-¿Es una historia real?

-Sí, es una historia basada en hechos reales. Una noche de Reyes de hace un par de años, una amiga del pueblo me contó un secreto que no le podía contar a nadie más. Yo entonces estaba escribiendo otra cosa -escribo en Navidades, Semana Santa, vacaciones y las siestas de mi hija- y lo aparqué para dar comienzo a la historia de ese secreto, que se convertiría en la semilla de esta novela, que es un árbol híbrido, con muchas ramas digresivas, y parte de la mímesis para ir hacia la fábula. Pero, pensando en ello, había leído una serie de noticias de periódico que me habían marcado mucho, que me habían llamado mucho la atención por un motivo u otro.

El jueves 10 de marzo de 2011, la protesta pacífica en la capilla de la Universidad Complutense.

El viernes 27 de noviembre de 2015 un hombre de 57 años, llamado Robert Lewis Dear, cometió un atentado contra un centro de planificación familiar en Colorado Springs donde se hacían interrupciones de embarazo y mató a tres personas, nueve fueron hospitalizadas con heridas de bala, y la parte bonita pero trágica fue una cosa muy televisada: durante las cinco horas que duró el asedio no dejó de nevar.

El sábado 25 de agosto de 2018 la Coalición Argentina por un Estado Laico presentó cuatro mil solicitudes de apostasía a las autoridades eclesiásticas en distintas diócesis del país como respuesta a la campaña del clero contra la legalización del aborto.

El 7 de octubre de 2019 nació un niño, llamado Rodrigo, en el hospital de São Bernardo de Setúbal, al sur de Lisboa. En ninguna de las ecografías se comunicó a la madre que su hijo no tendría ojos, ni nariz, o que le faltaba parte del cráneo. Se le llamó "el bebé sin rostro portugués", tuvo mucha repercusión mediática y se descubrió entonces que el Colegio de Médicos llevaba ya doce reclamaciones contra el doctor que había llevado el embarazo de esta mujer y que no le había detectado una cosa tan obvia. Estas reclamaciones tenían relación con malformaciones muy graves que este doctor no había detectado, sin que hubiera ninguna repercusión en su carrera profesional. No le quitaron la licencia hasta que no se dio el caso del "bebé sin rostro", que tuvo mayor repercusión mediática. Muchas veces si una cosa no se mediatiza no existe.

Y por último, el sábado 16 de noviembre de 2019 Elisa Pilarski, una mujer francesa, fue atacada por una jauría en el bosque de Retz. Tenía 29 años, estaba embarazada de seis meses, llamó a su marido pidiendo ayuda. Cuando él llegó, se la habían comido los perros.

Mi novela bebe de todas estas fuentes, pero es una novela de ficción. Parto de un testimonio real, de una historia de una chica, lo mezclo con todas estas historias que me perturbaron de algún modo.

-¿Por qué el titulo?

-El título es un poco irónico, porque hace ilusión a esa yesca, a esa leña menuda que recogen las mujeres, que parece que no importa, pero que es la que enciende el fuego, la que mantiene prendido el fuego del hogar. También hace referencia a la pérdida perinatal, que es un duelo complicado, por invisible, al que se le suele quitar importancia. 

-¿Cómo definís a esta protagonista y su sueño de maternidad?

-Ella es una joven treintañera precaria que acoge con sorpresa e ilusión la noticia de su embarazo, sin saber lo que le espera. Siente cercanía con el personaje de Casandra, esa sacerdotisa mítica griega, que podía ver el futuro pero nadie escuchaba sus profecías, porque siente que su voz es silenciada en el entorno laboral, y busca, en la escritura de un diario íntimo, expresar todo aquello que debe callar para no ser despedida, así como la esperanza de la maternidad. Es un cuaderno de bitácora del embarazo, convertido a su pesar en un diario de viaje de una odisea en busca de una salida de emergencia.

-¿Qué pasa cuando no se habla del dolor?

-Me molestaba mucho el mito de la embarazada feliz, esa imposición de que hay que disfrutar el embarazo, y la suposición de que es un momento dulce, un estado de buena esperanza, cuando en la mayoría de las ocasiones todo no es tan de color de rosa. Parece que una no pueda tener miedo, o dudas. Me interesa mucho la cultura material, esa indagación en la memoria de un país y de una sociedad a partir de lo cotidiano. Siempre hay tejidos en mis libros secretos familiares y anécdotas cercanas. Trabajo mucho lo fragmentario, también por una imposición estructural, digamos, al escribir robándole horas al sueño mientras mi hija duerme por las noches, y tener que concebir la escritura necesariamente como una labor de a ratitos sueltos. En este caso, sentí que había levantado la alfombra y encontrado un montón de historias escondidas, que había abierto una puerta atrancada detrás de la cual se acumulaban vivencias que habían sido silenciadas por temor al qué dirán, por miedo a ser juzgada, por inapropiadas o consideradas de mal gusto, y creo que la literatura puede también ser escrita a partir de esos retazos, de esos dolores, y de esos sueños frustrados. En efecto creo que son, a veces, historias de terror, y es que ser mujer y madre trabajadora en muchas ocasiones roza lo heroico, y en estos tiempos que corren de precariedad y desarraigo criar se ha convertido en una tarea complicada. La conciliación es una quimera y la maternidad, incluso cuando todo va bien, es dura.

-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en la novela?

