Los ríos más profundos y peligrosos son los que, aparentemente, fluyen con mayor tranquilidad. Lo mismo sucede con los tímidos; la serenidad no siempre va acompañada por una honda satisfacción personal. Porque, lamentablemente, las personas tímidas sufren a menudo el pinchazo del aislamiento, el peso de la incomprensión ajena y la ansiedad por no percibirse lo bastante hábiles en lo social.

En algunos momentos, la timidez, es una bendición y en otros, una carga desesperante. Es un perfil de comportamiento tremendamente complejo, con serias complicaciones a la hora de relacionarse. Hay un miedo incontrolado a ser evaluados de forma negativa y, por eso, evitan muchas situaciones o dinámicas sociales. A largo plazo terminan experimentando frustración, rabia y vergüenza. Matthew Quick dijo que las personas tímidas eran como "la violeta menguante". Su tonalidad amatista llamaba especialmente la atención, eran capaces de germinar en casi cualquier suelo porque sus raíces eran fuertes. Sin embargo, su cuello siempre aparece doblado, mirando al suelo.

Todos nosotros hemos vivido, en algún momento, la timidez, por muy extrovertidos e impulsivos que nos consideremos. Siempre hay instantes puntuales en que nos sentimos inseguros, en que dudamos de nuestras competencias. Sin embargo esta característica tiene un extremo bastante adverso y arriesgado; muchas personas terminan presentando fobia social y generan un grave trastorno: la personalidad por evitación. Esta personalidad evasiva es una forma de ansiedad social donde la autoestima es tan baja, que se va prefiriendo casi exclusivamente el aislamiento.

En los últimos años se ha registrado un incremento preocupante del llamado síndrome del aislamiento social, especialmente en jóvenes que perciben el mundo exterior como hostil, violento y agresivo. Es un fenómeno caracterizado por la reclusión y la soledad voluntarias. La persona va cerrando los canales de comunicación de manera gradual y trata de evitar cualquier contacto con el exterior; su temor a abandonar un entorno de seguridad o zona de confort es muy grande.

El aislamiento social también puede darse como una consecuencia de hechos traumáticos de la propia historia que generan una situación de inseguridad. Las personas que se aíslan suelen caer en profundas depresiones. En realidad el aislamiento camufla o justifica un motivo mucho más profundo. Caracteriza a personas sensibles y cautelosas que habitan incrustadas en la caracola de su soledad por temor a ser heridas, juzgadas o rechazadas. Es tal su necesidad de huida y su incapacidad para gestionar sus miedos y angustias que acaban construyendo los muros de su propia fortaleza donde recluirse.

Es una retirada a la penumbra del propio micro-mundo ante la incomodidad que causa una sociedad de la que no se siente partícipe. Lo más complejo es que la situación de estas personas es completamente disonante, es decir, todos sus valores, sueños, identidad y necesidades están en un caos constante y desagradable. Hay una guerra contra las voces de adentro que gritan la necesidad instintiva y profunda de ser aceptado por los demás junto con el profundo deseo de pertenencia, de interacción con otros, de identificación con un grupo aunque sea reducido. Aunque llevan una vida con responsabilidades, trabajos y relaciones, en su interior habita un ovillo muy complejo. Un secreto laberinto emocional bien camuflado por donde el miedo busca una salida, la inseguridad se tropieza con la contradicción continua y la preocupación permanente se da de bruces contra la pared. Es lo más parecido a un caparazón, defensivo y opresor al mismo tiempo.

Dice Mamerto Menapace: "Hay dos maneras de defender la vida: desde afuera o desde adentro. Los seres que deciden quedarse quietos porque la comida llega hasta ellos, prefieren defenderse desde afuera y así se arman de un caparazón. A veces las circunstancias obligan a estos bichos a ponerse en movimiento, y entonces su traslado se convierte en arrastrarse penosamente llevando a cuestas el caparazón que los defiende. Es la historia de los caracoles y de tantos otros bichos sin esqueleto, que han dedicado toda su capacidad de sólido poniéndose a elaborar una costra para defenderse.

En cambio los animales a quienes ha seducido el movimiento, prefieren correr el riesgo de vivir sin defensas y dedicaron toda su capacidad de sólido a la construcción de un esqueleto. Algo que les diera firmeza por dentro y a la vez les permitiera exponer su piel al roce, al dolor y a la intemperie.

Es curioso, pero los bichos con caparazón parecieran ser más resistentes. Por todas partes uno se encuentra con antiguos caparazones que tienen a veces millones de años. Y están intactos. Lo único que les falta es la vida. La vida ha desaparecido, quizá asesinada por la opresión del caparazón calcáreo. Pero el envase se conserva perfectamente. No podemos negar que como realidad defensiva, el caparazón ha logrado superar el tiempo y resistir todos los ataques exteriores.

Lo único que no logró fue defender la vida."

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