Estamos asistiendo a un grave mal en nuestra convivencia. Una grave patología moral, de la que su síntoma más ruidoso y visible es el odio. Posiblemente sea una actitud heredada: la violencia como generadora de una nueva sociedad. Todo aprendiz de revolucionario incorpora en su mente que conviene que las cosas empeoren a fin de aprovechar las oportunidades que pueda ofrecer la mentira. La ideología está por encima de la verdad. Y, la mayoría de las veces, de la justicia. La discordia, fruto de la bronca, está logrando anidar en el interior de la nación.

Los sembradores del odio siguen con su disgregadora y odiosa tarea. Por supuesto, existen injusticias y problemas sociales, pero el camino para resolverlos no transita por el odio, que sigue siendo un sentimiento peligrosamente fuerte. Sería preciso administrar una dosis generosa de concordia para erradicar los rencores, es decir, una terapia basada en la recuperación de la armonía. La restauración de la concordia es muy difícil porque basta para impedirla que una parte no la quiera. Crearla es cosa, al menos, de dos.

Siempre hemos escuchado frases del tipo "ojo por ojo". Palabras que nos invitan a dar lo mismo que recibimos en una situación desacertada. Tal vez estemos entrando en un oscuro juego. En el juego del odio. De alguna manera, te estás convirtiendo en tu propio enemigo. En este juego no siempre el otro sufre, pero ninguno de los participantes gana. Tan solo se generarán más emociones negativas que acabarán destruyendo todo lo bueno que existió, alguna vez, en nuestras relaciones. Nos acabamos convirtiendo en lo que jamás hubiéramos deseado. Lo hacemos por rabia, por rencor, por odio. Un ataque no justifica otro ataque. Un insulto no justifica que nosotros respondamos con otro. Este es un juego peligroso, lleno de angustia y de remordimientos. Nos cambia, nos transforma en monstruos que se equiparan con aquellos que alguna vez fueron crueles con nosotros.

El principal fruto del odio es la violencia, porque solo ésta le da continuidad. El odio es como un apetito incontrolable, que parece no saciarse jamás. Está hecho de ira, de rencor y siempre encuentra una razón para encenderse de nuevo. Sin duda, se trata de una de las pasiones más esclavizantes para el ser humano. Si sembramos amor, quizás podamos recoger amor; pero si sembramos odio, no dudemos de que la cosecha sea odio o violencia, que es peor.

Tener enemigos puede estar más relacionado con el modo en que afrontamos las situaciones en nuestra mente que con las circunstancias que objetivamente nos suceden. A veces el peor ataque que sufrimos no viene del exterior, sino de nosotros mismos, allí donde está el caldo de cultivo para ver a los otros como enemigos.

El odio y el rencor son dos enemigos siniestros y persistentes que suelen echar raíces muy profundas. Son trampas en las que nosotros mismos caemos al hacernos cautivos de emociones tan negativas y destructivas. Quien invierte gran parte de su tiempo alimentando odios se olvida de lo más importante: amar a aquellos que le quieren de verdad. Según el psicólogo Bernabé Tierno, tras la ira desmedida e incontrolada, se encuentra siempre un niño inmaduro e irreflexivo, frustrado y temeroso que, para liberarse de su propio miedo, darse ánimo a sí mismo y asustar al contrario, utiliza la indignación, la furia y la violencia destructiva.

Martin Luther King opinaba que el odio es una emoción parecida a una noche sin estrellas; algo tan oscuro donde el ser humano pierde, sin duda, su razón de ser, su esencia. Aquello que despierta en nosotros el odio y el rencor nos hace cautivos. "La ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que a cualquier cosa en la que se vierte", decía Mark Twain.

El mundo necesita de seres fuertes y valientes, que no teman dar un paso atrás para evitar un conflicto. Que busquen entender al otro, antes que juzgarlo, condenarlo, e incluso, castigarlo. O al menos que intenten sanar heridas y no profundizarlas.

"Un niño estaba siempre de mal humor; todos los días, se peleaba con su hermano, con sus padres, con sus compañeros del colegio. Una tarde, su padre le entregó un paquete; era una caja de clavos. "Hijo mío, te voy a dar un consejo: cada vez que pierdas el control, cada vez que contestes mal a alguien y discutas, cada vez que actúes contra alguien clava un clavo en la puerta de tu habitación".

El niño clavó muchos clavos en la puerta; pero con el paso del tiempo fue aprendiendo a controlar su rabia, y así la cantidad comenzó a disminuir. Descubrió que eras más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos en la puerta.

Su padre orgulloso, le sugirió que por cada día que se pudiera controlar, sacase un clavo. Los días transcurrieron y el niño logró quitarlos todos. Conmovido por ello, el padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó hasta la puerta, y con suma tranquilidad le dijo: "Haz hecho bien, hijo mío, pero mira los agujeros; la puerta nunca volverá a ser la misma. Cuando dices o haces cosas con rabia, dejas una cicatriz igual que ésta. Le puedes clavar un cuchillo a un hombre y luego sacárselo. Pero la herida siempre seguirá ahí. Hay daños que son irreversibles y no es fácil sanarlos."

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