Aún hay gente buena, honesta, responsable y respetuosa. Muchos se alejan de la amargura, del egoísmo, de la hipocresía y de la soberbia. Son personas que reconfortan, que nos hacen creer que la humanidad no está perdida, que hay posibilidad de regenerar un mundo esclavizado por los intereses, la mentira y la falsedad. La gente buena nos ofrece lecciones de vida para tratar de superar tantas emociones destructivas.

Sin embargo, una persona aparentemente normal, buena e integrada es capaz, también, de cometer actos atroces. Son casos, donde lejos de existir un trastorno o un pasado traumático, lo que hay en realidad es la influencia poderosa de un factor situacional capaz de deshumanizarnos.

El mal parte de un contexto, de una situación social y de una serie de mecanismos psicológicos relacionados con el momento puntual que cada uno está viviendo. "Es infinita la capacidad de la mente humana para convertirnos a cualquiera de nosotros en amable o cruel, compasivo o egoísta, creativo o destructivo, y de hacer que algunos lleguemos a ser villanos y otros a ser héroes", dijo Phillip Zimbardo.

Somos un todo y nadie es totalmente bueno o totalmente malo; somos una escala de grises en las que a veces predomina más el blanco y otras más el negro. No hay duda de que el ser humano guarda en sí mismo la más inmensa bondad y la más siniestra maldad. Esto es algo que estamos cansados de ver, día tras día, en nuestra vida y, sin ir más lejos, cada día en los noticieros.

Somos un todo y nadie es totalmente bueno o malo

Hay noticias que jamás deberían existir, sobre todo esas que retratan la maldad humana cuando actúa con la complicidad de una masa importante de personas. A veces la multitud saca lo mejor de la solidaridad del ser humano, pero en otras ocasiones, y casi siempre bajo determinados parámetros, puede convertirse en un caldo de cultivo de la degradación individual. En muchas ocasiones, la masa aumenta la maldad porque la disfraza en el anonimato y logra que la responsabilidad se haga difusa. Allí, el hombre se entrega con más seguridad a la violencia.

Coexisten en la muchedumbre, sensaciones de poder invencible, contagio de sentimientos, sugestionabilidad, funcionamiento primitivo y mecanismos exaltados de supervivencia. La sociedad en masa potencia algunas actitudes y comportamientos negativos en el individuo: la impulsividad, el adormecimiento del juicio personal, la necesidad de reconocimiento social por encima de la ética propia.

La ausencia de valores fuertes no respalda la idea de que todas las personas, por el hecho de serlo, merecen respeto. Y como todos sentimos el impulso a convivir grupalmente, no importa si hay una ideología o una metodología políticas que nos manejen. Importa el potencial propio de cada sujeto para entrar en una especie de ola que equipara a todos. Es la forma manipuladora de operar de los sistemas totalitarios que anulan la posibilidad de discernir.

Un proceso de deshumanización inevitable. Los factores situacionales, las dinámicas sociales de un contexto en concreto y la presión psicológica pueden hacer germinar en nosotros la semilla de maldad que poseemos. Es que el mundo no se compone solo de luz. Nuestras sombras son también propiedad personal, aquello que no queremos reconocer de nosotros mismos, lo que nos empeñamos en ocultar. Conductas, pensamientos y emociones que nos resultan inadecuados, inaceptables e inadmisibles.

No obstante, ese lado perverso puede contrarrestarse con la fuerza de la determinación y esa integridad capaz de poner límites y de animarnos a salir de ciertos contextos opresivos para no olvidar quiénes somos, y pasar cada uno de nuestros actos por el tamiz de nuestros valores. El salto es de cada uno.

"La tribu vivía en el lado malo de la isla de las dos caras. Los dos lados, separados por un gran acantilado, eran como la noche y el día. El lado bueno estaba regado por ríos y lleno de árboles, flores, pájaros y comida fácil y abundante, mientras que en el lado malo, sin apenas agua ni plantas, se agolpaban las bestias feroces. No había forma de cruzar. Su vida era dura y difícil: apenas tenían comida y bebida para todos.

La leyenda contaba que algunos de sus antepasados habían podido cruzar con la única ayuda de una vara larga, pero muy pocos creían que aquello fuera posible. Quiso la naturaleza que precisamente junto al borde del acantilado que separaba las dos caras de la isla, creciera un árbol delgaducho pero fuerte con el que pudieron construir dos garrochas. Cuando los dos primeros tuvieron la oportunidad de dar el salto, sintieron tanto miedo que no se atrevieron y dieron vida a historias y leyendas de saltos fallidos e intentos fracasados.

Pero en aquella tribu surgieron un par de corazones jóvenes que deseaban en su interior una vida diferente y, animados por la fuerza de su amor, decidieron un día utilizar las ramas. Al día siguiente, saltaron a la cara buena de la isla. Cuando aterrizaron y se abrazaron felices y alborotados, comprendieron que en la cara mala de la isla sólo se oían las voces resignadas de personas sin sueños, acostumbradas a lo malo, que no saltarían nunca".