Da la impresión de que la sinceridad está sobrevalorada aunque, en realidad, debería ser lo más deseable del mundo y el marco idóneo para nuestras relaciones personales. Sin embargo, la mentira difumina, confunde y nos rodea. Quizá por miedo, por facilismo o por protección.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, mentir es "decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa". Filosóficamente se habló de la no adecuación entre la mente y la realidad. Dar a la mentira apariencia de verdad o inducir a alguien a tener por cierto lo que no lo es, valiéndose de palabras y de obras aparentes o fingidas, es agregar el concepto de intencionalidad y engaño.

La mentira, casi siempre, esconde un miedo. Mentimos por no querer asumir responsabilidades, para dañar a otro o para no enfrentarnos a problemas propios. Mentimos para ocultar algo, para evitar la vergüenza que se siente por lo que se ha hecho y por sus consecuencias. Lo hacemos también para conseguir una ventaja sobre otra persona o para obtener un beneficio. La mentira es, muchas veces, un intento de controlar y de manipular el comportamiento de los demás. El mentiroso alberga el terrible temor, fundado o no, de que la verdad se sepa y termine siendo menos que los demás. Para colmo, y generalmente, a fin de mantener una mentira surge la obligación de seguir mintiendo.

Hay personas que saben que mienten, casi de forma compulsiva; quizás como un hábito adquirido o un rasgo que se ha incrustado en la personalidad. Y otros que lo hacen justificando sus mentiras en la piedad. Pero la mentira tarde o temprano sale a la luz, por más que se trate de amordazarla y esconderla. "Nadie tiene la memoria suficiente para mentir siempre con éxito", decía Abraham Lincoln. En realidad, la mentira es un prestamista que habitualmente, a largo plazo, termina cobrando unos intereses que no se pueden sostener.

No hay nada más desgarrador que la mentira y la hipocresía; a nadie le gustan. No nos hace sentir bien que decidan por nosotros lo que debemos o no debemos saber, cómo debemos hacerlo y en boca de quién nos conviene enterarnos de algo. Es triste que buenas amistades se destruyan por culpa de algo que se podría haber evitado. Y es que, generalmente, pensamos que por muy dura que pudiese ser la realidad, hubiésemos podido soportarla mucho mejor que la traición a nuestra confianza. La sinceridad es la base de toda confianza. Al fin y al cabo, son las relaciones de cariño sincero las que resultan capaces de contener cualquier verdad. Con mentiras, importantes o pequeñas, se pierde a grandes personas.

Aunque de niños se nos enseñe que faltar a la verdad es malo y se debe actuar con honestidad, lamentablemente aprendemos a mentir, a veces de forma sofisticada, y no dejamos de hacerlo. Quizás pensamos que si uno es honesto todo el tiempo, los vínculos serán menores; es como una técnica que usamos para relacionarnos con más gente al mismo tiempo. Parece que las personas totalmente honestas corren el riesgo de quedarse aisladas, pues quien habla con la verdad puede herir susceptibilidades.

Se miente, no tanto como respuesta a una intencionalidad previa, fielmente diseñada, sino por mera necesidad, por la urgencia de un refugio en el que poder habitar; un territorio que se empieza a conocer y que hay que proteger; mecanismo que recorre lo social en sus diferentes dimensiones. El terreno político es, sin duda, un ámbito donde la sociedad puede ver reflejada de manera franca y común el ejercicio de la deshonestidad, pero también lo es el mundo de los escándalos financieros, los fraudes, las ideologías, los dopajes deportivos e incluso la cotidianidad del individuo común que descubre un engaño impensable en su núcleo de familia o de amigos.

Necesitamos reflotar el respeto, la integridad, el ser genuinos, coherentes y la capacidad de no recurrir nunca a esas artimañas donde se destila la cobardía encubierta. Para convivir en armonía no hay nada mejor que la honestidad y la responsabilidad; no hay mentira más perjudicial que la verdad camuflada.

"Cuenta la leyenda, que un día la verdad y la mentira se cruzaron.

-Buen día- dijo la mentira. -Buenos días- contestó la verdad.

-Hermoso día- dijo la mentira. Entonces la verdad se asomó para ver si era cierto. Lo era.

-Hermoso día û dijo entonces la verdad.

-Aún más hermoso está el lago- dijo la mentira. Entonces la verdad miró hacia el lago y vio que la mentira decía la verdad y asintió.

Corrió la mentira hacia el agua y dijo: -El agua está aún más hermosa. Nademos. La verdad tocó el agua con sus dedos y realmente estaba hermosa y confió en la mentira. Ambas se quitaron la ropa y nadaron tranquilas.

Un rato después salió la mentira, se vistió con las ropas de la verdad y se fue. La verdad, incapaz de vestirse con las ropas de la mentira comenzó a caminar sin ropas y todos se horrorizaban al verla. Es así como aún hoy la gente prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad y no la verdad al desnudo".

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