La falta de principios y valores morales nos lleva a un grave estado de indiferencia. El ser indiferente busca siempre justificar su comportamiento, buscando la responsabilidad en el otro, nunca se siente afectado por lo que ocurre en su entorno, siempre y cuando no afecte alguno de sus intereses. Esta actitud nos lleva a un caos moral que anestesia nuestra conciencia y la deja insensible, a tal punto que terminamos despreciando la vida misma. Y todos somos responsables por acción u omisión de lo que vivimos como sociedad.

Por otra parte, la indiferencia es una forma de agresión psicológica, un modo sutil de maltrato. Es convertir a alguien en invisible, anularlo emocionalmente y minimizar su necesidad de conexión social para llevarlo a un estado de auténtico vacío y sufrimiento. Abunda en muchos de nuestros contextos.

Personas que a nuestro alrededor no sentían una mínima empatía o que llamándose "amigos", "pareja" e incluso "familia" no sentían nada por nosotros, pueden ser el doble de dañinos que cualquier otra cosa. Somos seres que deseamos sentirnos parte de un grupo; cuando nos ignoran, nos están sacando de él y el rechazo resulta insoportable. La impasibilidad en ocasiones nos hace sentir que no existimos para los demás. Nos sentimos vulnerables, transparentes y ajenos de afecto o interés. El desinterés nos daña y nos desespera.

Nadie está preparado para habitar en ese ámbito donde los demás pasan a través nuestro como si fuéramos una entidad sin forma. Nuestras emociones, nuestras necesidades y la propia presencia están ahí y demandan atención, ansían afecto, respeto, ser visibles para el resto del mundo. Necesitamos "leer" en los demás lo que significamos para ellos. Ansiamos fuerzas renovadas, gestos de aprecio, miradas que contienen, sonrisas que comparten complicidades. Todo ello construye esa comunicación no verbal donde quedan incrustadas las emociones positivas que nos gusta percibir a diario. Lo contrario provoca ansiedad, estrés y tensión mental.

La indiferencia es, a simple vista, bastante sencilla: falta de interés, de preocupación e incluso falta de sentimiento. Ahora bien, accionar con otros, comunicar, ser aceptado, valorado y apreciado son elementos que nos sitúan en el mundo. Esos procesos tan básicos nos ayudan a conformar nuestra autoestima y nuestra seguridad. Que nos falten esos nutrientes genera serias secuelas. El efecto siempre es el mismo: dolor y sufrimiento.

Elie Wiesel expresaba: "Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. A su vez, lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte". La desconexión emocional siempre tiene un origen y como tal debe ser aclarado para poder actuar en consecuencia. Si hay un problema, lo afrontaremos; si hay un malentendido, lo solucionaremos; si hay desamor, lo asumiremos e intentaremos avanzar. Porque si hay algo que queda claro es que nadie merece vivir en la indiferencia, ninguna persona debe sentirse invisible en ningún escenario social.

"Un hombre viajaba por un camino solitario. De pronto, cuando estaba a punto de llegar a su pueblo, le salieron al encuentro cinco ladrones. Lo golpearon hasta que lo creyeron muerto. El pobre infeliz pasó toda la noche a un lado del camino, herido, inconsciente, y en medio del frío. Si no recibía ayuda moriría pronto.

Al día siguiente pasó por ahí un hombre; casi ni vio al que estaba malherido y no se detuvo. Antes estaba él, después los desconocidos. Después pasó otro, pero con indiferencia siguió de largo. No podía perder tiempo con este hombre; quizás lo habían herido por su culpa.

Finalmente pasó un tercero, que también tenía mucha prisa, pero no fue indiferente; se compadeció de él. Las heridas de este pobre hombre no podían esperar. En ese momento el herido despertó y quiso saber por qué lo estaba ayudando. Él le dijo: "Las heridas no tienen nombre y los necesitados están por encima de cualquier otra urgencia. Hoy escuché decir a un hombre que la vida tiene más sentido cuando se sabe amar y ser generoso. Tarde o temprano todos necesitaremos de los demás. Por eso tenemos que ir cambiando las cosas poco a poco. Si pensamos que nuestros prójimos sólo son nuestros familiares, nuestros conocidos, la gente de nuestro grupo o quienes pueden recompensar nuestras acciones, siempre tendremos un corazón estrecho y egoísta y el mundo no cambiará". Quien pueda entender que entienda.