-¿Cómo surgió la historia?

-De mi decisión cada vez más consciente y comprometida de crear personajes que puedan acercarnos, desde la ficción, a realidades diversas y que muchas veces consideramos lejanas. Existen mundos dentro del mundo y me interesa, primero como ser humano, luego como mujer y como autora, poder conocerlos y retratarlos desde un lugar sensible y reflexivo. Particularmente, historias que hablen de mujeres. Porque ser mujer hoy, en el momento que nos toca transitar, no es fácil, pero, al mismo tiempo, es hermoso. Somos muchas y muchas nuestras versiones, nuestras vivencias, nuestras luchas y nuestros deseos. Eso es lo que quiero transmitir con esta historia. Quiero llevar al lector, de la mano de Fátima, a conocer la mirada íntima de las mujeres víctimas que no admiten serlo, que luchan por sobrevivir en un contexto que las esclaviza y las explota, que intenta reducirlas a objeto de comercio y consumo.

-¿Está basada en hechos reales?

-Es una novela contemporánea y, en ese sentido, a pesar de ser una ficción, tiene una fuerte raíz en la realidad. El objetivo siempre es, desde el lugar más respetuoso posible, ser rigurosa a la hora de colocarme en los zapatos de un personaje que retrata una realidad dolorosa. Soy autora de novela romántica y contemporánea y lo tengo muy presente. Y, si mi terreno es lo contemporáneo, el mundo que habitamos hoy y, lo que nos sucede y lo que vivimos, no puede quedar fuera de las historias. Es el contexto que elijo y, en ese sentido, sí hay mucho de realidad en mis ficciones. Siempre tengo muy presente desde dónde escribo, cuál es mi lugar como mujer que quiere dar un mensaje. Me sirvo mucho de mi otra profesión, la psicología, para bucear en el corazón y la mente de mis personajes. Mi deseo último es, desde la ficción y las páginas de un libro como terreno propicio, generar una experiencia que conmocione, que genere interrogantes y momentos de reflexión. Así ficción y realidad se dan la mano.

-¿Por qué en Marsella?

-Me gusta viajar cuando escribo, es un permiso y un disfrute personal conocer otros lugares de la mano de mis personajes. Soy un alma viajera. Y podría decirte que Marsella fue el primer personaje de esta historia. Una ciudad de la que me enamoré mientras buscaba un escenario para "Entre senderos de lavanda" (2019). Una ciudad portuaria con mucha historia, con una riqueza cultural infinita, y también con algunos de los índices de criminalidad más altos de Francia. Mientras investigaba, en aquella ocasión, me llamó la atención descubrir cuántos sitios web de viajeros aconsejaban no visitar determinados rincones de la ciudad, o hacerlo con las mayores precauciones posibles. Me pregunté entonces qué es lo que no queremos ver, qué queremos esconder bajo la alfombra, qué nos produce miedo, horror, rechazo. Intuí las historias en esos márgenes y quise contarla, traer a la luz un escenario que pretende mantenerse en sombras. Descubrí otra ciudad dentro de la ciudad, con sus propias reglas y con muchas miserias. "El retorno" se mueve entre dos escenarios muy distintos; la de los que no quieren ver la realidad, y la de los que la viven porque no les queda otra.

-¿Cómo definís a Fátima?

-Fátima es una heroína por accidente. Una inmigrante somalí que es traída a Marsella siendo apenas una adolescente, que escapa a un conflicto civil que la atraviesa y que se encuentra en un infierno peor al llegar a una ciudad que la fagocita y la consume. Fátima es una mujer que se hace fuerte porque no le queda otra, que lucha porque sobrevivir es la premisa y que lidera a otras desde el amor más puro de quien se interesa por el dolor ajeno. Su principal característica esa. La da la vida de los otros el mismo valor que a la propia.

-¿Qué es ser una sobreviviente?

