Los términos "motivación" y "motivo" están relacionados entre sí, son complementarios, pero no tienen el mismo significado. El motivo es la razón que da origen a una acción, y no siempre es suficiente. Es necesario tener una fuerza interior, una motivación, para ponerse en marcha. Al mismo tiempo, de nada sirve estar motivado, tener esa fuerza, si no existe un motivo o una razón que justifique llevar adelante esa acción. La motivación es el proceso psicológico que hace referencia a la causa de la conducta en general, mientras que el motivo es la causa concreta de la conducta motivada.

Hay motivos primarios que están relacionados con la supervivencia del individuo y de la especie. El hambre, la sed, el sueño y el sexo son los principales; la huida ante el peligro, la búsqueda de refugio para protegerse, la lucha para defenderse. Se trata de procesos imprescindibles y necesarios. Los secundarios son exclusivos de los seres humanos; están relacionados con el crecimiento general de las personas y con el desarrollo emocional de los sujetos. Se desarrollan, configuran y aprenden mediante la interacción entre los individuos, activando y dirigiendo la conducta.

La motivación es extrínseca cuando las características de los estímulos externos son los que determinan la dirección de nuestra conducta; intrínseca cuando las personas realizan una actividad por la satisfacción de hacerla. La motivación intrínseca implica creatividad y curiosidad; supone una necesidad psicológica por implicarse en algo cuya recompensa se obtiene en la misma realización de la tarea.

Hay además una fuerza real y poderosa que nos lleva a realizar esfuerzos extraordinarios para conseguir nuestros propósitos. Es nuestra voz interior, la automotivación. Nos ayuda a realizar esas acciones cotidianas que más nos cuestan: trabajar, estudiar, hacer una caminata. Nuestra mente y nuestros pensamientos nos entusiasman y alimentan la pasión para ir hacia nuestros objetivos. Sentirnos capaces, sin necesitar voces externas, desde los mismos valores personales, desde las convicciones profundas que determinan nuestra manera de ser y orientan nuestra conducta, desde las fortalezas y virtudes que todos y cada uno de nosotros tenemos.

En medio de una incómoda sensación de vacío y de ansiedad, la búsqueda de significado es la clave. Disponer de un propósito, clarificar nuestros valores. Decía Viktor Frankl: "La vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino por la falta de significado y propósito". Realidades tan importantes como la reflexión, el sentido crítico, la iniciativa y las conductas proactivas se transforman en impulso para la orientación vital y la motivación intrínseca.

La necesidad de logro tiene mucho que ver con la superación

La sociedad nos manipula en base a premios y castigos. Hemos vivido tan pendientes de esa mano gratificante, que podemos sentirnos muy perdidos en su ausencia. Estar supeditados a ese mundo externo origina vacíos internos, bloquea las iniciativas, el impulso creativo, el desafío, el atrevimiento por buscar recompensas propias. Estamos tan llenos de obligaciones, presiones, condicionantes y ruidos ambientales que resulta complicado encontrar una razón de ser. Implica comprometernos con nosotros mismos, regalarnos tiempo de calidad, atendernos, darnos nuevas oportunidades para experimentar. La necesidad de logro tiene mucho que ver con la superación, con la innovación y el emprendimiento.

A veces, no tenemos más remedio que desaprender para aprender de nuevo. Tanto tiempo hemos estado preocupados por la motivación extrínseca y por esa necesidad de ser validados o recompensados, que hemos olvidado lo apasionante que resulta salir de ese cerco y desafiar al mundo. Encontrar un propósito es una obligación personal. Una buena motivación, puede ser ese punto de apoyo necesario para mover el mundo. Aquello que nos resta o nos da coraje, lo que nos disfraza de cobardes o de valientes, lo que nos hace sordos al derrotismo y atentos a lo que dicta el corazón.

"Érase una vez un hombre que vivía muy cerca de un importante cruce de caminos. Todos los días a primera hora de la mañana llegaba hasta allí donde instalaba un puesto en el cual vendía bocadillos que él mismo horneaba. Como padecía sordera y su vista no era muy buena, no leía la prensa ni veía la televisión pero eso sí, vendía exquisitos bocadillos.

Meses después alquiló un terreno, levantó un gran letrero de colores y personalmente seguía pregonando su mercancía, gritando a todo pulmón: ¡Compre deliciosos bocadillos calientes! Y la gente compraba cada día más y más. Aumentó la compra de materia prima, alquiló un terreno más grande y mejor ubicado y sus ventas se incrementaron día a día. Su fama aumentaba y su trabajo era tanto que decidió llamar a su hijo, un importante empresario de una gran ciudad, para que lo ayudara a llevar el negocio. A la llamada del padre su hijo respondió: ¿Pero papá, no escuchas la radio, ni lees los periódicos, ni ves la televisión? Este país está atravesando una gran crisis, la situación es muy mala, no podría ser peor.

El padre pensó: mi hijo trabaja en una gran ciudad, lee los periódicos y escucha la radio, tiene contactos importantes; debe saber de lo que habla. Así que revisó sus costos, compró menos pan y disminuyó la compra de cada uno de los ingredientes, dejando de promocionar su producto. Su fama y sus ventas comenzaron a caer semana a semana. Tiempo después desmontó el letrero y devolvió el terreno.

Aquella mañana llamó a su hijo y le dijo: -¡Tenías mucha razón, verdaderamente estamos atravesando una gran crisis!"