“A veces, el presente o la actualidad me parecen puro chiquitaje”
La escitora Florencia Canale acaba de publicar “El Diablo”, donde cuenta quién era el ignorado hombre detrás de revoluciones y grandes amoríos, Bernardo de Monteagudo.
"Desde mi primera novela yo estoy atrapada por Bernardo de Monteagudo. Había quedado impactadísima con la vida de este tipo, de quien se sabía poco, que es el nombre una calle, un revolucionario, pero no más. Me pareció un tipo escurridizo y además me sedujo inmediatamente", dice la escritora Florencia Canale a quién se le ilumina la mirada cuando habla de él.
"Era un revolucionario joven, tempestivo, una segunda línea, se cuestionaba el origen, era hijo de una mulata. Había sido víctima del racismo. Hoy le hubieran dicho que era un negro de mierda, y que él se hubiera sobrepuesto a este estigma, entre comillas, por supuesto, para mí no un estigma, pero sí, para ese entonces. Se codeó con las más altas esferas a pesar de su origen humilde, había estudiado en Chuquisaca , el lugar destinado para elite. Se cuestionaba si había sido hijo de un cura o de su padre, y que hubiera sido mujeriego. Fue un Casanova. Los hombres de su tiempo lo miraban con recelo, seguramente por ser un muchacho tan sensual y tan sexual, por ser un jacobino enardecido, sin límite. Además se lo signó como un hombre que padecía priapismo, tener erecciones prolongadas. El doctor Ramos Mejía, en su libro Las neurosis de los hombres, eso lo consigna él en dos capítulos, que le dedica dos capítulos a Monteagudo, habla de esto y habla de la histeria, que no era masculina a fines de 19, ahora hablamos de los hombres histéricos", relata la autora.
¿Pero qué tenía él para que todas quisieran estar con él?
-Se recibió de abogado a los 18 años, fue el editor de la Gazeta de Buenos Aires, un hombre intempestivo, virulento, jacobino, de origen humilde, que no negaba su origen, defendía a sus padres con un orgullo conmovedor, y además era un profesional del cortejo. Era un muchachón, un lindo mulato, era guapo, con una labia y encendido a las 24 horas.
—¿Es verdad que fue amante de Remedios de Escalada?
—Eso se dice. Soy descendiente de Remedios y cuando yo escribí Pasión y traición un día me llama mi padre para decirme que la tía Teresa, le había contado que de generación en generación se murmuraba que habían sido amantes. Con el tiempo aparece Monteagudo en mi vida y entonces empiezo a investigar más y a atar muchos más cabos. San Martín empieza su campaña por Chile y después el Alto Perú. Remedios queda sola mucho tiempo. La relación con su marido, ausente, constantemente, con poca comunicación, seguramente debe haberse sentido sola y abandonada. Monteagudo se acerca.
—¿Se enamoraron?
—Creo que se apasionaron. El gran amor de Remedios es San Martín, pero la gran pasión es Monteagudo.
—¿Cómo era su mirada sobre las mujeres?
—Reparaba mucho, no era un embustero. En la Gazeta publica una columna que se llama Las mujeres americanas del sur. Nadie le dedicaba una columna a las mujeres. Hablaba de los fundamentales que eran para la revolución. Sus dichos son de un respeto y una admiración por las mujeres. Las consideraba fundamentales para la emancipación de América. Cuando están ya en Perú, le propone a San Martín que nombre a las mujeres que participaron en la independencia caballerezas de la Orden del Sol. Un nombramiento, una distinción privativa de los hombres. Por supuesto a los muchos generales les pareció nefasta esta decisión. El es un tipo diferente, fascinante.
—¿Por qué El Diablo?
—Así le decían los hombres porque lo despreciaban. Con esta pregnancia sensual. Era ateo, anti-español. Cero límite.
—¿La discriminación que sufrió de chico lo marcó como adulto?
—Lo fascinante de este tipo es que, recibiendo desde pequeño este acoso ya cuando empezaba a estudiar, hoy diríamos bullying no lo achicó. Lo impulsó y además es como un protagonista antes de tiempo de la movilidad social. La movilidad social es un ejercicio del siglo XX. Si, eras negro, mulato, te quedabas abajo. Y en su caso no fue así. Era un chico muy despierto, muy brillante, su padre Don Miguel de Monteagudo nota esto, su madre, que había sido esclava, ya estaba muerta. El cura le paga los estudios paga. Empieza a demostrar su brillantez y por supuesto se dedica a estudiar como un loco porque era un muchacho curioso y brillante. A los 18 años se recibió de abogado con todos los honores. Su vida es impresionante.
—¿Qué podremos aprender de él?
—Tanto. La defensa de los orígenes, de los ideales, la voluntad, el rigor, el trabajo, el compromiso. El amor y la defensa por una patria, por los ideales que era la independencia de América. Esta defensa de la libertad que no se proclama a los gritos y como un niño caprichoso. Se murió demasiado joven, pero tal vez, sintió que había vivido ya lo suficiente. En relación con el presente con este personaje se comunicaron conmigo, hombres, como nunca.
—¿ Sumergirte en ese mundo del pasado te permite vivir mejor en este mundo?
—A veces me peleo mucho con este mundo, porque yo me siento de aquel otro mundo. Soy una rebelde, una revolucionaria. Muchas veces me siento peleando contra los molinos de viento como el Quijote. Siento que tengo mucho que aprender. Me enseñan. Monteagudo en este caso es no bajar los brazos. Tuvo que pelear contra todo y defendió sus convicciones. Me hubiera gustado mucho vivir a fines de 18 y en 19, donde había tanto por descubrir, tanto para pelear. Habría sido una gran negociadora, por ahí en las sombras .Si existiera la máquina del tiempo estaría yendo y viniendo sin parar. En estos libros viajo y escapo. A veces el presente o la actualidad me parece puro chiquitaje.
