La capacidad de separar lo importante de lo prescindible, en una situación concreta, puede significar la diferencia entre vencer una dificultad o ser vencidos por ella. Muchas veces, quizás de forma inconsciente, nos centramos excesivamente en cuestiones que son intrascendentes por miedo a afrontar las que son esenciales. Nos detenemos en asuntos poco relevantes. Divagar puede tener sus beneficios, pero no cuando sucede de manera constante y sin propósitos concretos. Cuando hay que resolver un problema, es mejor ir directamente al grano, dejando las "ramas" para otras circunstancias. De lo contrario, si nuestra atención no está en lo realmente válido, es posible que solo consigamos que el problema se haga más grande.

En muchas ocasiones permitimos que demasiados asuntos nos influyan y ronden por nuestras mentes. Dejando fluir y viviendo con sencillez, evitaríamos que nuestro cerebro se llene de desazón, ira, tristeza o frustración. Dijo Leonardo da Vinci que "la simplicidad es la máxima satisfacción". ¿Cuántas cosas se nos pasan por alto porque le brindamos una gran importancia a lo que hace ruido a nuestro alrededor? ¿Qué es lo que se nos escapa por tan solo ver en la superficie, en vez de con el corazón?

Esto fue lo que el Principito aprendió de su amigo, el zorro: "He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos". La importancia de las pequeñas cosas, esas que pasan desapercibidas y que reflejan lo esencial de nuestra vida. Devolver a los pequeños detalles el lugar que se merecen; algún día nos daremos cuenta de que ellos son los que constituyen las más grandes hazañas. La presencia de los pequeños placeres nos hace grandes y conforma el aroma de los recuerdos. El mar está compuesto por gotitas de agua, un día por diminutos segundos y una vida por infinidad de experiencias. Todo se forma con pequeños pero profundos detalles.

En este mundo mediático, prevalecen ciertas labores, que bien podrían clasificarse como "urgentes", las cuales emergen a raíz de las obligaciones de orden prioritario. El ritmo fugaz y artificial que se da a la vida, envuelve lo valioso dentro de lo efímero. Es necesario hacer una pausa y reflexionar sobre lo esencial de la vida, allí donde reside la felicidad. Porque lo primordial radica en el maravillarse con las pequeñas pero felices certezas de la vida.

El interior nos habla y nos asegura que no necesitamos tener espectadores para sentirnos grandes. La vida es más sencilla. La belleza no se mide por lo que podemos apreciar a simple vista. Corremos demasiado preocupados por las apariencias, por no desentonar ante los convencionalismos que nos aprisionan. Un interior hermoso se construye amando la vida, deshaciéndonos de lo efímero y descartando los sentimientos negativos.

En ocasiones, puede ser muy saludable practicar el sencillo acto de dejar atrás aquello que no enriquece, que no motiva y que, al contrario, pone muros en nuestro crecimiento personal. Hay quien llega a tal extremo en su vida personal, que ya no recuerda qué es eso llamado felicidad. Perdemos el rumbo e incluso nuestras propias esencias. Es urgente aprender a ignorar, a desactivar, a liberar cargas para andar más ligero de equipaje.

Es bueno no perder las raíces ni lo que nos define, porque todo aquello que nos emociona, que nos arranca una sonrisa y acelera nuestro corazón, hace a nuestro propio ser. Llevar adelante una vida que nos identifique. Practicar el arte de la sabiduría valiente, con sensaciones vividas en los actos sencillos, desactivando los pensamientos limitantes y corriendo rumbo a esos proyectos que sin duda merecemos.

"Una vez hubo un hombre que había sido herido por una flecha envenenada. Cuando sus familiares quisieron buscar un médico para que le ayudara, éste se negó. El herido de muerte dijo que antes de que ningún médico tratase de ayudarle, quería saber quién había sido el hombre que le había atacado, a qué casta pertenecía y cuál era el lugar de origen del mismo. También quiso conocer su altura, su fuerza, el tono de su piel, el tipo de arco con que disparó y si su cuerda se había fabricado con cáñamo, seda o bambú. Así, mientras continuaba queriendo saber si las plumas de la flecha eran de buitre, pavo real o halcón, y si el arco era común o curvo, murió antes de saber la respuesta a ninguna de sus preguntas".

Suena bastante absurda la actitud de este hombre en su lecho de muerte. Sin embargo, ¿no hay ocasiones en las que nosotros también nos comportamos como el guerrero herido? La curiosidad de lo superficial y lo urgente nos roba la exquisitez de lo esencial. Somos instantes, somos viajeros en el tiempo, en una fracción del mundo en la que instalamos nuestra vida como si fuera a durar para siempre. Nos empeñamos en vivir establecidos en el cuento de aquello que nos hiere, olvidándonos de vivir lo que tenemos.