Cuando alguien nos ha dicho algo que no le gustaba de nosotros, aunque fuera en tono de crítica constructiva, seguramente logró ponernos en actitud de defensa. Cuando nos creemos perfectos, todo aquello que no encaja con nosotros tendemos a rechazarlo. Y hay muchas personas que se inclinan a creerse perfectas. Analizan su entorno desde un punto de vista egocéntrico y todo aquello que se sale de su norma es digno de crítica o censura. No necesariamente muestran soberbia o altanería; simplemente son incapaces de reconocer un error. Queda poco espacio para la autocrítica y para el crecimiento personal.

Creerse perfecto implica una cruda lentitud en la apertura mental. Es cerrarse a nuevas ideas, nuevas formas de pensamiento y nuevos puntos de vista. Peor aún, se puede estar ocultando una baja autoestima. La mayoría de las veces, se vive una crítica como un ataque personal o como un comentario hiriente y vergonzoso. Oscar Wilde inmortalizó esta frase: "quererse a uno mismo es el principio de un romance para toda la vida".

Por el contrario, ser imperfecto es ser una persona capaz de aceptar sus errores y perdonarse por ellos. Ser imperfectos es ser nosotros mismos, con nuestros logros y satisfacciones, pero también con nuestras pérdidas y errores. La imperfección es esa huella que nos identifica, la que nos hace ser distintos de la persona que tenemos al lado y nos hacer ser auténticos. Ser imperfecto no es un problema, castigarse por ello sí. La vida siempre será un camino incierto lleno de intentos. Por eso dijo Bertrand Russell: "El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas".

Ser imperfecto es ser capaz de aceptar los errores y perdonarse por ellos

El perfeccionismo es una creencia irracional, según la cual, el individuo o su entorno deben ser perfectos en la lucha por ser el mejor. Existe aquí un miedo subyacente al rechazo y al fracaso. Es que el perfeccionismo intenta convencer de que si no se puede ser perfecto, se es un perdedor y no se tiene valor en la vida. Si alguien no va a ser el número uno, es mejor olvidarse, no sirve. Conduce a una rigidez tan dañina que transforma a la persona en un ser puntilloso y meticuloso, para nada espontáneo.

"Ser perfecto en todo momento", tarea interminable e imposible. Cuando los ideales que nos proponemos son demasiado altos, es más difícil alcanzarlos. Esto supone un agotamiento en el plano emocional y psicológico, porque la lucha es con uno mismo. Intentar ser "la persona perfecta" como padres, en la pareja, siendo docente, entre los amigos y, en general, en la sociedad es algo que cansa física, emocional y psicológicamente.

Hay quien vive en la prisión de la perfección, encarcelado en una celda autoimpuesta, fascinado por la planificación de un mundo ideal. Y allí, atrapado, se flagela por no ser capaz de terminar nada de lo que empieza. Las personas perfeccionistas buscan sin descanso el éxito, aunque nada les parece suficiente. Casi todo les produce insatisfacción porque su nivel de exigencia es excesivo e, incluso, ilusorio ya que piensan que siempre pueden hacerlo mejor, generando de este modo altos niveles de estrés y agotamiento. Un estudio ha vinculado el perfeccionismo con un alto riesgo de depresión y suicidio.

El perfeccionismo es una virtud necesaria y estimable si cabalga bajo nuestro control. Es un intento heroico por alcanzar la maestría total a partir de los recursos con los que contamos, de manera que podamos llevar una obra, nuestra obra, hasta su mejor final; un auténtico acicate del proceso creativo. Para que no se transforme en nuestro peor enemigo deberemos cuidar de no pasar del "lo que he hecho es un desastre" al "yo soy un desastre". Siempre habrá algo rescatable.

"El monje budista australiano Ajahn Brahm, que nunca en su vida había trabajado con las manos (era profesor de física antes de hacerse monje), tuvo que levantar las paredes de su monasterio junto con otros monjes. Sin presupuesto para pagar a un constructor, aprendió a colocar ladrillos con paciencia y determinación. "Me aseguré de que cada ladrillo quedase perfecto, sin importarme cuánto tardaba. Cuando terminé mi primera pared y me alejé unos pasos para contemplarla, me di cuenta de que me había equivocado con dos ladrillos. Todos los demás estaban perfectamente alineados, pero esos dos estaban un poco inclinados. íEstropeaban toda la pared! Para entonces, el cemento ya estaba demasiado duro como para poder sacar los dos ladrillos, así que pedí al abad permiso para echar la pared abajo y comenzar de nuevo. El abad, claro, dijo que no".

Un día, tres o cuatro meses después de haber terminado la obra, estaba caminando con un visitante que reparó en la pared: -"Es muy bonita", dijo mi visitante. -"Señor", respondí sorprendido, -"¿No se da cuenta de que esos dos ladrillos mal puestos estropean toda la pared?" Lo que dijo después cambió mi perspectiva sobre esa pared, sobre mí mismo, y sobre muchos otros aspectos de la vida. -"Sí, puedo ver esos dos ladrillos mal puestos. Pero también puedo ver los otros 998 que están bien".

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