-Ser una sobreviviente es encontrar la fuerza interna cuando creemos que no la tenemos, es hacer frente al miedo que nos paraliza y transformarlo en motor y movimiento, es no callar, es no esconder, es denunciar, dejar de apuntar el dedo acusador hacia nosotras mismas y apuntarlo hacia lo que nos daña, hacia quienes nos dañan, es poder detectar y procurarnos los medios para no permitir que nuestras circunstancias, cualquieras sean, nos aplasten y nos impidan la libertad de llevar el timón de nuestras propias vidas. Hay tantos sobrevivientes como historias de superación. Y en ese sentido, todos en mayor o menor medida, somos sobrevivientes. El desafío es vivir luego de sobrevivir, convivir con los traumas y las marcas.

-¿Y las chicas perdidas?

-Nadie está tan perdido como cree, y ese es un aprendizaje que las Niñas de esta historia nos proponen. Mirarnos es el primer paso, en nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Y luego, también mirar hacia el costado, hacia quienes pueden nutrirnos y apoyarnos. Pedir y recibir ayuda es fundamental. Estas Niñas son víctimas, pero también son mucho más. Cada una de ellas puede dar cuenta de qué significa caminar con cadenas. Tienen historias que quieren dejar de ser anónimas, que necesitan ser incluidas e integradas para convertirse en testimonio de supervivencia. Integrar la marginalidad es el camino. Las víctimas dejarán de ser solo eso cuando tengan el lugar de protagonismo que merecen, porque pueden contarnos aquello que desconocemos, y es en la humildad de escuchar y aprender donde se halla la respuesta.

-¿Qué significó para vos escribir esta novela?

-Escribir esta novela y convivir durante dos años y medio de trabajo con estos personajes inolvidables tuvo un impacto insospechado en mi día a día. Me ayudó a poner en perspectiva todo, lo cotidiano, y también mi propio proceso migratorio. Cada día, me siento una privilegiada de poder elegir qué comer, qué vestir, qué calzar, poder abrir una canilla en casa y tomar un vaso de agua, darme un baño todos los días. Abro los ojos y agradezco haber nacido donde nací, haber recibido la educación y la estimulación que recibí, poder trabajar de lo que amo, estar rodeado de personas que me respetan, me aman y no me lastiman. Ponerme en la piel de Fátima fue una apertura de consciencia que me cambió la vida para siempre.

-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

-Para mí, como lectora, la posibilidad de ser escritora era un sueño. Una fantasía, quizás. Haber leído toda la vida hizo que, allá en la adolescencia y con un enorme mundo interno, naciera la curiosidad de ubicarme del otro lado de las páginas. Y lo hice. Al principio, de un modo casi lúdico. Luego, hasta compulsivo podría decirse. Soy una persona sensible. Siento mucho y muy intenso, lo bueno y lo malo. Escribir es darle lugar a toda esa sensibilidad, la palabra es mi ancla. Hoy puedo nombrarme como escritora con la total convicción de que forma parte de quien soy. Ya no podría ser sin escribir.

-¿Qué te gustaría que al lector le pase con esta novela?

-Me gusta que el lector sea tan libre como los personajes que quiero retratar. Le tengo mucho respeto al punto final que pone cada lector en cada libro, sea mío o de cualquiera, y soy una convencida de que leemos con todo lo que somos. Mi deseo, más que mi expectativa, es que salga de esta lectura con la consciencia de que el otro y su historia es tan importante como la suya propia.

-¿Cuánto puede ayudar la literatura a tomar conciencia del sufrimiento de las víctimas?

-Puedo hablar desde mi experiencia lectora y decirte que a mí me ha ayudado mucho. Leer siempre es enriquecedor, porque genera apertura, pregunta, debate, gusto o disgusto, hasta incomodidad muchas veces. Es en el encuentro entre lo que somos, lo que vivimos y lo que leemos que nace un sentido nuevo, incluso a la hora de entender el sufrimiento en sus múltiples dimensiones.