-Fue un proceso de escritura durante el cual fueron surgiendo más ramas de ese árbol, de mujeres cercanas que me confiaron sus experiencias, que me convencieron de que hay cosas no nombradas a las que ya va siendo hora de poner nombre, y del poder de literatura como proceso catártico, tanto de escritura como de lectura, para dolores propios y ajenos. Muchas veces nos buscamos en otras novelas y en otros libros y en otras vidas pero no nos encontramos siempre en el canon. A los personajes femeninos, en literatura, muchas veces les espera el convento, el manicomio, o el suicidio. Incontables heroínas mueren ahogadas tras un desliz, seducidas y abandonadas, o forzadas a la prostitución. Finales edificantes con moraleja: las mujeres caídas no se levantan. Quizás sea hora de redirigir el rumbo, en busca de un nuevo arquetipo. Eso querría que encontrase el lector, un nuevo arquetipo.

-¿Qué significó para vos ganar el premio y en que te cambió?

-Me quedo con lo que importa, que han dado un premio a un libro muy valiente. Me hace mucha ilusión que Almudena Grandes estuviera en el jurado. Para mí es un referente, es la matriarca de las letras españolas. Es lo que más ilusión me hace. Esta es una historia basada en hechos reales, pero es también una reflexión sobre el cuerpo y sobre los nombres que les damos a las cosas. Nunca imaginé que una novela tan disruptiva, que un árbol con tantas ramas, pudiera ganar un premio tan prestigioso. Creo que es valiente la decisión del jurado porque no es esta una narrativa al uso, y trata de un tema incómodo, que puede suscitar a priori cierto reparo, aunque lo he tratado desde el respeto y la contención lingüística, y ha quedado una novela luminosa y vital a pesar del dolor retratado. Como lectora, he leído innumerables novelas sobre las crisis vitales masculinas, y considero que la maravilla de la literatura es ese ejercicio de empatía último que te permite vivir muchas vidas, o plantearte perspectivas en las que no habías pensado antes. A nivel personal, este premio ha significado una gran alegría, y me ha permitido superar de algún modo mi síndrome de la impostora, conseguir hacerle un hueco a la escritura. Ursula K. Le Guin decía que los niños se comen los manuscritos, y si no fuera por las tarteras de mi madre, no sé si habría escrito ya dos novelas. Al final es más difícil hoy día para la mujer sacar tiempo para la creación que para el hombre, porque nosotras somos las que llevamos el peso del cuidado. Lo que siento ahora es una gran alegría y tranquilidad, porque mi principal problema a la hora de enfrentar la página en blanco es convencerme a mí misma de que eso merece la pena, de que merece la pena dedicar el tiempo y el esfuerzo. Quitar ese tiempo y ese esfuerzo a otras cosas de mi vida. Este premio me ha dado la esperanza de que sí, de que merece la pena llegar a más lectores y compartir una historia que creo que merece ser compartida.

-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

-Cuando era niña, me encantaban los cuentos. Tanto, que cuando me portaba mal me castigaban sin leer. Mis padres unas Navidades me regalaron un programa informático de escritura creativa con el que empecé a escribir mis primeros cuentos, eran cosas de osos que cantaban y les tiraban tomates pero no pasaba nada porque se los comían y estaban riquísimos. En la adolescencia, participé en un par de concursos de poesía en el colegio, siendo premiada en ambas ocasiones, y luego vino un larguísimo periodo de tiempo sin acercarme a la escritura, porque descubrí el canon, y eso me paralizó. Temí que lo escrito no estuviera nunca a la altura de lo leído, no poder llegar al nivel de los grandes autores a los que se veneraba, ser mediocre, en suma. Me dediqué al estudio de la literatura, y más tarde a la edición, y eso me alejó todavía más del deseo de escribir, hasta que de un día para otro eso cambió. Quizás, pensándolo a posteriori, fuese al ver que empezaban a publicar libros escritoras de mi edad cuando comencé a sentirme autorizada para intentarlo a mi vez.

-¿La literatura ayuda a superar el dolor?

-Sin duda. En esta novela trabajé a partir de testimonios, de miedos y sueños y dolores ajenos y propios. Creo que toda mujer que ha sido madre ha vivido ese miedo, ha rezado por que aquello que se estaba gestando dentro de ella no se tuerza, por que las cosas vayan bien. Creo que la perspectiva de usar como narradora una mujer embarazada, y retratar ese mundo en transformación, esa metamorfosis del cuerpo y del propio ser, no se había abordado mucho en literatura, y me parecía un terreno muy fértil para lo onírico y también para lo lírico. Casi me ha servido como catarsis de ciertos procesos.

-¿Qué significa para vos escribir?

-Quizás si no me preocupase el futuro tanto, no tendría esa necesidad de escribir sobre las cosas que me perturban. Creo que la escritura puede ir más allá, que la literatura no solo puede servir para superar el dolor propio o ajeno, sino que puede contribuir a transformar el mundo: ¿Por qué representar lo doméstico, el cuerpo? Quizás para conquistar o resignificar la intimidad. Muchas veces nos buscamos en otras novelas y en otros libros y en otras vidas pero no nos encontramos siempre en el canon. Se trata, al fin y al cabo, de otro tipo de destape, consistente en explorar mundos tradicionalmente silenciados. La representación de ciertas realidades es subversiva, marginal. Y, por tanto, potencialmente transformadora. Creo en la literatura como acción de cambio, y me preocupan la ecología y el feminismo. Me aterroriza la amenaza creciente del cambio climático, como un crimen perfecto que se perpetra sin que nadie pueda impedirlo y que nos acabará alcanzando por mucho que los políticos se empeñen en mirar hacia otro lado y no darle la prioridad necesaria en sus agendas, de ahí mi primera novela. También me inquieta el retroceso de mentalidades que se está dando en la cuestión de los derechos de la mujer, y en el aborto en particular, pienso en la nueva legislación al respecto de Texas y me entran escalofríos. Hemos vuelto a los tiempos de la delación, de los vecinos inquisidores que se pueden lucrar con el dolor ajeno.